Llamarse España

Por Vicente Molina Foix, escritor (EL PAÍS, 11/11/07):

Hace muchos años conocí en Londres a un Madrid. La noción de la broma flotaba sobre la cabeza del hombre, alopécico en plena juventud, que me acababan de presentar en un pequeño party de mayoría española: Madrid Sánchez. Le di yo a cambio mi nombre a Madrid, me abstuve de hacer comentarios bromistas, y seguí bebiendo el sucedáneo de sangría que la anfitriona, una escocesa enamorada de todo lo español y de casi todos los españoles, había preparado amorosamente aunque, para mi gusto, con un exceso de limonada de bote. Poco después, y en esa misma fiesta, la sensación de irrealidad se hizo mayor por el costado exótico cuando un amigo, jefe de estudios del Instituto de España donde yo entonces daba clases de literatura y arte, me presentó a su mujer, rubia, pecosa, de bonitos ojos verdes e innegablemente vestida de inglesa. Se llamaba Frenesí. Como yo tenía más confianza con el marido de Frenesí que con el llamado Madrid Sánchez, me atreví en el segundo caso a inquirir, y fue la misma titular del nombre la que me lo contó todo, acostumbrada como estaba -me dijo sin pizca de resentimiento filial- a hacerlo, en especial ante sus compatriotas, que no sólo oían en las presentaciones un nombre insólito sino una palabra impronunciable: “Frini-tsí suelen decirme cuando lo entienden”, me dijo Frenesí en un perfecto castellano. “Como un nombre chino, ¿verdad?”.

La sangría acabó dándonos a todos los presentes, por muy sintética que fuera su mezcla, una camaradería en la nomenclatura; mi propio nombre de pila no es nada fácil para los ingleses, que tienden a convertir la primera sílaba en “Vai”, continuando con un problemático “sinti”; ecos quechuas, o maoríes. Frini-tsi debía su nombre a una madre patinadora, patinadora de competición, que es un deporte (o un arte) muy amado en Gran Bretaña, donde las finales se siguen con pasión y altas pujas en las oficinas de apuestas (otro profundo atavismo de aquella sociedad). La madre de mi nueva amiga había ganado premios con su pareja masculina bailando sobre ruedas sobre todo el repertorio latino: Frenesí, El manisero, Garota de Ipanema, Adoro; a la hermana menor le puso al nacer el nombre de su bolero favorito, Frenesí, y a la mayor (pensar que pudo haberse llamado Caminito) el de Vereda, en homenaje a otra pieza muy interpretada por ellos en las pistas, Vereda tropical. Las hermanas Vereda y Frenesí Roberts, creo recordar. En un orden de cosas menos frívolo, el propio Madrid Sánchez, maestro en un colegio de Portobello Road para hijos de inmigrantes españoles, me explicó que sus padres, republicanos que tuvieron que exiliarse en condiciones penosas al final de la Guerra Civil, le dieron a él, nacido ya en Inglaterra, el nombre de Madrid en honor a la “capital de la gloria”, donde, combatiente voluntario él y enfermera ella, se habían conocido en los duros meses del primer gran asedio franquista del otoño de 1936.

Superada la impresión de extrañeza ante tanto nombre inusual, y vencida con una pastilla la resaca de la mala sangría, recuerdo que al día siguiente vino a mi memoria, de la que yo trataba entonces (1974) de borrar las peores gestas de un franquismo que en esos años míos londinenses no tenía que vivir cotidianamente, un caso singular de frustración onomástica acaecido a finales de los sesenta: el de dos amigos, crítico de cine él, actriz ella, que, llevados por un rapto de admiración a la película de Alain Resnais El año pasado en Marienbad, habían querido inscri-bir a su recién nacida hija en el registro de la parroquia como Marienbad. Un cura ultramontano podría en aquella época haber llamado a la policía ante semejante blasfemia, posiblemente judeo-masónica; pero el párroco fue comprensivo (o era cinéfilo), y, negándose por supuesto a bautizar a la niña del modo en que querían sus padres, aceptó que la fe de bautismo llevara entre paréntesis el nombre de la ciudad balnearia, quedando así la niña registrada a todos los efectos como María (Marienbad). María baño de María.

