Lo audiovisual mató la literatura

Casi coincidiendo con el otoño empieza el calendario académico, las televisiones presentan sus nuevas programaciones (a Gran Hermano Revolution van concursantes que han leído un libro), Berlín acoge una de las ferias tecnológicas más importantes… ¿Cómo han afectado las pantallas a los estudiantes?

A principios de 1997, un profesor de una universidad estadounidense le confesaba a Álvaro Mutis: “Cada día me espanta más en mis alumnos ese aire de robots ausentes. Ya no consiguen plantear en clase la pregunta más simple”. Ambos hallaban la respuesta del mal en la proliferación de los medios electrónicos.

Carme Riera, catedrática de Literatura Española en la Universidad Autónoma de Barcelona, hace un diagnóstico igualmente demoledor: “Mis alumnos se aburren con La desheredada, de Galdós; no están acostumbrados a leer descripciones, ellos quieren acción trepidante. Es el fin de la literatura. Interesa más lo audiovisual”.

Es la misma tesis que defiende el exministro y profesor de la Universidad Carlos III, César Antonio Molina: “Muchos alumnos comentan que no leen novelas porque son demasiado largas para seguirlas en pantalla”. Si esto sucede con jóvenes que estudian carreras de letras, ¿qué no sucederá con los demás?

El progreso suele ser proteico: la electricidad ilumina, pero también electrocuta; la dinamita domina la montaña, pero también ejecuta monarcas. Del mismo modo, las pantallas de los dispositivos móviles facilitan nuestras vidas, pero su abuso distorsiona la imaginación. Había una niña que estaba enamorada de los cómics de Tintín. Un día, sus padres la llevaron al estreno de una película basada en uno de esos cómics. A la salida, le preguntaron si le había gustado: “No, porque la voz de Tintín en la película no es la misma que la voz de Tintín en los tebeos”. En la sencillez de esa respuesta se condensa el porqué los libros siempre serán mejores que la pantalla si se trata de estimular la imaginación.

Para Vargas Llosa, “la televisión es la mejor demostración de que la pantalla banaliza los contenidos y tiende a convertir todo lo que pasa por ella en espectáculo”. Corrobora esta idea después de haber leído Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, de Nicholas Carr. En su juventud, siendo estudiante de Literatura en Harvard, Carr devoraba libros… hasta que descubrió las nuevas tecnologías: “La lectura profunda que solía venir naturalmente se ha convertido en un esfuerzo”.

Vargas Llosa también cita las palabras de Joe O’Shea, profesor de la Universidad de Florida: “Sentarse y leer un libro de cabo a rabo no tiene sentido. No es un buen uso de mi tiempo, ya que puedo tener toda la información que quiero con mayor rapidez a través de la web”. Y las palabras de Katherine Hayles, profesora de Literatura de la Universidad de Duke: “Ya no puedo conseguir que mis alumnos lean libros enteros”.

Y por si esto fuera poco, además los móviles están deshumanizando las relaciones: el vecino que apenas te saluda en el ascensor porque está enviando un wasap; el amigo que no te ve en la calle porque poner un “me gusta” en Facebook es más importante; la pareja de novios cazando pokémones al otro lado del ventanal; el compañero de trabajo que nunca habla en el almuerzo porque tiene que ver los últimos pensamientos que han escrito en Twitter sus ídolos (si yo sacase un libro y me pusiera a leer, ¿no pensarían que soy un maleducado?)… La vida virtual parece más excitante que la vida real. Detrás de tantos amigos ficticios me parece que hay un gran vacío.

A finales del XIX, Ángel Ganivet vaticinaba que la estufa y el foco eléctrico serían el germen de la muerte de la familia porque, al contrario que el brasero y el velón, iluminaban y calentaban por igual toda una habitación. Lo mismo se diría décadas después de la televisión, cuya primera consecuencia fue hacer presidente al seductor Kennedy frente a un Nixon que no dejaba de sudar.

En abril de 1999 la televisión llegó a Bután, un país budista del Himalaya. El rey, con motivo del 25º aniversario de la coronación, quiso dar ese regalo a sus súbditos, quienes poco a poco fueron robando horas a la oración para dedicarlas a Los vigilantes de la playa. Incluso hay monjes tibetanos que meditan conectados a un ordenador.

Estos últimos años estamos asistiendo a un cambio tan descomunal que nos falta perspectiva para poder juzgarlo (hay quien piensa que las nuevas tecnologías son mucho más importantes que la invención de la imprenta y las compara con la creación de la propia escritura). Durante su presidencia, Bill Clinton solo escribió dos correos electrónicos, mientras que Trump gobierna a golpe de gorjeo.

