Llegó el momento

Tenemos una oportunidad histórica de colocar a España en una posición privilegiada en el mundo actual y algunos datos permiten pensar que no vamos a desaprovecharla. En parte por la presión de la ciudadanía y en parte por su propia convicción, los partidos políticos –que son la clave de este proceso– están dando signos positivos de cambio. Parecen entender al fin que tendrán que renunciar sin demora a una serie de derechos que se habrían otorgado de forma arbitraria y con carácter absoluto. Principalmente a dos: el derecho a mentir y el derecho a no dialogar.

El derecho a mentir será difícil erradicarlo por completo porque tiene raíces históricas muy profundas y se ha convertido en un auténtico arte político al que la revista The Economist dedicó un estudio especial recientemente. Ya ha alcanzado, en términos prácticos, la categoría de derecho irrenunciable y necesario para sobrevivir en la escena pública. Pero habrá que ponerle coto. Tenemos que evitar que ese derecho nos desborde por completo y nos anegue en la anarquía, sobre todo con la utilización masiva de unas redes sociales que se irán haciendo cada vez más perversas y más incontrolables. Es un peligro que el propio estamento político tendrá que ocuparse de regular. La llamada «posverdad», un concepto inquietante que alude a la prioridad que tiene la manipulación de las emociones más primarias sobre las realidades y los hechos objetivos, acabará devorando a quienes pretendan institucionalizarla como estrategia exclusiva para alcanzar el poder.

El derecho a no dialogar tiene también raíces históricas profundas y forma parte, así mismo, de la estrategia política básica para diferenciarse en términos ideológicos y crecer electoralmente. No será fácil que los partidos acepten límites a este derecho, pero ya se detecta que empiezan a entender dos ideas principales: de un lado, que un número significativo de las diferencias y las discrepancias carecen de base real; y de otro, que pueden existir situaciones en las que el interés de la ciudadanía debe primar sobre cualquier otro.

Eso es lo que sucede en concreto en temas como justicia, sanidad, educación, deuda pública, pensiones, modelo territorial, reforma constitucional y otros muchos en los que alcanzar consensos sería perfectamente posible sin tener que renunciar a principios «sagrados» ni pagar un precio electoral. Se detecta incluso el deseo de hablar y de entenderse, pero existe el miedo a tomar la iniciativa. Recuerda esta situación a la que Theodore Zeldin menciona en su admirable libro sobre las ventajas del diálogo, donde la heroína de una película del Oeste, no sabiendo ya qué hacer para atraer la atención del sheriff, John Wayne, se viste de forma especialmente provocativa, lo cual genera la siguiente conversación: –«Si te vuelves a vestir así, te arrestaré». –«Creí que no ibas a decirlo nunca». –«¿Decir qué?». –«Que me amas». –«Lo que he dicho es que te voy a arrestar». –«Es lo mismo, pero no te das cuenta».

¡Pues tendrán que darse cuenta pronto! 2017 puede llegar a ser un año especialmente difícil y especialmente peligroso para nuestros intereses, y al mismo tiempo una espléndida oportunidad para demostrar nuestra fuerza y nuestra capacidad de acción. Trump va a imponer un nuevo pensamiento en las relaciones internacionales creando sus propias reglas de juego y sobre todo obligando al resto del mundo a compartir, con mucha más intensidad económica y política, las obligaciones globales, y en concreto con las relativas a seguridad y defensa. Su objetivo de una «América grande» la rodea de ideas antiglobalización, anti-Europa, antimedioambiente, antiestablishment, antiinmigración y anti-China que van a acarrear situaciones conflictivas frecuentes y reacciones imprevisibles. Va a ser un periodo de sobresaltos y sorpresas que habrá que asumir, sin perder la dignidad, pero con mucha paciencia y cuidado. Un presidente «muy suyo», rodeado por un equipo de empresarios ricos y generales retirados, puede conducirnos a territorios ignotos a pesar del contrapeso que tendrá que ejercer su propio partido y de la prudencia y moderación que acabarán exigiendo las tercas realidades del mundo.

Por su parte, Europa tendrá que lidiar un Brexit muy incómodo que puede convertirse en una verdadera pesadilla para ambas partes con un coste desproporcionado y unas consecuencias no deseadas por nadie. Un problema al que se añade la justificada inquietud por los resultados electorales en Francia, Holanda, Alemania e Italia, donde los nacionalismos y el dramático tema de los refugiados van a jugar un papel decisivo. El ataque terrorista en Breitscheidplatz, en Berlín, puede alterar gravemente la estabilidad política de un país que ha sido hasta ahora el único líder que defendía la unidad europea, incluido el euro, y guiaba nuestros pasos con un mínimo de grandeza ante la pérdida de protagonismo de una Francia que solo está en condiciones de ocuparse de sus propios problemas.

La mala relación entre China y los Estados Unidos y el posible entendimiento con Rusia en ciertas áreas van a ser también factores con consecuencias poco controlables y por lo tanto con derivaciones peligrosas. Y lo mismo puede suceder con el mundo latino, donde México –«tan lejos de Dios y tan cerca de América»– va a tener que apretarse el cinturón y buscar nuevas opciones en un continente herido por la desastrosa situación en Venezuela, las dificultades de Macri en Argentina, los inmensos problemas de Brasil y la delicada situación cubana.

Habrá que prepararse para un mundo sustancialmente distinto. ¿Será posible? Todos los partidos políticos están dando estos días un tristísimo espectáculo de divisiones internas basadas en disquisiciones ideológicas verdaderamente frívolas y personalismos con tintes egocéntricos infantiles, que les llevan incluso a despreciar el riesgo de autodestrucción de sus organizaciones. Pero acabarán volviendo pronto a la normalidad y al sentido común y tendrán que reconocer que nuestro país puede convertirse en un país fuerte y serio, con tal de que abandonen en lo que sea razonable el derecho a mentir y sobre todo el derecho a no dialogar.

Para vencer las resistencias al diálogo habría que generar un clima especial, con la colaboración decidida de los medios de comunicación y de la sociedad civil en su conjunto, que ponga de manifiesto la necesidad de afrontar una serie de problemas concretos que permitirían modernizar nuestra democracia y facilitar una convivencia civilizada. Habrá que convencerles de que en este momento de la vida española el derecho a no dialogar es inaceptable desde todos los puntos de vista y que al asumir la obligación de pactar acuerdos la brecha de credibilidad y su mala imagen ante la opinión pública mejorarían de forma espectacular. Se puede convivir perfectamente en el desacuerdo suavizando unos dogmatismos que en su mayoría se han quedado anticuados y estériles.

Una España fuerte políticamente descubrirá que es mucho más importante y mucho más capaz de lo que creemos. Llegó nuestro momento.

Antonio Garrigues Walker, jurista.

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