Liderazgo sin carisma

Mariano Rajoy se enfrentará a la prueba decisiva el 20-N. Esta es su tercera y última oportunidad. Y llegará a la cita con el camino aparentemente despejado, aunque no todo parece tan claro. Su liderazgo sigue despertando dudas e incertidumbres. El semanario conservador británico The Economist se ha despachado recientemente contra el candidato del PP presentándolo como «el hombre que no tiene nada que decir». La publicación cuestiona su capacidad de liderazgo, la credibilidad de sus propuestas y advierte del dilema en el que va a estar atrapado en las próximas semanas: para ganar votos deberá parecer moderado, pero para ganar la confianza de Europa y de los mercados deberá mostrarse severo y contundente.

Muchos analistas dudan y debaten sobre si sus silencios son astucia o estulticia. Y en buena parte de la opinión publicada aflora el desconcierto y la resignación frente al hecho -¿inexorable?- de que el peor candidato de la derecha pueda ganar al mejor candidato de la izquierda. Es tal el desequilibrio en la percepción pública entre las cualidades políticas, técnicas y humanas -como ha certificado el CIS- entre Rajoy y Rubalcaba que la pregunta es inevitable: ¿puede un líder sin carisma ganar unas elecciones?

Existe una notable confusión, prejuiciosa en el caso de Rajoy y pretenciosa desde sectores progresistas, respecto a que un líder deba ser carismático. No, un líder lo que debe tener es seguidores (en nuestro caso, votantes), como señala Peter Drucker, en el ámbito del liderazgo político. Un líder asume responsabilidades, un carismático puede eludirlas, ya que la principal obsesión de este último es agradar, complacer y ser amado o deseado. Carismático procede del sustantivo de origen griego que significa que quien lo posee «tiene el don de la gracia». Rajoy no es gracioso, aunque algunas de sus pifias políticas o de sus ocurrencias despierten una hilaridad nerviosa o un rubor contenido, sea cual sea el grado de proximidad emocional o ideológica con el candidato. Pero sí es un superviviente y resistente corcho en medio del bravo oleaje que ha significado su presidencia del PP, las dos derrotas electorales y la beligerancia de sus opositores dentro y fuera del partido. Como decía Disraeli, «los adversarios están en el partido contrario, pero los enemigos los tenemos en casa».

Los estrategas socialistas se equivocarán si se agarran a un clavo ardiendo como es la superioridad técnica y política de su candidato. Es cierto que Rubalcaba es el principal activo de la deteriorada marca PSOE. Y que la teoría de los ciclos políticos, la necesaria alternancia democrática, el desgaste del Gobierno en una situación de crisis extraordinaria y la melancolía de la socialdemocracia presentan un escenario con final predeterminado. En contraposición, pareciera que es la marca, la del PP, y el viento demoscópico favorable el que lleva en volandas a Rajoy. ¿Pero esto lo explica todo? El líder del PP no domina ninguna técnica competitiva: no habla bien, no seduce, no convence, no entusiasma. Pero estas elecciones no serán un concurso o una pasarela y, en la crisis actual, Rajoy ofrece algo más simple, básico, casi primario: seguridad. Y, en este terreno, el candidato popular presupone acción fiable y decidida frente a la narración pedagógica de su adversario. Sus contrincantes deberían concentrarse menos en ensañarse con él (los réditos son pocos y ya están descontados) y comprender qué reflejo está ofreciendo, como si de un espejo sociológico se tratara, de la sociedad española. Y actuar en consecuencia.

Rajoy, sorprendentemente, no genera confianza, pero sí una extraña sensación de seguridad. Su pertinaz discurso sobre la previsibilidad, su obsesión por el texto escrito que demuestra una cierta inflexibilidad, su constancia actitudinal que le lleva a perlas retóricas como la de que «hay que hacer las cosas como Dios manda», le muestran como una persona corriente, no excepcional. Y ahí está su fuerza. Es otro tipo de liderazgo: más rudo, más crudo, más burdo. Es un liderazgo práctico y simple, quizá demasiado para la complejidad del momento, pero que puede resultar atractivo para una sociedad preocupada, con miedo y excitada. Es la nueva autoridad. El nuevo tipo de liderazgo para sociedades en crisis. Más efectivo que atractivo.

Rajoy puede obtener una victoria electoral, ciertamente. Pero puede obtener una victoria moral si demuestra que conoce mejor que nadie el estado de ánimo y el pensamiento básico de los electores, si conecta con el sustrato sociológico de fondo de los ciudadanos que sienten una necesidad -casi inconsciente- de autoritarismo simple. Rajoy ha callado demasiado: amordazado, mudo o mordiéndose la lengua. No lo sabemos. Pero el 20-N la palabra la tendrán los ciudadanos. Y es posible que, tras casi ocho años del verbo fácil, simpático y demasiadas veces imprudente de Zapatero, el péndulo histórico inevitable de la alternancia sitúe como presidente a alguien que hace buena la expresión, tan popular, que dice: las mata callando.

Por Antoni Gutiérrez-Rubí, asesor de comunicación.

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