Lo auténtico es una falsificación

Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 22/12/07):

Hamburgo es una ciudad muy seria. Los ciudadanos de Hamburgo tienen a gala considerarse lo más serio y taciturno de Alemania, lo que tratándose de un país con tendencia a la seriedad y a cierta taciturnidad legendaria, pone el listón muy alto. Quizá la más plástica interpretación de la compleja personalidad de los hamburgueses me la dio una amiga alemana nacida en Sevilla, que se le ocurrió pedir la hora a una dama muy puesta en una calle de Hamburgo, y de la que obtuvo esta magistral respuesta hanseática: “Lo siento, no tengo tiempo”. Ortega y Gasset, nuestro príncipe en Alemania, decía de ese país cosas muy curiosas y una de las que más me llamó la atención era la inclinación de los alemanes hacia el exceso. No se conforman, decía, con hacer las cosas normalmente, sino que además quieren ser perfectos, para bien o para mal.

Hamburgo, la secular ciudad libre, impregnada del perfeccionismo luterano tan presente en los honorables hamburgueses que fueron los hermanos Mann, Thomas el grande y Heinrich el rojo, ha sufrido un escándalo de dimensiones cosmogónicas. Hay que acercarse un poco al mundo germánico y a la sublimación de la leyenda hanseática de Hamburgo, la perfecta y la implacable, para entender lo sucedido en el Museo Etnográfico.

Sucedió que el 25 de noviembre se inauguró una magna exposición, al parecer impecable, bajo el título genérico de El poder en la muerte,título precioso que vale por un ensayo y que los españoles podríamos hacer, si tuviéramos más valor y menos palabrería, exponiendo la relación con la Muerte de los egregios Austrias, emperadores, y también de los Borbones, que tienen su aquel. El Pudridero de El Escorial, las ceremonias fúnebres, la obsesión mortuoria de los poderosos – ¡para cuándo una gran exposición de los faraónicos mausoleos de los indianos españoles, enriquecidos en América y vueltos a la península para morirse! En la exposición de Hamburgo ocupaban un lugar de honor y privilegio ocho guerreros en terracota del emperador Quin Shihuang, el que hace 2.200 años se hizo enterrar en Xiquiang con centenares de figuras en tamaño natural. Todo marchaba germánicamente bien, hasta que un toca-cojones, anticuario por más señas, llamado Roland Freyer, jubilado, se descojonó de risa al contemplar los ocho guerreros chinos tamaño natural en terracota. Y ni corto ni perezoso puso una denuncia por estafa. Estamos en Alemania, no lo olviden, y ahí aún es posible que alguien denuncie la estafa social y cultural que supone presentar unas esculturas del siglo II o III antes de nuestra era, y que sean falsas.

Hace unos días se descubrió el pastel. Los ocho guerreros tamaño natural son falsos. Cosa sorprendente para nuestra cultura de la utilidad, ¡qué cojones importa que sean falsos o verdaderos, si son de tamaño natural y quedan como dios en la exposición! Pues no, en Hamburgo, la seria, la exposición acaba de ser clausurada y se ha abierto una investigación sobre el tamaño de la estafa. Fíjense si sería impensable entre nosotros, que somos capaces de inventarnos exposiciones que parecen organizadas por trileros de la Rambla, que hemos montado espectáculos culturales, por llamarlo de alguna manera, cuyo minucioso análisis llevaría a la cárcel a más de uno por estafa y desviación de fondos.

Y aquí llega el meollo del asunto. El inicio de la investigación sobre los ocho guerreros de Xiquiang ha dado unas reacciones portentosas, que abren un camino para la reflexión. El Centro de Arte y Cultura Chino, suministrador de los guerreros, ha alegado que las ocho figuras son auténticas, tal y como formalizaron en el contrato con el serio Museo de Hamburgo. Pero los alemanes, por su parte, entendieron que cuando se quería decir auténticas se estaban refiriendo a originales,c osa que evidentemente no estaba en la concepción de los chinos del Centro de Arte y Cultura. Ahí entramos pues en el meollo. ¿Qué es auténtico y qué es original? No creo que desde las fascinantes polémicas escolásticas del XVII encontremos una prueba tan fehaciente de que estamos adentrándonos en uno de los debates cruciales del siglo XXI. Para los chinos, auténtica quiere decir que está hecha con los mismos materiales, el mismo rigor y las medidas idénticas de los guerreros descubiertos en el terruño de Xiquiang… pero no garantizan que hayan sido extraídos del lodo y que sean las originales que hizo enterrar el emperador Quin Shihuang hace veintidós siglos.

