Llamada a la responsabilidad global

Los numerosos temas internos que han confluido en el último periodo no debieran hacernos olvidar la realidad internacional. Una realidad con países interdependientes, desajustes en el sistema y desafíos globales. Sin ninguna duda, la forma en la que gestionemos estos cambios tendrá consecuencias para nuestro país.

La crisis económica y financiera internacional evidencia este hecho. Y muestra también algo de suma relevancia: la importancia de apostar por instrumentos de gobernanza mundial y de cooperación. La primera respuesta ha sido positiva. La necesidad de responder conjuntamente ante la crisis ha catalizado el avance del G-20 como instrumento de gobernanza económica global. Washington, Londres, Pittsburgh: las tres primeras cumbres de jefes de Estado del G-20 pueden ser recordadas por avanzar hacia el multilateralismo y una acción coordinada global. Se logra progresar en la construcción de la geometría 20 – en la que España ha desempeñado un papel activo-,se responde al desplome de las bolsas y se logra estabilizar los mercados financieros.

Este éxito aumenta las expectativas sobre los resultados futuros del G-20 y le otorga un merecido prestigio: es el único foro en que potencias y países emergentes se sientan a la mesa en igualdad de condiciones. Sin embargo, la imprecisión de los acuerdos alcanzados en la última cumbre no ha respondido a la altura de lo esperado. El G-20 finaliza la cumbre dejando a los líderes con un amargo sabor de boca.

En el origen de la discordia destacan dos brechas bien definidas. Por un lado, una divergencia transatlántica en las propuestas en torno al crecimiento económico. Estados Unidos es partidario del estímulo, mientras que la Unión Europea defiende el control del déficit. Por otro lado, encontramos una división en torno a la tasa bancaria. EE. UU., la UE y Japón se muestran favorables, mientras que los países emergentes, Canadá y Australia son contrarios.

Aunque se ha logrado alcanzar un acuerdo (2013 para reducir el déficit presupuestario a la mitad; y 2016 para estabilizar la deuda soberana), el consenso no se ha encauzado en la dirección correcta. La disyuntiva estímulo frente a control del déficit no es acertada. Ambos son necesarios. Aun respetando las idiosincrasias de cada contexto, hay suficiente terreno común para concretar más los acuerdos. Lo mismo se puede aplicar a la regulación de la tasa bancaria, a la transparencia y a la rendición de cuentas. Sé bien que no es tarea fácil, pero es indispensable que sean los líderes mundiales – y no los mercados-quienes lideren las reformas.

Además, se ha repetido una costumbre que debiera cambiar. Evidentemente no se puede tener un G-8 antes de un G-20, como ocurrió esta última vez. De esta forma, se continúa perpetuando la división entre dos clubs. Primero, un petit commité,y en segundo lugar, el foro ampliado a 20 países. Esta distinción es insostenible. El papel del G-20 deberá ir en aumento. Por un lado, por el porcentaje del PIB mundial que representan los países emergentes. El 60% en el 2030. Por otro lado, por la naturaleza global de los desafíos del siglo XXI. Si queremos que se avance en problemas de gobernanza global habría que trabajar juntos en la salida de la crisis económica y en otros aspectos esenciales. La proliferación de armas nucleares, por ejemplo, es uno de ellos.

Faltan liderazgos globales, con el riesgo de que resurjan los bilateralismos. Asuntos de gran importancia como el vertido de BP en el golfo de México y la estrategia en Afganistán concentran naturalmente la atención del presidente estadounidense. Similar en la UE, cuya atención y actividad se ha concentrado en los últimos meses en defender el euro y solucionar las difíciles situaciones económicas nacionales. Mientras, las potencias emergentes continúan decantándose por el bilateralismo y alineándose con el resto de los países. La falta de unión en la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU contra Irán tampoco favorece la coordinación y cooperación en el G-20.

Las cumbres deben ir bien preparadas y ser el lugar del gran debate. Una propuesta bien definida, coherente y precisa presentaría resultados más asumibles para todos. Pero tan importante como tomar decisiones es explicarlas bien. El G-20 no es un acontecimiento que ocurra todos los días. Es un acontecimiento mundial en una crisis que todo el mundo sufre. Como tal, las decisiones deben ser explicadas hacia la ciudadanía de forma comprensible y sin cacofonía. La angustia de la gente requiere este esfuerzo y me temo que, esta vez, ese esfuerzo ha faltado.

Todavía estamos en una fase de transición muy delicada. El problema que ahora se plantea en el G-20 es cómo seguir avanzando en la construcción de instrumentos de gobernanza global. El temporal económico ha perdido intensidad pero no ha amainado; aún queda mucho por hacer. Cuando los países han encauzado la senda del crecimiento a diferentes velocidades, es necesario que la estrategia global siga primando. El grado de interdependencia entre países será cada vez mayor y la naturaleza global es inherente a los problemas. Por lo tanto, los países deben esforzarse en limar y superar las diferencias y en profundizar las relaciones en el marco del multilateralismo: debemos vencer la inercia hacia las viejas alianzas y el bilateralismo.

Javier Solana Madariaga, presidente del Center for Global Economy and Geopolitics de Esade Business School.