Llegó la fractura secesionista

Por fin se consumó. La tranquilidad vuelve a los Balcanes. El niño bueno, Kosovo, con el apoyo del resto de la cuadrilla euronorteamericana consigue independizarse de la tiranía del matón serbio. ¿Qué ironía más falaz! Hoy nace un nuevo Estado, imaginado e inventado, sin ninguna viabilidad económica, sin instituciones, sin representación y sólo mantenido por los fondos económicos y la estabilidad que aportan las tropas europeas estacionadas en su territorio. A partir de este momento constataremos que las cosas no son como nos las han contado, sino de otra forma.

¿Es democrática la secesión kosovar? Obviamente no. La difícil dicotomía entre el derecho de los ciudadanos, que no de los pueblos, a separarse de un Estado concreto llevándose parte del territorio y la posibilidad de que ésta erosione la democracia y el derecho internacional que rige la convivencia de los diferentes países del planeta produce en nuestra mente una esquizofrenia de difícil resolución. Las teorías secesionistas gozan de gran popularidad en nuestros días al ser consideradas como el punto culminante y definitivo de la autodeterminación y por ende de la democracia. Y ello no es así, puesto que no podemos olvidar que la integridad de gobiernos mayoritarios se ve subvertida cuando grupos minoritarios amenazan con no respetar las decisiones democráticas y separarse del conjunto estatal. Una conexión demasiado sencilla entre los ideales democráticos y el derecho a la secesión es un error mayúsculo, así como también es erróneo equiparar la democracia con el gobierno de la mayoría, o dar por supuesto que el gobierno de la mayoría prevalece sobre otros valores y derechos fundamentales de nuestras democracias.

Todo acto de secesión tiene gran influencia en los derechos y en las expectativas de los ciudadanos dentro y fuera de la zona secesionista, ya que generalmente cambia la ciudadanía de muchos ciudadanos contra su voluntad, crea nuevos grupos minoritarios que se verán acosados y perseguidos, cambia en gran medida el carácter del Estado original sin que sus ciudadanos puedan decidir nada sobre la cuestión, genera incertidumbres económicas en los mercados y barreras comerciales que perjudican a ambos Estados y, normalmente, recrudece la violencia y el uso de métodos brutales de expulsión forzada como en los Balcanes.

Se esté a favor o en contra del derecho de autodeterminación, lo que está muy claro es que nunca debe realizarse sin ser legitimado por métodos democráticos y bajo el amparo de un Derecho Internacional justo y democrático. Incluso en esta tesitura, la secesión en el contexto de Estados democráticos es un hecho lamentable ya que implica fracaso, falta de cooperación e intolerancia. Y no debemos olvidar que el hecho de que algunos pueblos tengan sus propios Estados y otros no es un accidente de la historia, ya que la mayor parte de los Estados no se constituyeron de manera voluntaria como ocurrió con Australia, Canadá o EE UU. De ahí que muchas naciones minoritarias se encuentren en situaciones que nunca aprobaron. La pregunta a contestar es la de si cualquier cambio en este sentido beneficia al conjunto de sus ciudadanos y al Estado en general o los coloca en una coyuntura peor a la existente antes de la secesión.

Por otra parte, sorprende la actuación de la UE en el tema kosovar, tanto por su pusilanimidad respecto a EE UU como por la contradicción que supone respecto a la redefinición de la forma básica de dominación política, el Estado nación y la construcción de instituciones como la ciudadanía. Debemos preguntarnos si la UE aplica uno de sus mayores valores, el de limitar el comportamiento de los Estados respecto a las minorías, en su decisión de apoyar la independencia de Kosovo. Ya sabemos que la solución es muy difícil. Ya sabemos que la historia reciente de la 'troceada' Yugoslavia es trágica y dolorosa. Ya sabemos del horror de lo que allí se vivió. Pero hoy conocemos el porqué de unas guerras que provocaron los de siempre y sufrieron también los de siempre.

Vistos los antecedentes y las enseñanzas de la Historia, intuimos que el camino no es éste, intuimos que la solución no pasa por esta decisión, entendemos que las 'comparaciones imposibles' pueden convertirse en 'realidades indeseadas'. La comodidad de la lejanía, la tranquilidad de la estabilidad, el análisis concienzudo, la victoria de la razón, el monopolio del sentido común se rompen en pedazos ante los imponderables que generan situaciones históricas que nunca se pensó que pudieran acaecer. No podemos estar de acuerdo con la 'unilateral' secesión kosovar, no sólo por las consecuencias que tendrá, sino porque seguimos pensando que ampliar es mucho mejor que reducir, porque seguimos soñando con muchas identidades formando una identidad común, porque nos gusta 'pensar globalmente para actuar localmente', porque consideramos que una vez más demostramos que somos incapaces de aprender de la Historia. Kosovo nos lo recordará.

Por Daniel Reboredo