¿Qué es lo auténtico? El filósofo Adorno escribió un ensayo en sus postrimerías titulado La jerga de la autenticidad, referido a la llamada filosofía del lenguaje. Los nazis tenían especial proclividad hacia la autenticidad. Heidegger incluso escribió sobre ello en su etapa más fecunda y más humillante.

He oído muchas veces referirse a alguien con una especie de superlativo, “es un tipo auténtico”, y siempre me he quedado con las ganas de preguntar qué entienden ellos como autenticidad. ¿Será, como para esos chinos del Centro de Arte y Cultura, un individuo que tiene todo lo que necesita una singularidad, pero, ¡ay, este pero!, pero sin ser originales? Me preguntaba entonces y ahora más, qué es lo que otorga la autenticidad: la imagen de independencia, de coherencia, de valor, de aislamiento, de soledad. No lo sé. Lo confieso, no lo sé. Creo que en mi vida jamás he utilizado la expresión auténtico.No sé muy bien por qué, pero no me agrada, me parece susceptible de todos los apaños.

Y entonces entramos en la otra parte. Tenemos dudas sobre qué demonios es la autenticidad, pero hay un aplomo absoluto al referirnos a lo original.Porque a diferencia de lo auténtico, que se reparte en dosis considerables, lo original es único, intransferible, individual y sin copia. Lo original es aquello que no ha sido falsificado. O por mejor decir, no ha sido copiado. Y ahora entenderán ustedes adónde voy. La copia es el tumor de nuestra época. Se acabó la originalidad, o al menos, es tan difícil y costosa que resulta una excentricidad limitarse a ella. Puestos a escoger, la sociedad prefiere autenticidades,imitaciones perfectas, copias impecables de lo que sea menester. Me aseguran que en Las Vegas han montado una Venecia con góndolas. ¿Qué son los parques temáticos, qué son gran parte de los museos? Recopilaciones de autenticidades. Qué carajo le importa a la gente si es original, es decir, si está avalado por las personalidades del ramo. ¿Han vivido ustedes la experiencia de un cuadro famoso y antiguo el día que se restaura y aparece ante usted como creemos que debía ser cuando lo pintaron? Alguna vez me gustaría hablar de eso, porque viví dos experiencias que me conmovieron, una con Rembrandt y otra con Velázquez.

La copia, es decir, la falsificación de un original, es el negocio más suculento descubierto en el siglo XXI. El pasado día 14, con absoluto desprecio de los medios de comunicación españoles, se presentó en Turín el primer informe de las Naciones Unidas sobre la falsificación. Ahí está el futuro de las mafias del mundo. Una operación que dejará atrás a cualquier tipo de droga. Y además tiene la doble utilidad de servir para blanquear dineros. Un pequeño apunte, porque imagino que podré volver sobre el tema en poco tiempo. Un gramo de cannabis tiene un costo de producción de 1,52 euros y un precio en el mercado minorista de 12 euros. Una falsificación de un programa de ordenadores tiene un costo de 0,20 céntimos de euro, y un precio en el mercado de 45 euros. El ideal mafioso está en los albores. Robas el costo del talento, de la elaboración legal por obreros cualificados y pones fábricas de semiesclavitud y vendes en el mercado del capital competitivo. Resultado, el ideal de la sociedad mafiosa. Bajos costos, grandes beneficios. Como decía Marlon Brando en la película emblemática: “No es nada personal, sólo son negocios”. Ahora bien, permítanme el sarcasmo, la mafia ¿es auténtica, o es original?