Leyendas negras de la Iglesia

Pocas materias han sido tan denigradas, tergiversadas o silenciadas como nuestra propia Historia. Tal vez porque entre sus mejores páginas se halla la defensa de la fe y de la civilización cristiana, lo que se ha convertido en un tabú vergonzante para los propios españoles. Una supuesta modernización ha creado en muchos un complejo de inferioridad. La leyenda denigrativa de España se gesta durante los siglos XVI y XVII, cuando goza de su máximo protagonismo en Europa y en el mundo y cuando se remata la colonización y evangelización, siendo uno de los períodos más fecundos en las letras y en las artes. La leyenda negra que se configura entonces es el resultado de una premeditada propaganda que pretendía castigar al catolicismo y a España por su fidelidad a Roma.

El mito de la España fanática e inquisitorial empieza a difundirse por Europa, cuando Carlos I entabla la lucha contra la Reforma, por la que tiene que combatir a los pueblos que creaban entonces la opinión pública en Europa: Francia, Inglaterra, Holanda y Alemania. El que verdaderamente se ganó la enemistad de estas naciones fue Felipe II: la apología de Guillermo de Orange y las relaciones de Antonio Pérez, traidor a su patria y a su Rey, sirvieron de base a los retratos que se hicieron en Europa del monarca español y de sus súbditos. La tiranía a él atribuida por haber perseguido a los protestantes y otros disidentes de sus estados resulta a todas luces ínfima frente a la pretensión del Ius reformandi de todos los soberanos de la época, incluidos los príncipes alemanes, que les facultaba para imponer a sus súbditos sus creencias, bajo pena de muerte o destierro. En ninguna parte, en aquellos tiempos, las naciones que crearon la leyenda negra tienen derecho a erigirse en jueces de ningún pueblo, puesto que ellas no fueron modelo de libertad y tolerancia: mientras en España la Inquisición velaba por la pureza de la fe católica, en el extranjero había cien inquisiciones distintas que velaban por la pureza de cien confesiones diferentes y destruían a sus adversarios. En este contexto, conviene no olvidar algunas víctimas:

En Alemania, como consecuencia de la revolución de Lutero, cientos de monasterios fueron arrasados e incendiados, los bienes de la Iglesia confiscados, miles de católicos expulsados y masacrados, todo ello alentado muchas veces por el propio fraile agustino, quien se quejó amargamente de las consecuencias de su Reforma («el temor de Dios ha desaparecido, esto es un diluvio de todos los vicios»). En Inglaterra, durante los reinados de Enrique VIII, Isabel I, Eduardo VI, Jacobo I, Carlos I y Guillermo III, se produjeron numerosos encarcelamientos, destierros, torturas y penas de muerte por practicar la fe católica. Según datos del historiador protestante Raphael Holisend, sólo Enrique VIII hizo ahorcar, quemar o descuartizar a dos reinas, dos cardenales, veinte arzobispos y obispos, más de quinientos abades, priores y monjes, doce duques y condes, varios centenares de nobles y católicos por el delito de mantenerse fieles a la Iglesia de Roma: los dos mártires más ilustres fueron el cardenal Fisher y santo Tomás Moro, su canciller ejecutado con el hacha en 1535. Según Arnold Toynbee, el gran historiador inglés de confesión anglicana fallecido en 1975, la Universidad de Oxford hasta 1871 seguía exigiendo a todos los candidatos a un título la Declaración de Aceptación de los 39 Artículos de la Profesión de fe de la Iglesia Episcopal de Inglaterra. En Irlanda los puritanos de Cromwell llegaron al genocidio del pueblo católico; las raíces del drama irlandés se hallan en la decisión de instalar por la fuerza en la rica y próspera Ulster a los presbiterianos con fines anticatólicos.

En Francia es bien conocida la «Miguelada» de Nimes-Languedoc, donde los católicos fueron masacrados por los protestantes en 1566, sin la excusa de mediar provocación alguna. La Revolución Francesa supone para no pocos historiadores el primer genocidio de la Historia moderna. Basta simplemente con aludir a los 3.000 sacerdotes asesinados, a las religiosas violadas y descuartizadas o a los campesinos torturados en nombre de una religión a la que no querían renunciar. En Suecia, durante el reinado de Gustavo Wasa fueron tan horribles las crueldades y matanzas ordenadas por él contra los católicos que excitaron incluso la indignación de Lutero. Tras implantarse la Reforma luterana y hasta 1860, los ciudadanos suecos tuvieron prohibido ser católicos, bajo pena de destierro. Y en Suiza, nuestro Miguel Servet, descubridor de la circulación de la sangre, también fue perseguido por la intolerancia que ensangrentó Europa: Calvino le condenó a morir quemado con leña verde, para que el suplicio durase más, en 1553. La civilizada Ginebra tiene levantada una airosa estatua a su verdugo Calvino.

Lo anterior nos lleva a la conclusión de que el fanatismo, la intransigencia y la intolerancia se dieron en todas partes. En cuanto a los católicos españoles, puede decirse que desde siempre tendemos al desprecio de lo propio y a la admiración irreflexiva de lo ajeno. En palabras de Bartrina: «Oyendo hablar a un hombre, fácil es acertar dónde vio la luz del sol: si os alaba Inglaterra, será inglés; si os habla mal de Prusia, es un francés; y si habla mal de España, es español».

Santiago Jáuregui, Doctor en Derecho.

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