Leonor y una escena de Kubrick

La Familia Real junto a Pedro Sánchez. Europa Press
La Familia Real junto a Pedro Sánchez. Europa Press

A última hora, Stanley Kubrick incluyó en Senderos de gloria (1957) una escena muy emotiva. Los soldados que al día siguiente serían masacrados en la batalla están en una taberna tratando de olvidar lo que les esperaba. Mientras vocean y alborotan, medio borrachos, el tabernero hace aparecer sobre un escenario a una joven prisionera alemana, tímida y acobardada, que, sin embargo, empieza a cantar en medio del griterío. Al principio no se escucha su voz, apagada por el odio nacional y los insultos, pero, poco a poco, la triste melodía popular, Der treue Husar (El húsar fiel), acaba por imponerse a la conciencia abotargada de quienes van a morir. Los soldados franceses se dejan llevar por la belleza y sentimentalidad de la música, su comportamiento se aparta de la brutalidad y se humaniza mientras piensan en sus seres queridos.

Me he acordado de esta escena por el alivio moral que hemos experimentado en días recientes durante el breve paréntesis en que hemos disfrutado del normal funcionamiento de las instituciones con motivo del juramento de la Constitución por la princesa Leonor. Del mismo modo que la melancólica canción alemana con la que Kubrick subraya el abismo entre la violencia y la fraternidad, el ceremonial en torno a la Monarquía, sobrio y breve, puede servir para recuperar la confianza en los fundamentos morales de la democracia.

El contraste entre la solemnidad y la dignidad de esas ceremonias y el lamentable tenor de las maniobras para amarrar la investidura de Pedro Sánchez, condenado a llegar a la meta deseada con auxilios indeseables, al borde de la ilegalidad y la desfachatez, es enorme, parece casi insalvable. Sin embargo, en las emociones que suscita la contemplación y la participación en actos que ponen de relieve la importancia y la limpieza de las instituciones puede estar buena parte de nuestra salvación.

Los reyes, Felipe VI y doña Letizia, han sabido hacer que la Monarquía, tras de una desafortunada actuación de don Juan Carlos que le llevó a abdicar, haya superado una crisis muy grave y vuelva a ser tenida como una institución ejemplar que, además, ha sabido ser un símbolo casi inmemorial al que hemos podido agarrarnos muchos españoles en tiempos de enorme dificultad y en los que el Gobierno no acertaba a cumplir su misión con entereza e inteligencia.

Hacer que la Monarquía sea lo que debe ser es el fruto de un trabajo inteligente, perseverante, minucioso que el rey ha sabido desempeñar en años muy difíciles para la institución y para el conjunto de los españoles. La Corona es la expresión de una larguísima continuidad histórica, el asiento de la Jefatura del Estado, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones, es el símbolo de nuestra unidad y nos representa frente al resto del mundo. Se trata de funciones delicadas, que tal vez se puedan considerar un tanto imprecisas, pero que se han ido asentando mediante una serie de costumbres constitucionales que Felipe VI, en especial, ha sabido representar y respetar con esmero y extrema delicadeza.

Lo deseable sería que los españoles aprendiésemos del ejemplo que de manera continuada nos dan tanto Felipe VI como la reina Letizia, la princesa Leonor y la infanta Sofía. Aprender a servir, a ser disciplinados, a mantener unas exigencias fuertes de comportamiento ético, a ser respetuosos con las leyes y con la libertad de los ciudadanos, a amar, en fin, la España que nos ha tocado vivir y cuyo futuro está en nuestras manos.

A diferencia de otras instituciones constitucionales, la Corona está sabiendo cumplir con sus obligaciones y asumir la adicional de ejemplaridad. Se sabe en el punto de miradas torvas y enemigas, pero nunca muestra preferencias sectarias y se muestra exquisitamente neutral ante nuestras infinitas grescas cotidianas. En fin, que tendríamos que aprender a sacar beneficio de su ejemplo para que las escenas solemnes, como la del juramento constitucional de doña Leonor, no nos parezcan tan excepcionales, sigan siendo ejemplares pero con una ejemplaridad que se haya hecho moda y no sea ya una excepción.

Lancémonos a imaginar cómo podría ser una España que aprendiese del desempeño que la Corona hace de sus funciones. Tendríamos, por ejemplo, unas instituciones de gobierno de los jueces que actuarían siempre, y no solo a veces, en función de las leyes y de la razón, que no se dejarían llevar por ninguna obediencia partidista. Podríamos tener unas Cortes que trabajasen con mayor diligencia y obrasen con alguna independencia respecto a los jefes políticos de los partidos y que, por tanto, serían capaces de controlar con objetividad y prudencia la acción del Gobierno. Puestos a pedir, podríamos desear que el Gobierno de la Nación no se redujese a una banda partidista que solo sabe actuar para ganar adeptos y que pierde de vista con bastante facilidad lo que debiera ser su mayor preocupación, el bienestar y el progreso de los españoles.

Ya un poco metidos en la idealización, cabría desear que los gobiernos de las comunidades autónomas no se dedicasen a engrandecer los supuestos agravios de que son objeto, sino que se centrasen en aquello que les es peculiar sin querer actuar de gobernadores de ínsulas baratarias a la espera del descalabro ajeno y de oportunidades de medrar a costa del menoscabo de otros.

En manos de Felipe VI, la Corona no solo está sirviendo admirablemente a sus funciones esenciales, sino que representa un estímulo ejemplar de perfección y de solvencia del que estamos muy necesitados. Para mí que esa es la idea que está cuajando en sectores muy hondos de la conciencia ciudadana y de ahí, también, el creciente apoyo y cariño con que se recibe a quienes representan mejor que nadie el ideal de convivencia, de concordia nacional y de unidad moral que es el cimiento de la patria.

Todo ello conlleva un peligro cierto para la Monarquía, la urgencia que les va a entrar a quienes querrían acabar con ella, con el ejemplo de limpieza y dedicación que da día a día. Tratarán de mostrar lo que suponen ser las verdades ocultas del sistema, su esencial iniquidad, porque no resisten bien ninguna comparación ni son capaces de mirarse en un espejo que los deslumbraría. Por eso se ausentan de ceremonias a las que tienen la obligación legal de asistir, no son capaces de ver cómo, pese a nuestras carencias y miserias, la mayoría de la gente se rinde ante la bella solemnidad de lo que nos une y nos recuerda lo esencial sobre nosotros mismos, como lo hizo aquella bella canción de la película de Kubrick que suscitó la mayor nobleza entre los soldados beodos, ciertos de que podían morir, pero que no comprendían bien lo que valían sus vidas.

José Luis González Quirós es filósofo y analista político. Su último libro es La virtud de la política.

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