Liquidación de Bolívar

Mientras en Venezuela se eliminan las últimas garantías democráticas, se proclama la puesta en marcha de la última fase de la revolución –el gracejo criollo la califica de «robolución» bolivariana. Aquella que, según mandan los dictados del cambio radical, a sangre y fuego, acaba en una dictadura: la madurista. En ello están. Para quienes crean que la historia de las revoluciones obedece a alguna ley evolutiva, la Venezuela de los últimos treinta años ofrece un excelente estudio de caso. En los años ochenta del siglo pasado hubo una revuelta de los privilegiados, en el sentido de una resistencia numantina del petroestado y sus elites, o clientelas políticas, a los cambios imprescindibles que demandaba la caída del precio del petróleo. Con clásica mentalidad minera, se pensaba que iba a remontar de un día para otro y la bonanza perpetua regresaría, porque era «lo normal». Nada cambió para mejor. Tras el viernes negro de 1983 –todo empieza por la economía– acontecieron el Caracazo o revuelta popular del 89 y el intento de golpe de Estado de Hugo Chávez en 1992, contra el veterano presidente socialdemócrata Carlos Andrés Pérez, que había gobernado en el período de abundancia petrolera «saudí». El agotamiento del sistema era obvio, pero las elites se traicionaron a sí mismas: ahí se encuentra uno de los orígenes del chavismo. Al día siguiente del pronunciamiento armado golpista de Chávez y sus conmilitones, el jefe de la oposición democrática, el socialcristiano y también expresidente Rafael Caldera atacó a Pérez y mostró inaudita comprensión del sublevado. De ese error aquí tenemos mucho que aprender.

Liquidación de BolívarAños después, Chávez se hallaba en campaña presidencial y el 2 de febrero de 1999 comenzó el primero de tres mandatos, concluidos con su muerte en 2013. El chavismo tiene una historia interna. Tras una primera fase «moderada» para convencer a las sufridas clases medias resentidas y desahuciadas, vino otra radical, identificable en esta última etapa con la descomposición y el madurismo. Del mismo modo que, tras el terror en la revolución francesa, aconteció la dictadura militar napoleónica, terminada con una catástrofe nacional, la fase reciente del devenir venezolano muestra la desaparición del Estado de derecho y la culminación del gobierno dictatorial. Todo esto se ha hecho en nombre de Bolívar.

Treinta años antes de la muerte de Chávez, en coincidencia con el día de fallecimiento del libertador, el 17 de diciembre de 1982, junto a otros militares de extrema izquierda (alguno de ellos encarcelado en la actualidad), había fundado el MBR200, Movimiento Bolivariano Revolucionario. Este amalgamó en un verdadero sancocho, una sopa en la que todo cabía, ideas nacionalistas con otras castristas, guevaristas y un marxismo-leninismo de manual mediocre. Lo más venezolano fue, además de la mezcla inconcebible de ideas, la invocación mitológica a Bolívar, cuyo sarcófago fue abierto en 2010, en riguroso directo televisivo, para según dijeron «hacer investigaciones, tomografías del cráneo, de todos los huesos, con la tecnología que hay actualmente». «Ahí está lanzando su rayo sobre un pueblo que lo amará para siempre», declaró pletórico Chávez, mientras expertos protegidos por impolutos trajes blancos evaluaban los restos encontrados: «Un manto negro de Damasco que envolvía el esqueleto, dos cajas de plomo soldadas a la urna, las cuales contenían polvo, restos provenientes del cuerpo, de la vestimenta, del calzado, y un sobre que contenía un acta elaborada por la comisión encargada del traslado desde Santa Marta (Colombia) en 1842». Eso fue todo. Era imposible comprobar, como pretendieron algunos, que Bolívar no había muerto de tuberculosis, sino asesinado por conspiradores (se supone que blancos). En especial, dada la sintomatología y padecimientos respiratorios, dictaminados en 1830 por el médico francés Alexander Riverend y el cirujano de la Marina estadounidense George MacNight, que lo examinaron en su hora postrera. Reverend anotó: «Cuerpo muy flaco y extenuado, el semblante adolorido y una inquietud de ánimo constante. La voz ronca, una tos profunda. El pulso comprimido. La digestión laboriosa. Tisis pulmonar llegada al último grado, esta no perdona».

Las circunstancias de la muerte de Bolívar en casa del español Joaquín Mier, que se apiadó de su suerte y le brindó refugio en su casa de campo, para que se restableciera cuando iba camino del exilio definitivo, no fueron recordadas en 2010. Tampoco sus ideas. En el frenesí por lograr una reconstrucción tecnológica del «verdadero rostro del libertador», en versión chavista, poco o nada se trató del Bolívar gobernante. Y el caso es que, con todas sus contradicciones, ofrece enorme interés. No parece irrelevante, visto con ojos actuales, que en 1826, al saber que había sido reelegido presidente de la Gran Colombia independiente, escribiera al presidente del Senado para señalarle que la constitución vigente no permitía que un ciudadano mandase en la nación más de ocho años, y el llevaba catorce. A pesar del poder militar que retenía, o del abrupto debate sobre la presidencia vitalicia que le otorgó la Constitución peruana de 1826, vigente solo cincuenta días, la breve dictadura de Bolívar de 1828 en la Gran Colombia tuvo lugar bajo el modelo romano, limitada y en circunstancias excepcionales. El gobierno en la capital bogotana de la maquinaria administrativa y la lentitud de la garantista burocracia de origen virreinal, dominadoras, como señaló el gran historiador británico Malcom Deas, del «poder de la gramática», le exasperaron. Bolívar evolucionó hacia lo que hoy llamaríamos un conservadurismo compasivo. Le preocupaban cada vez más el liderazgo político ineficaz y populista, los excesos del «liberalismo indiscriminado» y las divisiones étnicas. En eso no le falló nunca el instinto de hacendado y rico propietario, temeroso del jacobinismo y la pardocracia, el gobierno «demagógico» de gente de color. También proscribió a la masonería y murió en la fe católica, tras escuchar al obispo José María Esteves. Este le transmitió en sus últimos días su condición de enfermo terminal y trataron de lo que esperaba en el más allá a su alma inmortal.

En todo caso, donde sí es posible vislumbrar lo que pensaba Bolívar respecto al gobierno es en sus escritos políticos, olvidados estos días. Una de sus últimas cartas la envió desde Barranquilla al general Flores, presidente de Ecuador, el 9 de noviembre de 1830. Con un realismo resignado, pero el verbo potente que siempre le caracterizó, afirmó: «He mandado veinte años y de ellos no he sacado más que pocos resultados ciertos. La América es ingobernable para nosotros. El que sirve a una revolución, ara en el mar. Este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos, casi imperceptibles, de todos colores y razas. Devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos». Hacía tiempo que, de buena o mala fe, acudían a Bolívar amigos y conocidos en busca de consejo y apoyo político. De modo invariable, les señalaba «que carecía por completo de poder y no tenía ninguno que ofrecer». Retirarse del poder, antes que favorecer el conflicto civil. Esta voz del auténtico Bolívar, en medio de tanta insania, tanta religión republicana falsa, muestra el camino, pese a todo, a una Venezuela posible.

Manuel Lucena Giraldo, historiador.

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