Así que ya en aquellos tiempos uno podía saber, caso de no haberlo experimentado antes, que los nombres tienen a veces un lado oculto enigmático y hasta burlón, como la luna. Un nombre inspirado por el homenaje, el capricho o la ideología, y que atestiguan los niños que llamaron en países de América Latina, Lenin, o Comunismo, o Abraham Lincoln algo, y los nacidos en nuestro país, instaurada ya la libertad también en ese aspecto, con el nombre legal de Christian, Nerea o Anabelén. Hubo un tiempo de hecho, que yo sitúo en los primeros años ochenta, en que la libertad de los padres españoles al dar nombre a sus hijos pudo incurrir en libertinaje: conozco a un Agamenón, a un Neptuno, a dos Cleopatras y a un Nabucodonosor (a quien sus allegados llaman Nabucco), todos hoy veinteañeros aparentemente felices. ¿Dónde estaban, y dónde están ahora, las Nieves de antaño, los Matías, las Juanas, las Rosas, las Azucenas? En la proliferación de vanesas no existió, creo, raíz política, pero el exceso de íñigos y borjas tiene su aquél.

El pequeño aunque vistoso incidente, hace unas semanas, del chico y la señora que no querían llamar por su nombre catalán a Carod-Rovira no revestiría mayor importancia si no fuera el exponente de un totalitarismo mental aún muy incrustado en amplias capas de nuestra población, por lo que se vio en el plató de TVE y se oye en las calles no toda anciana y nostálgica de Franco. Estas personas, una con peor intención que otra, me parece, decían José Luis a Josep-Lluís, pero naturalmente se sentirían ridículas llamando a la actriz de Los otros Nicolasa Kidman, Miguela Pfeiffer a la renacida estrella de Hollywood, Judas Ley al galán británico Jude Law, por no hablar de los clásicos: nadie que yo conozca ha llorado la muerte de Miguel Ángel Antonioni, ni es frecuente, fuera de algún vetusto, referirse a Guillermo Shakespeare, a las tragedias en verso de Juan Raíz o a Enrique Jaime como autor de Retrato de una dama. La horterada rancia, el sectarismo y la grosería de esos individuos que se negaban a llamar a alguien por el nombre de plena vigencia y legitimidad que ha elegido les exponía crudamente a ellos; en el nombre comienza el territorio privado donde toda vulneración o cortapisa es agresiva.

Mi abuelo paterno, poeta cómico-anacreóntico en valenciano de la zona de la Ribera Baja, firmó su único libro publicado en vida como Visént (Molina), y Visentet me llamaba mi tío, su hijo mayor, cuando yo era niño. Crecí en Alicante, entonces, como ahora, la provincia de menos implantación del catalán propio entre sus habitantes, y la lengua me eligió a mí cuando uno no tiene discernimiento o posibilidades de aprendizaje; por eso me he llamado a mí mismo siempre Vicente (pese a las dificultades de los angloparlantes para pronunciarlo) y así he firmado lo que escribo en castellano.

¿Puede un nombre tener ideología? Todos hemos aceptado en las últimas décadas (hablo de una grandísima mayoría, no de los irredentos que sigue habiendo, algunos en antena) que Vitoria lleve públicamente el nombre de Gasteiz o Gerona el de Girona, pasando por alto la anomalía que eso supone cuando se está hablando o escribiendo en una lengua (el castellano) en la que usar la palabra London o Firenze resultaría pomposo. Ésa y otras convenciones patronímicas asimiladas por los ciudadanos son el fruto de un pacto de convivencia no-beligerante. Pero ahora se debate algo más que los nombres propios. Las banderas, los himnos, los reyes, parecen estar en entredicho, por no hablar de la configuración misma de la nación. Una encuesta reciente publicada por la revista Tiempo revelaba que el 85% de los españoles se consideran, más que monárquicos, juancarlistas, mientras que a algunos les ha llamado la atención el nuevo logotipo oficial bajo el nombre Gobierno de España. La figura unitaria del Rey, legitimada por sus actos, no por su herencia, el valor representativo de la bandera nacional, el término conjunto de España, son, diría yo, convenios de más alto calado de cuya aceptación general depende el dinámico equilibrio de un país que, en su pluralidad social, lingüística, religiosa y también ya racial, debe mantener una clara cohesión territorial y unos símbolos comunes. Un país en el que la gente de tu colegio y muy pronto la de tu oficina llevará cada vez más nombres raros: Jaroslav o Rachida o Gao o Siddharta, correspondientes a unos catalanes o murcianas de nacimiento que, junto a los Gorkas, las Antonias, los Orioles y las Jaras, han de formar, en su desigualdad onomástica, la galería humana del lugar que, con palabra antigua, expresiva, genérica y útil para entendernos todos, seguiremos llamando España.