Líneas de sombra

Las celebraciones navideñas han aplazado piadosamente el estupor de un ciclo electoral iniciado en las europeas de 2014 y culminado en los comicios del 20 de diciembre. La reapertura del curso político nos enfrenta de nuevo a la forma indeseable que ha adquirido esta etapa de la historia de España. Lo que debería haber sido una serie de jornadas festivas, con la atmósfera limpia y el aire tenso de la participación ciudadana, ha ido tomando el aspecto turbio y acechante de un lugar donde se esperan las noticias más amargas. Poco han tenido, estos días cruciales, del espíritu sobrio y benevolente con el que se afirma la plenitud de la soberanía nacional. Ninguna de las repetidas ocasiones electorales ha mostrado la discreta alegría de quien ha logrado convencer a una mayoría de españoles, ni la resignada aceptación de la derrota por quienes no han alcanzado tal propósito.

La fiesta de la democracia parlamentaria requiere la convicción de una continuidad, el tesón del juego limpio, el consenso básico sobre un acuerdo nacional que permite sentirnos miembros de una misma comunidad política. Alguien, sin embargo, parece haber decretado un estado de excepción, un amago de ruptura contrario a los deseos explícitos de la inmensa mayoría de los españoles. La sombra de una nueva transición ha levantado el vuelo, convocada solo por esos sectores tan antipatrióticos. Grupos marginales que, en lugar de haber cerrado filas para que la nación superara esta espantosa crisis, la han aprovechado para impugnar un sistema dotado de una capacidad de inclusión que ninguna otra fase de nuestra historia había logrado concitar.

Es difícil imaginar un mayor desprecio por los españoles que la inseguridad jurídica desatada por tales rebeldes sin causa legítima y tantos aprendices de brujo del aquelarre separatista. Nos estamos jugando lo que aún queda del Estado del bienestar. Se derrama entre nuestros dedos la confianza en un destino común como nación moderna y responsable. Se tambalean instituciones que arrancamos a la inercia del rencor, tras cincuenta años de tribulaciones que atestaron de violencia y tiranía los años centrales del siglo XX. Hace falta estar ciego. Hace falta tener el corazón dormido y la decencia en coma para no ver el daño que se produce a todos los ciudadanos en este regreso a la España zaragatera y triste, de espíritu burlón y alma quieta. Hace falta una carencia alarmante de recursos morales, para empeorar más las cosas, participando en esta bullanga que algunos solemnizan con alusiones a la voluntad popular.

Pero ese pueblo al que se alude como pretexto, el sabio, el prudente pueblo español, se pregunta ya qué es lo que está pasando. Qué nos ha ocurrido para ser la única vieja nación de Occidente que amenaza ahora su cohesión social, su legitimidad política, su vertebración cultural y los sensatos equilibrios de su organización económica. Millones de electores, no obstante, se han mantenido en los límites de aquel acuerdo que nos llevó a la democracia desde 1977. Una gran mayoría ha reiterado que, por encima de las diferencias entre los partidos, se deben mantener los pilares de un régimen capaz de dar la palabra, la representación y las subvenciones públicas incluso a quienes se organizan para destruirlo. Porque la sonora irrupción de los que se declaran antagonistas de esta democracia solo ha sido posible por la grandiosa tolerancia de un orden político que ellos consideran despótico. Aunque no quieran reconocerlo, su mera fuerza electoral, su visibilidad en los debates, su posibilidad de llegar a la opinión pública, son signos de la salud de un régimen, nunca muestras de su degradación. En especial cuando, tras pasar por el examen de las urnas, casi siete de cada diez españoles han dado su voto a los tres grandes partidos constitucionales.

Y eso, a pesar de todo lo que ha estado cayendo en estos años. No solamente la crisis económica que ha sido contenida con un esfuerzo común tan apreciable. También, la incomparecencia alarmante de quienes tenían que haberse enfrentado a los impugnadores del sistema con mayor energía discursiva y de persuasión. La fuerza de la convicción se ha dejado a los adversarios de nuestra democracia. A ellos ha correspondido elevar la voz, alzar la cara y sacar pecho, mientras los dirigentes de los partidos gubernamentales se recluían en una cabizbaja timidez, en un encogimiento espiritual vergonzoso. Aquí solo ha tenido seguridad en sí mismo el ciudadano de a pie, el que recuerda lo que costó vivir en democracia, e inteligencia para defender una forma de vida que ha dado los mejores años de bienestar y libertad a nuestra patria.

Estos ciudadanos nada tienen de inmovilismo ni de cerrazón. Son los mismos o los herederos directos de quienes impulsaron la verdadera Transición. En un insultante ejercicio de estética posmoderna, tan dada a la insolvencia moral y la falta de vergüenza, las nuevas señorías han irrumpido en los espacios representativos de una democracia ya consolidada, diciendo que con ellos llega el aire de la libertad, la voz de la ciudadanía. Como si durante todos estos años, la soberanía popular hubiera estado llamando inútilmente a la puerta de nuestras instituciones. Su obscenidad siempre podrá compararse con la pulcritud de aquellos que sellaron el pacto constitucional. Recordemos cómo emprendieron el camino del entendimiento quienes podían arrojarse a la cara sus recuerdos terribles, su memoria de muerte, exilio y cárcel. Con qué elegancia de espíritu y probidad de indumentaria respetaron aquel parlamento común quienes eran auténticos portadores de una soberanía nacional recuperada. A qué altura de conciencia histórica izaron su voluntad de vivir en paz desde aquel día inaugural de nuestra democracia.

Los diputados de Podemos no son ajenos a la importancia de las formas. Su estilo provocativo responde a un modo de hacer política regido por la eficacia del mensaje corto y la contundencia del golpe de efecto. El relativo éxito de sus brindis al sol se debe, ciertamente, a la purga cultural a que ha sido sometida la conciencia de la juventud española. No es producto de una mayor exigencia intelectual de los votantes, sino de la devastación de la conciencia crítica de un sector amplio de nuestra sociedad. El aplauso al esperpento y el elogio de la locura, sufridos estos días, no son fruto de la madurez de nuestro país, sino de la despreocupación de los responsables de su formación cívica. Somos el único país civilizado en el que un dirigente político se presenta ante el Jefe del Estado en mangas de camisa, sin que se le indique la puerta de salida –como hizo Tarradellas con Xirinacs– o se le proporcione un atuendo adecuado. Nada hay de improvisación ni mucho menos de normalización representativa en esa actitud. No solo se quiere eliminar la necesaria solemnidad que siempre acompaña a las instituciones políticas y a las personas que las encarnan y marcar distancia con un sistema que se detesta. También se busca diferenciarse de una izquierda comunista y socialista que, acudió al Palacio de la Zarzuela con la sobria corrección de un republicanismo que se toma en serio la dignidad de lo que representa . La mayoría, la inmensa mayoría de los españoles ha dicho a qué lado de esa línea roja desea estar. En qué lado de esa línea de sombra quiere que se construya nuestro futuro.

Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Vocento.

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