Lidón, cinco años después

Por Joseba Azkarraga, consejero de Justicia, Empleo y Seguridad Social del gobierno vasco (EL CORREO DIGITAL, 07/11/06):

Se cumplen cinco años desde aquel mal día de 7 de noviembre de 2001, cuando ETA asesinó al magistrado José María Lidon Corbi ante su mujer, Marisa, y su hijo Íñigo. Creo que es un acto de justicia mantener viva su memoria. Primero, porque así expresamos nuestra solidaridad con el dolor de sus allegados y segundo, porque decimos también que nunca será olvidado. El paso de los años mitigará el padecimiento, pero no erosionará nuestra memoria. Su asesinato y el de tantos otros en nuestro pueblo deberán ser tenidos siempre en cuenta para que jamás tanto horror pueda volver a repetirse.

Yo he contado a menudo que mi aproximación a la figura de José María Lidón se ha ido forjando a lo largo de estos años y, desgraciadamente, después de su asesinato. Personas que compartieron con él su pasión por el Derecho y su apuesta por una Justicia independiente me han permitido conocer la proyección de un jurista cabal que, además y sobre todo, fue una excelente persona.

El Gobierno vasco reconoció su trayectoria profesional cuando en el año 2002 le concedió el Premio de Justicia ‘Manuel de Irujo’. Realmente, quien fue durante veinte años magistrado en la Audiencia de Bilbao y ese gran humanista que fue ministro de Justicia durante la II República vivieron momentos bien distintos. Pero ambos compartieron una cualidad poco común, como es la de creer que el Derecho debe estar al servicio de la Justicia. Y no de una Justicia encorsetada en manuales ni al servicio de intereses sino presente en su tiempo, que se ejerce sobre personas que viven en unos determinados momentos y circunstancias sociales y que contribuye a una buena salud cívica. En definitiva, una Justicia que sirva para solucionar problemas y no para enconarlos.

De ahí que sea útil recordar ahora lo que los propios compañeros de José María Lidón dijeron de él cuando destacaron que siempre había creído en el Derecho como un medio, junto con otros, de construir una comunidad; de reconocernos unos a otros y de compartir y vivir nuestra condición humana. Y la verdad es que dio pruebas sobradas de su compromiso con esta manera de entender y practicar la Justicia.

Desgraciadamente, él no puede disfrutar ahora del esperanzador momento que vivimos. No pretendo, por supuesto, interpretar lo que pudieran ser sus reflexiones sobre las expectativas abiertas para un final de la violencia y una solución al conflicto político vasco. Pero, en todo caso, sí quiero decir que no podrá haber una solución o, por lo menos no podrá calificarse de tal, si la Justicia no se convierte en la característica que la defina.

José María Lidón se sintió involucrado en los debates sociales que le tocó vivir. Participó, además, muy activamente en todos aquellos en los que creyó poder aportar una reflexión serena como, por ejemplo, los relacionados con la modificación del Código Penal, con la legislación antiterrorista o con la defensa de las penas alternativas a la prisión. Y son sólo unos ejemplos.

Desde un claro compromiso con principios democráticos, quiso ser parte de su sociedad y de su tiempo.Y jamás dio muestras de que ese compromiso afectara a su independencia o a su imparcialidad. Por ello, creo que se equivocan quienes se empeñan todavía hoy en observar a los jueces aplicando las normas al margen del momento y de las circunstancias sociales.

A veces, da la impresión de que existe cierta intolerancia a que, desde posiciones que quieren ser claras y honestas, se insista en pedir a los jueces que desarrollen su función con ausencia de prejuicios y, sobre todo, de prejuicios de carácter político. Porque son todos los tratados y declaraciones internacionales los que sistemáticamente aluden al derecho a un juez imparcial.

Y eso es lo que demostró ser José María Lidón. Los poderes públicos y los ciudadanos sabemos que los jueces no son infalibles, pero sí reclamamos de ellos que tomen sus decisiones con prudencia y desde una exquisita neutralidad política. Creo, precisamente, que así lo puso en práctica con responsabilidad y equilibrio José María Lidón. Así contemplaba la justicia y la vida.