LGTB

Los estadounidenses mantienen con su cuerpo y sus funciones naturales una relación abierta que no tenemos en Europa: para estas cosas, nosotros preferimos la discreción y ellos la exhibición. En 1962, durante mi primera estancia en Estados Unidos, descubrí que en la estación de autobuses Greyhound, que me permitían recorrer el país (90 días por 99$), los baños no tenían puerta, excepto el primero de la fila, que era de pago (un cuarto de dólar) y no ocultaba gran cosa. Hoy día, al contrario que en Europa, tampoco hay puertas cerradas en Estados Unidos, sino puertas tipo salón abiertas a la mirada.

Para ilustrar mi propósito, la semana pasada me vi enfrentado a una nueva manifestación de esta distinción transatlántica. En la Universidad de Nueva York, donde a veces imparto clases, tuve grandes dificultades, durante la hora de pausa, para encontrar el acceso a los aseos. Allí donde antes las puertas permitían separar a los hombres de las mujeres, las siglas habituales y universales habían sido sustituidas por jeroglíficos incomprensibles que te hacían perder el sexo y el camino. Al verme desorientado, un estudiante me tradujo el nuevo discurso, que es el de los LGTB: lesbianas, gais, transexuales y bisexuales. De ello se infería que cualquiera estaba autorizado a elegir, no ya la puerta correspondiente al sexo que le había asignado la naturaleza, sino al que la persona había elegido asumir.

En Nueva York, donde la tolerancia es norma, a nadie parecía impresionarle esta nueva libertad de elección. Pero no puede decirse que sea lo mismo en otros lugares de Estados Unidos, sobre todo en los estados del sur, donde la guerra de los baños causa estragos. En Carolina del Sur, nada menos que una ley, que prohíbe el reconocimiento de los LGTB en las puertas de los baños públicos, divide al país, provocando boicots y manifestaciones contradictorias. Varias empresas políticamente correctas se han retirado de este estado acusado de racismo sexista y se han anulado numerosos actos culturales. ¿Vencerán los grupos de presión LGTB a los conservadores? Todavía no se sabe. Más recientemente, la batalla causa estragos en Texas.

Probablemente se podría encontrar una solución intermedia, como abrir una tercera puerta donde solo había dos, tanto más cuanto que el número de población afectada es reducido; pero la controversia es más simbólica que realista. Donald Trump, sin sorpresas, se ha pronunciado anunciando que ningún transexual podrá hacerse militar. La aceptación de los homosexuales reconocidos como tales en el Ejército se remonta solo a la presidencia de Bill Clinton. Imaginemos una Grecia antigua, Esparta y Atenas, en la que los homosexuales hubieran sido excluidos: la guerra del Peloponeso no habría tenido lugar.

La controversia sería anecdótica o exótica si no se inscribiera en la larga historia de discriminación y caza a la discriminación en EE.UU. La sociedad se avergüenza por la memoria de la esclavitud, y desde entonces, todo lo que se asemeja, de cerca o de lejos, a una exclusión, moviliza inmediatamente a los defensores de las minorías, por muy minoritarias que sean, contra todos los conservadores tachados de racistas.

La batalla se desarrolla más sobre el terreno del derecho que el de la política, pues ya se sabe que los elegidos del pueblo prefieren no encontrarse atrapados entre dos partidos, a cual más intransigente. Por eso, aunque Barack Obama no fuera personalmente favorable, el Tribunal Supremo legalizó el matrimonio homosexual porque sus abogados lo llevaron astutamente al terreno de la discriminación. En Europa, la decisión la tomaron los diputados, no los magistrados. El Tribunal Supremo, aunque con mayoría conservadora, no podía sino ceder ante este argumento.

Ocurrirá lo mismo, seguramente, cuando le llegue un contencioso que implique a los LGTB. Una vez más, el número de los que se consideran víctimas de la discriminación es superfluo; dado que, en EE.UU., la igualdad absoluta de estatus es una religión constitucional, basta con que una persona demuestre que es una víctima. En Europa lo tomaríamos a risa, equivocadamente, sin duda. Los derechos de los minusválidos y las personas ancianas nacieron en EE.UU. antes de extenderse a nuestro continente y siguen estando mejor garantizados allí que aquí.

En un registro diferente pero relacionado, la prohibición de fumar nació en EE.UU. porque los no fumadores fueron reconocidos como víctimas pasivas de los que fumaban, es decir, una discriminación. La legislación sobre el cannabis, que, estado a estado, se va ganando a todo EE.UU., se basa también en la lucha contra la discriminación: las minorías étnicas que fuman son detenidas más a menudo por la policía que los blancos.

Por tanto, se arriesga poco apostando por que en Europa los jeroglíficos LGTB sustituirán a los signos distintivos en las puertas de nuestros baños. Para el recuerdo: los historiadores de «género» remontan a 1739, durante un baile, los primeros baños separados en París. Hasta la próxima lucha, puesto que siempre habrá alguna minoría que se sentirá víctima de la discriminación y en la que nadie ha reparado. Antes se celebraba a los héroes, mientras que en nuestro tiempo cada uno reivindica su condición de víctima: esta carrera hacia la victimización parecerá excesiva, o cómica, pero tiene la virtud de no hacer daño a nadie, a la vez que satisface a algunos.

Guy Sorman

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