Leonoras

Doce años antes del nacimiento de Cervantes, en 1535, cayendo felizmente en el error (en un acto de azarosa ¡serendipidad!) se acuñó por primera vez en Barcelona un escudo de oro. Desde el primer momento los numismáticos prefirieron enumerar las cifras de sus escudos por orden descendente. Pero pronto, desconcertadamente, el escudo de oro se convertiría en la principal unidad monetaria de referencia de España, con su peso de 3,4 gramos y con un valor de 350 maravedís. ¿Hasta 1817? A pesar de los nuevos escudos los terráqueos ¿seguimos siendo bípedos nutriéndonos de confusión? ¿por los siglos de los siglos?

En 1579, a la madre del autor del Quijote, doña Leonor de Cortinas, le hubieran venido al pelo 500 escudos de oro a tocateja. Incluso como bálsamo y sosiego de su ¿desahuciado? hijo ausente. Pero el albur corre sin cumplimentar a nadie. Doña Leonor se exasperaba de paciencia. Pero cuando consiguió llegar a los 500 escudos un real sobre otro, no hizo otra cosa que pagar al fin ¡feliz! el rescate exigido por el Bey de Argel para liberar de su cautiverio a su idolatrado Miguel de Cervantes. Veía, cuando los demás miraban; pues el que se calla ¡que lejos está ya! Quinientos escudos de oro valían entonces nada menos que 200.000 maravedís es decir casi la doblonada que recibe hoy el premiado Premio Cervantes: ¡125.000 euros! (en su primera convocatoria la dotación fue de cinco millones de pesetas).

Galas celebradas en todos las ágoras con el mismo empeño y perseverancia. Supo Cervantes jugar al santo macarro («yo, poetón…, socarrón»), cuando, al final de su vida, hubo de elegir ¿entre los Hermanos Livonio y otras Academias de la Butifarra? por peteneras, se dio de alta, el 17 de abril de 1609, en la Hermandad de Esclavos del Santísimo Sacramento. Sabrosa sutileza de quien casi como tal había vivido… aunque no como propiedad del intangible Sacramento, sino del Bey de Argel…, sin que los «influential» patrios se dieran por enterados. Un loro en su jaula ve volar los conceptos. Laureles, desde tiempos de Cervantes, celebrados con tantos pompones y forrajeras como involuntario humor. Ritos, con niebla meona de incienso y polvo de confites.

Nunca he hablado públicamente del «Premio Cervantes». Mi tiempo se espacia. No es cosa de asegurar que se me ha perdido el quitasol en la luna. Hoy a mis casi 90 años quisiera repetir que ni remotamente pudiera ser yo mismo el candidato ideal del premio. Y me parece normal que no lo sea. Obviamente no podría quejarme ni me quejaría de un presente a mi edad tan risueño. Comprendo que haya gente que solo aprecia a lo mío de lejos y de espaldas. La bahorrina no cambia de ideas. Con infinito cuidado, con sumo respeto con la venia de las autoridades de aquel momento, por primera vez publico este «recuerdo/testimonio» de un amigo: Es conveniente que se conozcan las incidencias de una cita de hace decenas de años. A finales del verano se pidió telefónicamente a Fernando Arrabal y su esposa (catedrática de la Sorbona) que urgentemente, aquella misma noche, viajaran en avión a Madrid. Al aterrizar, un coche oficial los trasladó a ambos a un restaurante de la calle de Alcalá. Unos cordial y desconocidos máximos jerarcas culturales y educacionales les anunciaron que a Fernando este año se «le otorgará el Premio Cervantes». Acto seguido se le enumeraron varios españoles de prestigio para formar parte del jurado. Como no conocía a ninguno de ellos, propuso a su «amigo Pollux Hernúñez», a lo cual se le replicó que en efecto es un erudito indiscutible, aunque se le argumentó: «Tiene el inconveniente de ser tan honrado que, aunque es seguro que en este momento le votaría, si súbitamente cambiara de opinión…». Cuando unas semanas después Arrabal no recibió el galardón prometido, se dijeron muchas cosas y algunas inexactas. La verdad es que -como él siempre ha repetido-, desde niño, desde que a los diez años recibió el premio nacional de superdotado, y sobre todo desde lo que le transmitió la madre Mercedes en Ciudad Rodrigo, España le ha dado todas las dichas y honores que podía recibir, que son las mayores de su vida».

Las mismas palabras y las mismas solemnidades se atraen imantadas desde milenios. Satanás puede esconderse en las válvulas. El 9 de enero de 1947, el antiguo régimen, con tupé a la veneciana, sirvióse del mismísimo Manuel de Falla para celebrar al ex-maldito. El país ¿estaba en deuda con el músico? En 1905, había ganado el compositor el derecho a estrenar en el Teatro Real de Madrid su ópera La vida breve. El doble cero esperaba su hora. Durante nueve años, jalifas culturales impidieron la representación esgrimiendo vario-pintas excusas, no siendo la menos estrafalaria y humillante la exigencia de la traducción de su obra al italiano. Falla, hastiado de esta «larga historia de La vida breve», atravesó los Pirineos y vio al fin su obra triunfalmente representada en París, en enero de 1914. Elación y dependencia se cruzan sin verse. A’Ia muerte del gaditano, se intentó atornillarlo con faraónico funeral recorriendo el Atlántico, como armada invencible al fin, desde Buenos Aires hasta Cádiz. A la postre, al iconoclasta sin tablado madrileño nunca en vida se lo metieron a los españolitos de a pie, una vez muerto, y como cebada al rabo, en sus bolsillos, en imagen de billete de 100, pesetas. Los lirones solo sueñan con pijamas Cada vez mejor: ¡amodorrarse o sestear!

Doña Leonor Fernández de Torreblanca, abuela paterna de Cervantes era mujer de larga vista. Siempre se dijo: «el porvenir ¡ya! Al avizor de todo amanecer cuando su marido se echó barragana, ella barragano se echó: arremangándose, se compró por 70 ducados un guapísimo esclavo de 15 años y de «color loro» llamado Luis. Con él compartió penas hasta su muerte. Los recuerdos cimentaron sus perspectivas. Y a veces las erigieron. Con ramos de profeta, el 10 de marzo de 1557, en su testamento, dispuso que una parte de su herencia fuera a la Orden de la Trinidad, con comentario premonitorio: «Para ayuda a redención de españoles cautivos …». Cervantes, pollito entonces, no había cumplido 10 años y nadie, salvo su abuela, previó su liberación precisamente por trinitarios en Argel, 23 años más tarde, el 24 de octubre de 1580. El sosiego nunca fue el pediluvio de la abuela-Leonor.

La también Leonor, y madre de Cervantes, para rescatar a su hijo, se dirigió a los «decididores». Las «desentenderas» allanan la encomienda de los desentendidos. Disfrazada de viuda para entapujar a su impresentable y pusilánime marido. Don Rodrigo de Cervantes, barbero, viviendo con el ombligo encogido. ¿Hubiera encontrado arrestos para componer su genial novela si hubiera recibido un Premio Cervantes? El «quijotismo no es compatible con el éxito», anunció calzando puntos el poeta. La actualidad es el futuro de participio pasado. Si en el siglo XVII existido hubiera el Premio Cervantes, no hubiera extrañado que lo ganara Alfonso Fernández de Avellaneda. Era el reflejo de su apariencia. Cervantes no lo hubiera merecido.

Fernando Arrabal es dramaturgo.

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