Necesitamos esa revolución que nunca llega, la de lectores. La Revolución Francesa estuvo cerca: salpimentada con sociedades de lectura, vivió el auge de los periódicos y los folletos, que se leían en voz alta para que pudieran disfrutar del saber los analfabetos.

Necesitamos, como defendía Guillermo Díaz-Plaja en su faceta de profesor, “crear vocaciones de lector”. Ojalá en todas las casas se siguiera el ejemplo de Gregorio Marañón y su familia, que ponían la mesa en la biblioteca. En la sociedad judía medieval, la iniciación a la lectura iba acompañada por un ritual: el niño debía lamer una pizarra untada con miel donde estaba escrito el alfabeto hebreo.

Hoy en día, el judaísmo es la única religión que tiene una oración por las familias cuyos hijos son sabios. Sin embargo, nuestros gobiernos siguen despreciando las Humanidades (la última felonía ha sido eliminar la asignatura de Literatura Universal en segundo de bachillerato), fomentando que los resultados académicos sean paupérrimos. Por eso, como bien dice Pérez-Reverte, las redes sociales están llenas de gente con ideología, pero sin biblioteca (de ahí que a menudo semejen un vertedero).

“¿Que se lee poco? ¿Cuándo se ha leído mucho en España?”, le espetó a Max Aub su sobrino. Era 1969. (En París ya había ordenadores que, introduciendo las diez variables de tu vivienda ideal, te daban las mejores opciones; ya no hacía falta buscar en los periódicos, ya no hacía falta imaginar).

Aub estaba escribiendo un libro sobre Buñuel. El régimen franquista le había permitido volver del exilio para que, durante dos meses, se documentara. Encontró una España que había cambiado el “pan y toros” por el “pan y televisión”; una España donde las librerías menguaban y se multiplicaban los bares; una España, en fin, rica en desasosiegos:

Un hombre entró en una librería…

—¿Tiene La tía Tula?

—¿De Unamuno? —preguntó el dependiente.

—No, la de la televisión.

Esta anécdota (por igualar en leyendas negras) recuerda el chiste francés: “Una madre le dice a su hijo: ‘Jacques, ven a ver la puesta de sol’. ‘¿En qué cadena sale, mamá?’”.

Hace dos años, la entonces secretaria de Estado de Educación, Montserrat Gomendio, escribió un artículo, La Educación en la era digital: para el Gobierno de Rajoy había que pasar del modelo del ordenador común al de todos los pupitres conectados a internet. Antes de que la segunda falta de ortografía me sacara del artículo, me vino a la memoria La ciencia y la vida, el libro de conversaciones entre José Luis Sampedro y Valentín Fuster. El primero reflexiona: “A mí este afán de poner a los niños delante de un ordenador en vez de un maestro de carne y hueso, que les hable, que les escuche, que les motive, no me convence en absoluto”. Y el doctor Fuster apostilla: “¿Sabes que en el estado de Nueva York, en ciertas escuelas, ya se están retirando los ordenadores? Se ha demostrado que el nivel intelectual y de efectividad está disminuyendo”.

Esa disminución tal vez tenga que ver con la falta de atención, la ausencia de un poso cuyo único camino es el reposo.

La mayoría de los trabajadores de las grandes empresas tecnológicas de Silicon Valley lleva a sus hijos a colegios sin ordenadores ni dispositivos electrónicos.

Cuando escribe a mano, Albert Rivera piensa mejor que si teclea en el móvil. No obstante, en los Cursos de Verano de Ciudadanos, mientras hablaba Vargas Llosa, varios políticos tenían la mirada en la pantalla.

En las últimas ferias del libro, los autores más aclamados eran youtubers y presentadores de televisión (por el contrario, apenas se ven escritores en la pequeña pantalla). Incluso el director de The Washington Post dijo en EL ESPAÑOL que como la gente ya solo lee diarios en dispositivos móviles y, sobre todo, a partir de las redes sociales, el periodista tiene que buscar “un estilo diferente, más conversacional, más casual, que se parece a hablar con un amigo”. Propone, en definitiva, empobrecer el lenguaje periodístico, no vaya a herniarse el lector. Seguramente lo acaben nombrando académico de la Real Academia Española.

¿Qué nos queda…? Al guionista de Buñuel, Jean-Claude Carrière, le robaron en casa una vez: se llevaron la televisión, una radio… pero ni un libro. “Robaron por valor de unos diez mil euros, mientras que si hubieran cogido un solo libro habrían conseguido cinco o diez veces esa suma. Así pues, estamos protegidos por la ignorancia”. Eso nos queda: la tranquilidad de saber que nadie va a robar nuestros libros.

José Blasco del Álamo es periodista y escritor.

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