Liberar una isla menguante

Hace unas semanas, mientras Cuba se abría hueco a codazos en el zumbido de la conversación digital con la convocatoria de una marcha de protesta que se prometía crucial, Netflix anunciaba su blockbuster navideño con una frase que parecía aludir a la difícil relación entre los deseos de quienes quieren dar por finiquitadas las décadas de poder revolucionario en la isla y la tozuda realidad de las cosas. Con traviesas pausas en medio, el anuncio de la película declaraba: «Basada en hechos reales... que no han ocurrido todavía».

La protesta convocada en Cuba el pasado 15 de noviembre en la estela del desborde de las calles que se produjo el 11 de julio fue abortada por un descomunal dispositivo policial y parapolicial. Su convocante, una plataforma que acumula sueños y denuncia pesadillas en Facebook, vio a su promotor tomar enseguida un avión a Madrid en una huida del país; una realidad tan irritante como enternecedora. Paralelamente, y como para probar aquello de que Dios aprieta, pero no ahoga, la disidencia se pudo felicitar tres días después por el Premio Grammy Latino para el tema Patria y vida, al que algunos le han concedido la estatura de himno de las protestas. Exactamente como se hizo en 1991, a rebufo de la caída del Muro de Berlín. La canción Nuestro día del sonero de Miami Willy Chirino, con su pegajoso estribillo «ya viene llegando», auguraba el derrumbe inminente de la dictadura de La Habana. Hace ya 30 años que el himno del optimista Chirino inflamó a los anticastristas. Como hace ya 16 que Fidel Castro abandonó el poder para encerrarse en el cuarto de baño de su residencia a garabatear reflexiones milenaristas y encontrar la muerte. Hay que contar con esos guarismos y cargar con ellos si queremos entender lo que Cuba es hoy y, sobre todo, lo que no será al son de himnos de fin de semana o volátiles líderes. Porque desconocer esa extenuante duración del régimen, aun después del hundimiento del mundo que le servía de sostén y la desaparición del líder carismático que lo fundó, confunde tanto a actores como a espectadores de esos «hechos reales» aún por venir.

No es un secreto para nadie que el campo de batalla en el que se libran las sucesivas escaramuzas por la libertad de Cuba es distinto hoy. Hay cuestiones que son ya moneda común, como que la contestación es liderada por una generación nacida en los 90 o los 2.000, que ya no tiene ataduras sentimentales o ideológicas con la revolución. O que el acceso a internet dota a la contestación de herramientas que sirven para comunicar y, por lo mismo, cohesionar a las fuerzas favorables al cambio. O, también, que la extensión del trabajo por cuenta propia y la porosidad de la frontera que separa La Habana de Miami, dos factores puestos en suspenso durante los casi dos años de pandemia global, regalaron a muchos cubanos una independencia económica del arbitrio totalizante del Estado de la que no se había gozado en la isla comunista jamás.

Pero hay también otras variables en juego. Para la generación de cubanos que buscan hacerle oposición hoy desde el periodismo, el arte o la calle, su adversario no es una revolución, sino una máquina autoritaria que tiene al país apartado del mundo. Y si alguna fuerza los mueve, más que la de vivir con dignidad y acariciar sueños asequibles, es la de romper la soledad que el régimen se ha impuesto, tan cómodo hoy en la solipsista exposición de sus agravios, como antes lo estuvo buscándole las cosquillas al mundo.

La Cuba castrista, en tanto que actor y símbolo, ha perdido su ambición. Una ambición que la mantuvo durante años en el vórtice del mundo. Aquellas ideas de antaño podían ser perniciosas o felices pero que tenían la virtud de ubicarse en el centro de la conversación pública internacional: la dinámica postcolonial o el acoso al Apartheid en Sudáfrica, el endeudamiento del mundo subdesarrollado o la posición de los países del Sur en el diferendo bipolar de la Guerra fría, por ejemplo. El atractivo de Cuba, entonces, radicaba en su vocación de participar de los debates globales. Incluso cuando el anciano déspota peroraba sobre el fin del mundo en sus reflexiones postreras, desechos de un iluminado senil, se apreciaba la vieja vocación de insertarse en los debates del porvenir, del cambio climático en adelante. Pero esos fueron los últimos estertores del dictador y de aquella Cuba.

En la última década Cuba no es más que un pequeño país replegado en su abismal insignificancia, y el clamor de estos jóvenes intelectuales y artistas es el de la ambición por formar parte de los debates del mundo. Pugnan por ser parte de los reclamos de su tiempo. De ahí la en ocasiones pueril declamación de su condición de progresistas, una que denota el ánimo de apartarse de las generaciones anteriores de anticastristas, pero sobre todo las ganas de enrolarse en los pelotones de la rebelión global.

El déficit de legitimidad generado por la sustitución de la generación de los Castro por funcionarios y tecnócratas desprovistos de cualquier atractivo carismático o eficacia en la gestión de la pobreza socialista coloca a los opositores actuales ante un régimen que es a la vez más fácil de enfrentar y más difícil de batir. Lo primero, porque tiende a convocar cada vez menos condescendencia de la comunidad internacional y mucha más antipatía en las clases menesterosas de la sociedad cubana, que son todas menos la claque bendecida por las pistolas, las prebendas o los últimos jirones de la ilusión. Pero esa virtud tiene también su correlato drástico. Ahora, ensimismado y brutalizado, al régimen de Miguel Díaz-Canel ya no le importa comportarse con la obscena violencia que hemos visto a lo largo de este último año: la militarización de las calles, la cárcel, los arrestos domiciliarios sin juicio, el exilio forzoso de los actores incómodos...

En el mapa en el que se moverán la política y la economía cubanas en los próximos años, un barro discursivo agitado por un nervioso adhocismo con ecos del postcomunismo autoritario de Putin y Lukashenko, se continuará librando la batalla de los cubanos contra la pesadilla castrista que ha sobrevivido a los Castro. Casi todo ha mutado ahí: el liderazgo, los actores de la rebelión, las generaciones que se enfrentan. Lo único que no parece haber cambiado es la rotunda renuencia del Estado a concebir un país donde quepan todos los cubanos. Su pertinaz vocación de represión y autobloqueo. Como si además de menguar la ambición de sus élites, la isla menguara también en territorio y, siendo cada vez más estrecha, no fuera capaz de acomodar en los predios de su silueta de playa y mangle a todos los que nacieron en ella.

Jorge Ferrer es escritor cubano.

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