“Les pintures de Sixena no es poden moure”

Se lee el titular en letras grandes: “No es poden moure”. Las pinturas murales de Santa María de Sijena no se pueden mover de su actual emplazamiento en la sala monástica simulada construida en el museo de Montjuic.

Ardieron, como es bien sabido, en el verano de 1936, al poco de comenzada la guerra civil. Les prendieron fuego milicias anarquistas llegadas de Barcelona, bajo la autoridad del Comité de Milicias Antifascistas, instituido por el presidente Companys y encabezado por un delegado suyo. Otra cosa será quién dio las órdenes, pero el amparo institucional no admite duda y está muy bien documentado.

Para formar criterio sobre la posibilidad de moverlas, conviene saber algo de su estado físico.

Cocidas y calcinadas

Al sufrir las altísimas temperaturas de un fuego prolongado, los daños fueron múltiples. Uno consistió en la pérdida del precioso colorido original. Los colores que empleaban los pintores medievales eran a base de cinabrio, minio, negro de carbón o humo, aerinita (un complejo silicato pirenaico), azurita, limonita y otros pigmentos que se trituraban y se mezclaban con excipientes orgánicos para convertirlos en pintura. Degradados por el fuego, sobre todo a partir de los 300 grados, su decoloración acarrea el ennegrecimiento y aun el desvanecimiento total.

Los frescos de Sijena quedaron cocidos, calcinados. Quienes los desprendieron de los muros resolvieron, primero, no rehacer la techumbre quemada, que los hubiera puesto al amparo de las inclemencias del tiempo. Es difícil, ochenta años después, evaluar con equidad la decisión. Luego, optaron por utilizar la drástica técnica del arrancado superficial, un método italiano llamado ‘strappo’ (arrancado a tirón) que prescinde de la superficie que el artista dispuso en el muro para recibir y absorber su creación. Es un sistema radical en comparación con el ‘stacco’, que no desprende solo la tenue capa pintada, sino también su soporte, el mortero dispuesto como fundamento suyo.

Arrancadas a tirón

Las pinturas de Sijena fueron arrancadas a tirón y encoladas a telas de algodón. Los paños de algodón, a su vez, se clavaron sobre bastidores o paneles de madera. Las piezas curvas que estaban decorando arcos fueron enclavadas en armazones en forma de rejilla. Todo aquello estuvo varios años en lugar poco adecuado y, durante veintitantos más, en almacenes que más vale no describir. Finalmente, se dispuso una simulación de la sala del monasterio oscense y aquellos bastidores con sus paños y pinturas se arrimaron a las paredes fingidas.

Solo un necio –o, por el contrario, un genio descubridor de un sistema innovador (ojalá que así fuera)– propondría separar las pinturas, tan quebradizas por su dramática historia, de los actuales soportes textiles. Cada vez que se haga esta pregunta a un experto, lo probable es que se eche las manos a la cabeza y responda con un rotundo no. También puede inducirse a una respuesta negativa si se da a entender que se busca desprender las telas, liberándolas de los clavos que las unen a sus soportes modernos de madera. Esta segunda maniobra no es tan irrazonable como la primera, pero entraña riesgo, si no se procede con cuidado. Imposible no es: parece que ya se ha hecho, por oxidación de algunos de los viejos clavos, que requirió su sustitución.

Pero lo que, en 2016, no presenta ninguna dificultad insalvable es el desmontaje y traslado de las pinturas enteladas en sus actuales soportes de madera. La propuesta de la parte aragonesa en este litigio es que no se desprendan las piezas, sino que vuelvan a Santa María montadas como están, para que el Real Monasterio –imponente panteón regio y secular contenedor de colecciones importantes de objetos preciosos–, muy mejorado en los últimos años, siga recuperándose en lo posible. Objeción infantiloide, y se ha hecho, es que los bastidores de madera no casarían exactamente con las paredes verdaderas de Sijena. Un mal chiste.

Sí se puede

Los técnicos catalanes que han intervenido como testigos peritos en el pleito sustanciado en el Juzgado número 2 de Primera Instancia e Instrucción de Huesca han reconocido, bajo juramento o promesa, que el traslado “no es imposible”, eufemismo que equivale, claramente, a que sí es posible. El punto ha quedado, judicialmente, fuera de duda. Debe quedar manifiesto que tampoco es dudoso técnicamente, si se plantea en términos correctos.

La pregunta fullera, tal como se ha hecho, induce el no como respuesta: las pinturas no pueden moverse, pues, si se mueven como sugiere el tramposo serán destruidas. Pero pueden moverse, y trasladarse, perfectamente si se atiende en sus términos la sensata propuesta aragonesa.

Guillermo Fatás

2 comentarios


  1. Si se pueden mover. Yo fui con un grupo de artistas con Albareda «padre» al Museo de Montjuic hace años, y el director nos recibió muy amablemente enseñándonos unos frescos arrancados de ermitas románicas del Pirineo dandonos una lección de cómo lo habían realizado.

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