L´Estaca: ¿Hoy igual que contra Franco?

«El abuelo Siset me hablaba al amanecer, en el portal, mientras esperábamos el sol y los carros veíamos pasar» (L’Estaca, Lluís Llach). He asistido a lo largo de mi vida a muchos conciertos de Llach, siempre con llenos absolutos, en Cataluña y en Madrid, que parece que esto último se le olvidara incluso a él mismo. Y es precisamente ese respeto y admiración lo que hace que lamente profundamente la deriva que Lluís Llach, el político independentista, ha tomado y que le lleva a protagonizar ridículas escenas que bien podría haberse ahorrado en su biografía. Una de ellas ocurrió a mediados de noviembre. Dio un concierto, o lo que aquello fuera (un micrófono, una tarima y un gorro para combatir el frío), en una autopista cortada por los violentos CDR (Comités de Defensa de la República), en el que interpretó su famosa canción L’Estaca (La estaca), todo un himno contra Franco. Desde entonces poco se ha sabido de él.

Estaba a punto de terminar el último año de la década de los sesenta cuando Llach presentó, en un concierto en el barcelonés Palau de la Música, retando la censura franquista, la que se convertiría en un canto a la libertad.

«Siset, ¿es que no ves la estaca a la que estamos todos atados? Si no podemos soltarnos, nunca podremos andar». He desempolvado el vinilo grabado en directo entre los días 15 y 16 de enero de 1976 en el Palacio de los Deportes de Barcelona, con imágenes en la portada de maestros de la fotografía de la época como Colita o Toni Catany (por cierto, lo grabó Movieplay, cuya sede se ubica en un polígono industrial de Coslada, Madrid. Vaya…). «Amnistía y libertad» gritaban los asistentes. ¿De verdad aquel clamor es extrapolable a nuestros días?

L´EstacaLos CDR, siguiendo la llamada de Tsunami Democràtic, llegaron a cortar el paso fronterizo de La Junquera, entre España y Francia. Miles de vehículos quedaron bloqueados, la mayoría, transportistas que cumplían con su trabajo para ganarse el sustento. Fomento del Trabajo le pidió al gobierno catalán que ordenara restablecer el tráfico en la frontera, pero, claro, cuando el propio president Joaquim Torra se une a los CDR para cortar las carreteras resulta difícil que tal petición sea atendida en ningún momento. La Confederación Española de Transporte de Mercancías cifró la estimación de pérdidas diarias por el bloqueo en más de diez millones de euros.

«Si tiramos todos ella caerá y mucho tiempo no puede durar, seguro que cae, cae, cae, bien carcomida debe estar ya». Esta fue la estampa del bloqueo de la frontera: los niños bien de la burguesía catalana se entretienen tirando piedras a la Policía y asisten a la actuación de Llach entre los carriles de la AP-7 para corear vetustas consignas que les son ajenas pero que les sirven para hacerse los revolucionaros por un rato. Luego volverán a su casa desde la que se divisa toda Barcelona, o a sus torres (chalés) en la zona alta, mientras los camioneros se ven obligados a dormir en la cuneta arropados por una manta y la seca calefacción de la cabina del camión. Habrán perdido horas de trabajo, o tal vez acaben tirando el género que transportaban; ellos, que se ganan la vida con una de las ocupaciones más ingratas, como es pasar horas y horas, días, meses, en la carretera y lejos de su hogar. Pero cuando regresen, lo que les espera no es un ático en Pedralbes o en Sarriá, sino posiblemente un modesto piso en un barrio humilde, en el que se preguntarán qué derecho tienen a impedirles su trabajo unos pocos, privilegiados que nacieron con todos los caprichos colmados y que posiblemente con veinte años ya estén aburridos de la vida, porque cuando no se tiene que luchar para vivir uno se aburre mucho.

«Si yo tiro fuerte por aquí y tú tiras fuerte por allá seguro que cae, cae, cae, y podremos liberarnos». En poco más de cuarenta años España ha conseguido superar una dictadura, pasar por una Transición modélica a pesar de sus muchas dificultades y colocarse en la cabeza de las democracias de todo el mundo. ¿Y se pone a cantar Lluís Llach L’Estaca como si estuviéramos aún en aquella España de 1976 que intentaba salir a luz para superar los oscuros años del franquismo? ¿O, peor aún, en la de 1969, cuando estrenó su himno? La edición de 2019 del Índice de Democracia Anual del Instituto Varieties of Democracy, adscrito a la Universidad de Gotemburgo (Suecia), coloca a España en el puesto veintiséis de las mejores democracias del planeta. Destaca la igualdad ante la ley y las libertades individuales (en este apartado estamos en el puesto once), así como en elecciones limpias (el siete).

Pero no es el único índice internacional e independiente que valora la calidad de nuestro sistema político. El Democracy Index, clasificación anual elaborada por The Economist Intelligence Unit, nos sitúa en el lugar diecinueve como «democracia plena», otorgándonos una puntuación de 8,08 sobre 10.

Este Estado «represor y opresor», como los independentistas consideran a España, le permite a usted, señor Llach, y a quienes piensan como usted, proclamar sus ideas a los cuatro vientos. ¿Es eso, acaso, reprimir…? Entre ridículo y ridículo, su figura política se ha difuminado, mientras que en la música brilló durante décadas y ya queda en el olvido. Da para una íntima reflexión.

Finalizo este artículo con otra canción de su repertorio, delicada, compuesta en un magistral equilibrio entre la sensibilidad y la reivindicación social: «Cal que neixin flors a cada instant». «Es necesario que nazcan flores a cada instante», sí. Flores que traigan en sus pétalos cordura y sensatez -el seny catalán-, y también la honestidad de respetar y no querer imponer su voluntad, incluso saltándose los límites de la Constitución, a los millones de catalanes que no desean dejar de ser españoles y que, aunque a los secesionistas no les guste, siguen representando a una mayoría. Seguramente muchos de ellos también corearon con fuerza L’Estaca… pero en aquellos otros tiempos en los que cabía hacerlo.

Mari Pau Domínguez es escritora y periodista.

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