Líbano y los sectarismos

Por Yezid Sayigh, profesor de Estudios de Oriente Medio en el King´s College de Londres. Traducción: Juan-Gabriel López Guix (LA VANGUARDIA, 25/09/06):

El mes de enfrentamiento entre Hezbollah e Israel parece haber modificado la situación de estancamiento en que se hallaba la política libanesa desde el asesinato del primer ministro Rafiq al Hariri y la salida de las tropas sirias del país. Cabe colocar de nuevo el desarme de Hezbollah en la agenda del debate público y gubernamental, con el consiguiente desplazamiento de las alianzas y los equilibrios de poder internos, y parece que el primer ministro Fuad Siniora está dispuesto a aprovechar la oportunidad.

Hezbollah ha ganado el primer asalto al conseguir el acuerdo ministerial del 18 de agosto por el cual sus miembros en el sur de Líbano no se desarmarán, sino que sólo se abstendrán de llevar armas en público. Sin embargo, ha surgido la posibilidad de un realineamiento entre los principales partidos y dirigentes políticos libaneses, lo que a su vez ha abierto la vía para el final de la parálisis que ha bloqueado las políticas y las iniciativas del gobierno en casi todos los ámbitos: desde la economía o la gestión de la deuda, pasando por reforma de la asistencia social y la función pública, hasta la revisión de la ley electoral.

Sin embargo, es inquietante la agudización de las divisiones políticas y confesionales desde la guerra, que además ha aumentado las posibilidades y la escala de la intervención exterior, y ha hecho más problemático el diálogo y el compromiso internos libaneses.

Esta situación contrasta con el optimismo generado por la revolución de los cedros que siguió al asesinato de Hariri: suscitó grandes esperanzas, no sólo de una auténtica independencia de la intervención política y de los servicios de inteligencia sirios en los asuntos internos y exteriores de Líbano, sino también de una reforma del sistema político confesional y la estructura de gobierno. Sin embargo, esas esperanzas en seguida se esfumaron, puesto que los partidos y dirigentes políticos libaneses no tardaron en reanudar la organización y la movilización sectaria. Las elecciones de junio-julio confirmaron la división política en bloques uniconfesionales: los musulmanes suníes, fuertemente representados por el Movimiento Futuro de Saad, hijo de Hariri; los musulmanes chiíes, representados por una lista conjunta de Hezbollah y Amal encabezada por el portavoz parlamentario Nabih Berri; y un bloque cristiano principal (maronita, sobre todo) dirigido por el Movimiento Patriótico Libre del antiguo jefe del ejército Michel Aun.

Aludiendo a la amenaza suní, a pesar de los muchos problemas políticos, económicos y sociales a los que se enfrentan, la cuestión que divide a los libaneses suníes y chiíes es, más que cualquier otra, su actitud hacia Siria. Con 36 escaños, el Movimiento Futuro de Hariri forma el grupo más numeroso en un parlamento de 128 escaños y es la principal fuerza de la Alianza del 14 de Marzo antisiria, que posee un total de 72 escaños. Hariri goza del apoyo de Arabia Saudí, que como potencia musulmana suní teme las ambiciones del Irán chií y ve la afirmación de Hezbollah en el contexto del auge del chiismo en Iraq y su alianza con el régimen laico de Siria (dominado por los alauíes, rama herética del islam chií).

Al igual que Arabia Saudí, muchos suníes libaneses perciben un eje amenazador en Siria, Irán y Hezbollah – estimulado por el chiismo iraquí- y se sienten molestos por las poco halagadoras comparaciones trazadas entre la reciente actuación de Hezbollah y el rápido hundimiento de la OLP, considerada como su protectora por los suníes libaneses, frente a la invasión israelí de 1982. Tales miedos surgen en un arco mucho más amplio; en realidad, se extienden hasta Afganistán y Pakistán por el este y hasta la península Arábiga por el sur.

Dado que las relaciones sirio-saudíes han empeorado tras la reciente guerra, Hariri se ha atrevido a responder cada vez con mayor energía a las acusaciones públicas de ser un peón israelí realizadas por el presidente sirio Bashar Asad. Sin embargo, el bando antisirio ha perdido la iniciativa y se limita a reaccionar a una situación inestable. Ello se refleja en los equilibrios de Siniora, que pertenece al Movimiento Futuro y es otro peón israelí según Asad: aunque presiona para la aplicación del embargo sobre el suministro de armas a Hezbollah ordenado por las Naciones Unidas, ha aceptado al mismo tiempo no forzar por ahora el desarme. Con todo, Siniora no podrá mantener estos equilibrios indefinidamente.

Con Hezbollah desembolsando compensaciones a las familias chiíes del sur de Líbano y los barrios meridionales de Beirut – la suma total se estima en 140 millones de euros, cuya fuente se supone que es Irán-, son los suníes del país quienes sienten preocupación ante la perspectiva de la disminución de los flujos comerciales y de ayuda. Además, Siria ha rechazado el despliegue de personal de las Naciones Unidas a lo largo de su frontera con Líbano con objeto de reforzar el embargo – aunque ha prometido cumplirlo- y ha amenazado con cerrar la frontera. Ello bloquearía el comercio terrestre de Líbano y alimentaría la vieja percepción del régimen sirio como aliado de Hezbollah y, por extensión, de la comunidad chií y como adversario de los intereses suníes en ambos países.

