Libertad de expresión

La revista italiana Nuovi Argomenti publica desde hace unos meses la respuesta de personalidades italianas a un cuestionario sobre la libertad de expresión. El escribidor contesta sin pedir permiso a las dos primeras preguntas.

Pregunta: ¿La libertad de expresión ha de tener en cuenta otras libertades (ligadas, por ejemplo, a religión, credo político, roles institucionales, memoria histórica, etcétera) o no ha de estar limitada? ¿Cuáles debieran ser los límites eventuales y quién tendría que decidirlo?

Respuesta: Hablar de libertad de expresión pudiera parecer ingenuo o cínico, en tiempos de control masivo de la población mundial vía internet, o de los crímenes de guerra sin castigar gracias a la anulación de la justicia universal en España. Pero puede ser un estímulo para seguir luchando por un derecho elemental cuando la pugna entre opinión personal y seguridad pública se está decantando peligrosamente por la impunidad de los servicios secretos y la persecución de quienes revelen sus actividades. Entretanto, en España, es un hecho que la maquinaria del Estado disfruta de plena libertad de expresión para elaborar y divulgar documentos infamantes sin pedir permiso a nadie y mirando hacia otro lado cuando es notoria la perversión política que los alimenta y encauza. Por otra parte, el control político directo en los medios públicos y la arbitrariedad para otorgar a un individuo el derecho a expresarse en un medio privado vienen de lejos. Recuerdo que en 1984 participé en un debate en el programa Cara a cara de TVE en Catalunya. Era mi contrincante Juan Luis Cebrián, director de El País, que estaba de paso para participar en Girona en el simposio “¿Qué es España?”. El tema era la-Barcelona-del-Titanic-decadentey-provinciana frente al Madrid-no-vamás-de-la-movida. Mientras nos empolvoraban, le pasé a Cebrián copia de un texto mío sobre Catalunya y España, que no había modo de publicar en su diario; Cebrián tuvo la cortesía de echar una ojeada a los papeles y se los guardó desmayadamente en el bolsillo de la chaqueta. En un descanso, el comisario político socialista en los estudios de Sant Cugat –cuyo contrapeso era un conocido mío de infancia, abogado falangista metido a periodista deportivo– me gritó, enfurecido, que “no dejaba hablar a mi oponente” (en la segunda parte, hablé mucho menos). A los pocos días, El País publicó, con recuadro, la crónica de un acto en Barcelona con Vázquez Montalbán, Román Gubern, y Ricard Salvat, quien había afirmado sin venir a cuento que antes yo me llamaba “Julián” y que ahora “iba de Julià”. (Habían transcurrido veinte años desde 1964: nuestros caminos se habían separado, y era lógico que Salvat no recordara que siempre me trató de “Julià” y que había firmado con el nombre de “Ricardo” mi carnet de su escuela de teatro). Escribí una carta al diario y Cebrián me contestó impersonalmente que no consideraba oportuno publicarla.

En los tiempos que corren no sé si una monja y un historiador metidos en política, o el presidente de la parte de una nación sin Estado, se han de sentir ofendidos por lo que digan de ellos algunos periodistas, pero si se atreven a exhibirse en el escaparate para hacer muecas, como sus críticos, para ganarse al personal, ya saben de qué va la feria. En general, creo que la gente que nos hemos hecho –que nos han hecho–a golpes, y que hemos visto caer a otros por ejercer la libertad de expresión, no deberíamos de llevarnos las manos a la cabeza por un palabra de más. Pero nos es menos cierto que el debate sobre el tema no puede limitarse a disquisiciones filosóficas, a declaraciones abstractas –que la posteridad siempre agradecerá, mientras el presente ignora sus píos deseos–, o a proclamas interesadas sobre el Estado de derecho siempre que sentencie a nuestro favor. Es importante, en cambio, garantizar qué habrá que hacer políticamente para que la mayoría disfrute de la libertad de expresarse sin caer víctima de denuncias obtenidas al margen o per encima de la ley. Es harto sabido que la protesta de la gente –una pitada, una huelga, una ocupación, un escrache—acostumbran a sacar a la luz relaciones de fuerza ocultas bajo la letra pequeña del contrato social, en los rituales democráticos, o entre los titulares de los diarios –unas relaciones que los más fuertes no quieren que se hagan públicas–. Y sabemos, asimismo, que, por muchas leyes que la protejan, la libertad de expresión suele ceder ante la libertad de compresión privada o pública. En este sentido, la llegada a las instituciones de dirigentes que han recibido bastonazos por haber protestado debiera de hacer desaparecer del arsenal disuasorio de los poderes públicos el llamado “monopolio legítimo de la violencia” y sustituirlo por lemas más digeribles como “diversidad para la paz legítima”.

Pregunta: ¿La representación artística y la opinión personal han de disfrutar del mismo grado de libertad de expresión?

Respuesta: Distinguir entre “persona” y “artista” es muy osado. ¿Hay algún artista moderno que no se busque como persona a través de su obra? ¿Hay alguna persona que no exprese una faceta artística en una actividad determinada? Libertad de creación no es sinónimo de libertad de expresión, que implica la posibilidad de llegar al público por los medios adecuados. ¿Qué puede hacerse con un disquete o una maqueta bajo el brazo, en tiempos de especulación, mecenazgo controlador o subvenciones de miseria? Pero si se quiere distinguir entre vida privada y vida artística, conviene afirmar que la producción artística sólo vive cuando se convierte en pública; y el artista está obligado a proseguir en su negocio, como una prostituta, bajo la noche inmóvil.

Julià de Jòdar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *