Libertad es no conformarse

Para comprender lo que es la cultura política, hay que ir a la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. Pero no por ser la biblioteca más grande del mundo, ni por contener la mejor colección nacional de la democracia modélica del mundo. No hace falta subir, cuando llegues allí, por las grandiosas escaleras de mármol, ni pisar las majestuosas aulas, pintadas de caprichos elegantes que manifiestan citas de grandes escritores en las paredes. Tampoco hace falta recurrir a las espaciosas salas de lectura, altamente abovedadas algunas y otras de artesonado profundamente labrado. Sólo es preciso, a unos pocos pasos de la entrada principal, volver hacia la izquierda y pasar por un corredero estrecho a un cuarto oscuro y diminuto que siempre se llena de visitantes. Se trata del archivo de Bob Hope, el cómico genial de los años 40 y 50 del siglo pasado, uno de los grandes personajes de la cultura popular norteamericana. El archivo es una auténtica maravilla, que abarca el repertorio de nada menos de un millón de chistes. La mayor parte de ellos son accesibles por un portal interactivo, que permite teclear cualquier asunto y sacar un chiste a propósito.

Me temo que Bob, a pesar de los muchos aficionados que siguen reuniéndose en ese santuario de la Biblioteca del Congreso, está condenado a ser olvidado: los gustos cambian, nos et mutamur, y los chistes de anteayer serán cada vez más difíciles de entender a través de los abismos del tiempo y la cultura. Hoy a Bob se le recuerda, más que nada, por su patrocinio de campeonatos de golf. En su día, empero, era una de las figuras más reconocidas del mundo, por las muchas películas que rodó con Bing Crosby, actuando de cantante, bailarín, bufón, payaso, cabeza de turco, y amante poco fiel y siempre desdichado. Su vocación primaria era de comediante de stand up.

No me disculpo por citar a un animador de vodevil como fuente de sabiduría filosófica y política. EEUU es el país del populismo por excelencia, donde la cultura se forma desde abajo, en lugar de imponerse desde arriba por la aristocracia y la alta burguesía como es normal en Europa. Y como todo buen comediante, Bob entendía instintivamente la naturaleza humana, que es el punto de partida de toda filosofía moral.

Me acuerdo de un chiste que le oí contar en televisión hacia mediados de los cincuenta del siglo XX, si no me equivoco, cuando yo tenía unos cinco años o poco más, en la época intensa de la guerra fría. Richard Nixon, entonces vicepresidente de los EEUU, se había reunido con Nikita Kruschev, el sucesor a Stalin al mando de la Unión Soviética, en uno de esos encuentros llamados «ápices», que nunca lograron nada sino dar la sensación de que las grandes superpotencias por lo menos querrían buscar medios de evitar una matanza definitiva nuclear. Kruschev había sellado su propio renombre de comediante, contestando a una aseveración de Nixon. «Ustedes, -le había insistido el vicepresidente, no entienden nada del capitalismo». A lo que respondió el secretario general del Partido Comunista de la URSS, «y ustedes no saben nada del comunismo, sino sólo cómo tenerle miedo». Hope, supongo, se inspiró en este diálogo para contar un supuesto encuentro ficticio en el que Nixon intentó exponer a Kruschev qué eran la democracia y la libertad. «Cualquier ciudadano estadounidense puede ir a la ciudad de Washington; puede acercarse hacia la Casa Blanca; se le permite llamar a la puerta de la Casa Blanca, y decir al presidente Eisenhower: ‘Señor Presidente, usted y su Gobierno son una porquería’. He aquí la esencia de la democracia y de la libertad».

«En Rusia -contesta Kruschev- disponemos de esa misma democracia y de esa misma libertad. Cualquier ciudadano soviético puede ir a Moscú, acercarse hacia el Kremlin, llamar a la puerta del Kremlin y se le permite decirme: ‘Camarada secretario general, el presidente Eisenhower y su Gobierno son una porquería. He allí la esencia de la misma democracia y la misma libertad».

