Llorar no es suficiente

Oigo la noticia: “¡Atentado en Barcelona!”. Y se me encoje el corazón mientras vuelven a pasar por mi cabeza tantas imágenes que están archivadas para siempre. Y aunque sea un ejercicio que pueda parecer inútil, vuelvo a necesitar escribir sobre lo que pienso y siento mientras aún están enumerándose los muertos, identificándose a las víctimas, persiguiendo a los asesinos…

Todos los atentados terroristas son distintos, pero a la vez todos son iguales. En todos ellos hay dolor, hay miedo, hay víctimas inocentes. Y en todos ellos hay culpables. Lo primero que les iguala es que todas las víctimas de terrorismo son siempre inocentes; y todos sus asesinos son siempre culpables. Culpables sin paliativos; culpables sin adjetivo ninguno; culpables sin misericordia.

También son iguales porque todo terrorismo tiene un único objetivo: derrotar la democracia, destruir las sociedades libres y plurales en las que solo con la muerte pueden imponer los terroristas su modelo totalitario, su doctrina política, ya sea religiosa o no.

Aunque el sinvergüenza de Otegi haya aprovechado este atentado para declararse “preocupado” y mostrar solidaridad con el conjunto de “los Països Catalans” (hay que ser miserable), estas víctimas que ahora nos ha dejado el terrorismo yihadista no difieren sustancialmente de las que nos dejaron los compañeros de Otegi en el atentado de Hipercor. Ambos atentados obedecen al mismo objetivo: destruir la democracia. En ambos las víctimas son aleatorias; a los terroristas no les importan sus nombres, su edad, su condición… Porque ETA en Hipercor y el ISIS en las Ramblas no las asesinaron por su trayectoria, por lo que piensan, por lo que hacen. La muerte de todas ellas no es para los terroristas sino un mero instrumento para generar temor entre la población e intentar doblegarnos.

Si lo piensan bien, no hay apenas diferencias entre el terrorista de ETA y el del ISIS. El terrorista yihadista considera infieles a todos los que no se someten a su ley y cree que matándoles se gana el cielo y por eso suele estar dispuesto incluso a inmolarse. El terrorista vasco también nos ve a los españoles como infieles que merecemos la muerte; pero suele vivir muy bien en la tierra y no tiene prisa por irse al otro mundo. Ambos son seres crueles que deshumanizan a sus víctimas para asesinarlos sin el más mínimo remordimiento. Ambos nos asesinan por lo que somos: ciudadanos libres. Ambos son nuestros enemigos mortales.

Antes como ahora, cuando el terrorista asesinaba en nombre de su patria o cuando asesina en nombre de su dios, llorar no es suficiente. Tampoco es suficiente confiar en que “todos estemos a la altura”; en que “hayamos aprendido la lección”. Sé que resulta antipático empezar a señalar deberes el primer día, con el nudo en la garganta y el deseo unánime de la gente de que nadie diga una palabra más alta que otra. Pero no hay tiempo que perder. Ellos, los malos, están visceral y radicalmente unidos; nosotros, los buenos, aún hoy nos miramos de reojo. Incluso nos separamos a la hora de dar las primeras ruedas de prensa.

No, llorar no es suficiente. Apelar a la unidad, tampoco es suficiente, porque primero hemos de decidir para qué queremos unirnos. Y no es cierto que, a día de hoy, eso esté tan claro. La unidad de los demócratas solo puede tener un objetivo: derrotar al terrorismo. Derrotar, no es comprender; derrotar, no es dialogar; derrotarles es acabar con ellos.

El mejor homenaje a las víctimas es recordarnos, cada día, que ellas, todas ellas, son inocentes. Y ellos, todos los terroristas, los que actúan, los que protegen, los que minimizan, los que buscan explicaciones… todos son culpables.

El mejor homenaje a las víctimas y la mejor herencia que podemos dejar a las próximas generaciones es que no pidamos perdón por vivir en democracia.

Rosa Díez es cofundadora de UPyD.

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