Leyenda negra, sables e imperios

El día 18 de abril de 1899, invitada por la Sociedad de Conferencias, Emilia Pardo Bazán acuñó, en sentido historiográfico, la expresión leyenda negra en la conferencia titulada «La España de ayer y la de hoy», en la que tal construcción cobraba sentido al oponerse a la no menos nociva leyenda dorada. Años más tarde, Julián Juderías sistematizó los componentes de tal leyenda, asociando su figura a tal rótulo. Ocurría todo ello en la estela de la derrota en la Guerra de Cuba y la pérdida de las provincias de ultramar. Un siglo más tarde, los efectos de la leyenda negra antiespañola se dejan ver en cada conmemoración que tenga que ver con nuestro pasado imperial, el de los españoles, pero también el de los hispanos en general. La leyenda negra es ya un género que cuenta con anaqueles propios en toda biblioteca que tenga un mínimo fondo histórico, pues su conexión con la idea de imperio parece evidente más allá del uso coloquial de la expresión. Sobran, pues, los motivos para seguir indagando en sus usos pretéritos y en los contextos que propiciaron su empleo.

Todo parece indicar que «leyenda negra» en español, al menos en su uso decimonónico, siglo de la hegemonía cultural y editorial francesa, es un préstamo de su légende noire. En concreto, un préstamo que conecta con el periodo imperial francés y con su figura más representativa: Napoleón Bonaparte. Así es, en 1819 la leyenda negra aparece en un escrito satírico de contenido político: la carente de firma Épitre à mon honneur. Satire politique imitée de Boileau (Imp. de J. G. Dentu).

Et lui-même, pour qui, dans la légende noire, / On vint chercher un nom ronflant comme sa gloire, / Ce grand Napoléon, que la Corse engendra,…
(Y él mismo, para quien, en la leyenda negra / Se fue a buscar un nombre tan rimbombante como su gloria, / ese gran Napoleón, a quien Córcega engendró…).

El uso iba ligado a la personalidad de un personaje concreto, individual, si bien se trataba de un individuo que encarnaba al Imperio, como puede comprobarse en el retrato de Ingres, en el que el corso aparece hierático y rodeado de símbolos áulicos tales como el armiño, el cetro de Carlos V o la Mano de la Justicia de Carlomagno. Napoleón pisa, además, una alfombra con el águila romana y los signos zodiacales… estableciendo así una relación con otro modelo imperial que de algún modo trataba de legitimar su imperio heredero de una revolución cimentada en la guillotina y las ciencias.

La segunda referencia, también anterior a la intervención de Pardo Bazán, aparece en un artículo titulado «La Prensa de gran circulación» (El Movimiento Católico, Madrid, jueves 10 de junio de 1897, p. 1), periódico dirigido por el carlista, facción que vio al Anticristo en Napoleón, Valentín Gómez y Gómez. Fundador de Unión Católica y arropado por Menéndez Pelayo, Gómez y Gómez también se interesó en una figura negrolegendaria canónica, la que da título a su Felipe II. Estudio histórico-crítico (1879). El texto periodístico al que nos referimos, en el cual se denuncia el sesgo propagandístico de la prensa, es el siguiente:

«Sabíase además que en Cuba se habían personificado en la figura del general Weyler todas las crudezas de la guerra última, como hubiera dicho Ricardo Olney, o todos los rigores fuera de la ocasión del combate, como dice ahora El Imparcial. Quizás fuese injusta la leyenda; pero la leyenda existía: esto es indudable.»

Lo que para los liberales fueron el conde de España y Cabrera; lo que para los carlistas fueron Mina y Nogueras, era Weyler para los cubanos afectos más o menos a la causa separatista. Esa leyenda negra se había extendido por toda América; el romancero mambís reservaba sus estrofas más severas para trazar la figura del general Weyler.

Probablemente todo esto es inexacto. Los horrores que en los bohíos de Cuba se han venido refiriendo de Weyler, es muy posible que sean calumnias. […] la prensa de gran circulación movió los ánimos, e hizo creer a las gentes que el general Weyler era un salvador que nos deparaba la Providencia. Ahora esa misma prensa muda de bisiesto, y dice todo lo contrario que decía. Quizá tenga razón; pero ¿quién puede hacer caso, ni tomar en serio a la prensa de gran circulación?».

Como en el caso de Napoleón, Valeriano Weyler fue identificado, desde el independentismo cubano, con España, del mismo modo que lo eran, desde determinadas Españas, los Cabrera o Mina, en una rivalidad entre «las dos Españas» que marcó el siglo y de la cual todavía se escuchan ecos maniqueos. Weyler, tal y como aparece en el artículo, nos conecta con Emilia Pardo Bazán, pues, al igual que en el caso parisino, la leyenda negra cobra sentido gracias a un correlato que en este caso viene de la mano de una Providencia que no podía dar de lado a los defensores del católico modo hispánico frente a los sediciosos alimentados por los sectarios de Lutero.

Los sables de Napoleón y de Weyler se manejaron en defensa de dos imperios que hubieron de sufrir guerras propagandísticas, de papel. Ataques que, si en el caso francés fueron neutralizados por la grandeur, en España hicieron mella hasta constituirse en una verdadera patología nacional cuyos efectos llevan a distorsiones tales como considerar un genocidio la conquista y civilización de América, marcada por el mestizaje y las leyes proteccionistas sobre los naturales; o a creer en el mito armónico e irenista de la España de las tres culturas.

Por todo ello, y dada la actualidad de los efectos que la leyenda negra causa entre nuestros compatriotas, conviene rescatar estas dos referencias, y sus consecuencias. Extraiga el lector sus propias conclusiones.

Iván Vélez, arquitecto y escritor.

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