Con relación a la eventualidad de un cantón chií de Hezbollah, los cristianos de Líbano están demasiado divididos para actuar de un modo decisivo. Los principales partidos cristianos de la Alianza del 14 de Marzo (las Fuerzas Libanesas, el partido de las Falanges y el Partido Nacional Liberal) sólo poseen 12 escaños parlamentarios. No sólo es menos que Hezbollah, sino menos que el bloque encabezado por el principal contrincante al liderazgo maronita, el antiguo jefe del ejército Michel Aun, que se ha aliado con Hezbollah y Siria con la esperanza de poder acceder a la presidencia libanesa. Su Movimiento Patriótico Libre posee 21 escaños en el Parlamento, que elige al presidente, y la lista chií coaligada, 35. El actual presidente, Émile Lahud, es un decidido aliado de Siria y también de Hezbollah.

Por lo tanto, la cuestión más importante relacionada con las posibilidades del sectarismo en Líbano es hacia dónde se dirige la comunidad chií. Lo crucial para la mayoría de los chiíes es si han ganado o perdido poder en el sistema político libanés y en el gobierno como consecuencia de la guerra. La búsqueda de influencia ha llevado a Hezbollah a perseguir dos estrategias paralelas desde la revolución de los cedros del 2005. Aceptó por primera vez cargos ministeriales con el objetivo de preservar los intereses chiíes en un momento en que el Movimiento Futuro dominado por los suníes y la más amplia Alianza del 14 de Marzo (que representa también intereses cristianos, además de suníes) formaron la nueva mayoría en el Parlamento y el Gobierno. Hezbollah tiene ahora poder de veto en el gabinete ministerial y se resiste al desarme para mantener su influencia. En consecuencia, goza de las ventajas de la pertenencia al Gobierno al tiempo que actúa como una Administración autónoma entre los chiíes – casi un cantón-, asistido por la ayuda financiera iraní y reforzado por el uso del carisma y la jerarquía religiosos.

La estrategia de Hezbollah es la contraria a la perseguida por el otro principal partido chií, Amal, que entró en el Consejo de Ministros en la década de 1980, estableció nuevos organismos estatales y logró el nombramiento de su dirigente Berri como presidente del Parlamento. De este modo, el partido consiguió empleos y financiación estatal, que canalizó hacia sus partidarios, con lo que ganó influencia política. Sin embargo, Amal no ha sido capaz de alterar de modo fundamental la posición de los chiíes en la política, la economía y la jerarquía social libanesas. De resultas, el impulso de Hezbollah en favor de la construcción de una sociedad de resistencia alternativa ha obtenido predicamento en muchos chiíes y ha ahondado el sentimiento de que su comunidad debe acercarse más a sus correligionarios iraníes e iraquíes si quiere forzar un cambio sustantivo en su situación en Líbano. De ahí la atracción de la ideología islámica y panárabe de Hezbollah, sostenida en parte por ayuda iraní, pero también por las propias iniciativas generadoras de ingresos y la recaudación de diezmos, por sus extensas redes de servicios sociales baratos y fiables y por sus fundaciones empresariales.

La reciente guerra ha permitido a Berri volver a conquistar parte de su anterior perfil: ha podido declarar que Amal estaba junto a Hezbollah en la batalla con Israel mientras mediaba en nombre de Hezbollah con los diplomáticos estadounidenses y europeos. Sin embargo, los intereses básicos y las estrategias de los dos partidos divergen, y Berri intentará explotar cualquier disminución de la popularidad de Hezbollah para presentarse como un dirigente chií más conciliador ante los suníes y los cristianos del país. No obstante, no es probable que Amal abandone su antigua alianza con Siria antes de las elecciones presidenciales de septiembre del 2007, de modo que la alianza chií que obtuvo 35 escaños en el 2005 sobrevivirá un año más.

Como cuestión inminente asoman las elecciones presidenciales. Puede abrirse un nuevo callejón sin salida en la política libanesa y a la parálisis del Gobierno. Sin embargo, la perspectiva de las elecciones presidenciales de septiembre del 2007 producirá cambios en las alianzas políticas, unos cambios que surgirán no sólo entre los partidos libaneses, sino que se extenderán también a los actores externos. No cabe duda de que la lucha por decidir al sucesor de Lahud agudizará las tensiones entre la Alianza del 14 de Marzo y la formada por Aun-Hezbollah, donde se incluye también Amal, y la intervención política y encubierta del presidente sirio Asad, interesado en desbaratar la investigación internacional sobre el asesinato de Hariri. El mayor riesgo es que la rivalidad – las rivalidades- adquieran un carácter sectario y que lancen a suníes y chiíes unos contra otros en un reflejo de la lucha más amplia que se está produciendo en toda la región.