El chiste tiene gracia, y sigue manteniendo su agudeza por representar fielmente a unos hechos implícitos que son fundamentos de la ciencia política: que las culturas políticas son diversas; que no existen fórmulas universalmente aplicables; que los encuentros internacionales vienen salpicados de malentendidos; que los valores morales de la política suelen trivializarse; que la democracia consiste en más que el sufragio universal, y que exige que cualquier ciudadano tenga la oportunidad de desafiar al Gobierno. Sea por manifestaciones pacíficas o por expresiones personales de opinión. O por recurrir a los tribunales. La verdadera libertad consiste no sólo en la libertad de decir unas cuantas burradas, sino más bien en el derecho a la libertad de comportamiento, en poder rechazar el conformismo, en pensar de una forma contraria a la que predomina en la sociedad; y que la única garantía de la democracia no es la sede del Gobierno ni sus habitantes -la Casa Blanca, el Kremlin, o cualquier otra institución política- sino el Estado de derecho, manifiesto en unos tribunales independientes, valientes, y generalmente respetados.

En los EEUU, mientras disminuye la fama de Bob Hope al ritmo que mueren los de mi generación que nos divertíamos escuchando sus chistes, el legado de su mensaje también se pierde. El diálogo político se convierte en un intercambio de insultos poco más sofisticados que el que Bob imaginaba en el umbral de la Casa Blanca. Acabamos de tocar lo más bajo cuando el Congreso contempló no invitar al presidente a dar su tradicional discurso anual a los diputados, y cuando el líder del Congreso, John Boehner, decidió reenviar la invitación, «sólo para que la gente escuche al presidente y acabe odiándole más». Sin hablar de la libertad de expresión, la de pensar heterodoxamente, que se está ahogando por el conformismo.

Una muestra inquietante acaba de develarse, en el caso de una joven estudiante de la Universidad de Virginia. Una de las instituciones más liberales del sur del país, fundada por Thomas Jefferson, el autor de la Declaración de la Independencia y portavoz de los «derechos inalienables a la vida, la libertad y la búsqueda a la felicidad». La joven denunció a unos compañeros por una violación bestial, que la dejó traumatizada tras una experiencia horripilante, sangrienta, brutalizada, y traumatizada. A nadie, por lo visto -a ningún comentarista, ni autoridad ni ciudadano responsable- se le ocurrió defender a los acusados ni a nadie, menos los estudiantes encargados de vigilar la residencia donde tuvo lugar la supuesta salvajada, dudar de la narración de la chica. A quien se atreviera a hacerlo, se le inculparía de «falta de respeto a las víctimas del acoso sexual». El respeto a los acusados en este tipo de casos ha venido a ser literalmente impensable. Pero resultó que la chica había inventado unos detalles, por lo menos, de su relato, y que el suceso, si hubiera ocurrido, no pudo haber tenido lugar en el sitio ni en la fecha que había señalado a la prensa, ni con los supuestos delincuentes a quienes había referido.

Mientras tanto, el Estado de derecho se socava por la politización de los tribunales. Para predecir el resultado de un litigio no hay que comprobar los hechos, ni sopesar los méritos del caso, sino fijarse en quién nombró al juez. El Tribunal Supremo, que conserva su mayoría conservadora, dedica bastante tiempo a anular juicios procedentes de tribunales inferiores en los cuales el presidente ha conseguido nombrar a jueces liberales. Los jurados, a pesar de seleccionarse supuestamente al azar, tampoco son independientes, ya que el sistema favorece a gente burguesa, blanca, y conservadora. Esto que explica el hecho de que resulta imposible, por lo visto, inculpar a un agente de policía por matar a un negro. Lo demuestran los casos recientes, por ejemplo, de Tamir Rice, chico de doce años, a quien un policía en Cleveland mató por llevar una pistola de juguete, o de Eric Garner, cuyo asesinato por agentes en Nueva York se ve claramente en un video a la disposición de todos por la web. O de Michael Brown, que no llevaba armas cuando fue asesinado por 12 tiros de pistola en Ferguson, Misuri.

Ni Bob Hope sería capaz de convertir el lamentable estado moral del país en chiste, pero si quieres saber lo que son la democracia y la libertad, pregúntaselo a Tamir Rice, o a Eric Garner, o a Michael Brown. Ya no pueden contestar, pero encontrarás la respuesta en su mismo silencio.

Felipe Fernández-Armesto es historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame (Indiana, EEUU).

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