Lo ecológico y lo social

En las sociedades desarrolladas, la ecología se volvió política a finales de los 60, beneficiándose a veces del auge de los movimientos del 68 que abrieron brecha en las concepciones dominantes de la contestación que hasta entonces se organizaban alrededor de la figura del proletariado obrero. Pero las movilizaciones ecologistas se han opuesto en general a las orientaciones del movimiento obrero, aunque tampoco las han completado.

Se trata de un auténtico choque cultural entre lo nuevo y lo viejo, entre lo ecológico y lo social. Los ecologistas no temen contestar la idea misma de crecimiento para afirmar que es posible vivir mejor produciendo menos y, por tanto, consumiendo de otro modo; han inventado formas de lucha en las que se trata de vivir hic et nunc los cambios deseados. Por el contrario, los actores sindicales y políticos del movimiento obrero, del socialismo, del comunismo – cuando aún florecía-asociaban el progreso al crecimiento y no dudaban en sacrificar su vida, sus veladas, sus fines de semana, sus vacaciones para preparar las mañanas siguientes que cantaban.

Sin embargo, en la vida política de las sociedades desarrolladas se intentó un acercamiento entre los ecologistas y la izquierda clásica.

Eso se vio en Alemania cuando el socialdemócrata Gerhard Schröder dirigió un gobierno rojiverde con Joschka Fischer, líder de Los Verdes, como vicecanciller y ministro de Asuntos Exteriores desde 1998 hasta el 2005. Y la actual crisis parece jugar a favor de la integración de las dos lógicas: ¿no se puede promover una salida de la crisis que tenga en cuenta las propuestas de los partidos ecologistas para promover otro crecimiento, otro modelo de desarrollo, una modernización de la producción y del consumo, de nuestro urbanismo o de los transportes, tanto públicos como privados? El programa del candidato Barack Obama, hace dos años, suponía justamente una visión así y hay numerosas fuerzas políticas que van en esa dirección para preparar un relanzamiento de la economía en diversos sectores – industria, servicios, agricultura-,apoyándose en un tejido que sea productivo, de calidad técnica, creador de valor añadido y ecológicamente duradero, sostenible.

Esta orientación cuyo objetivo es integrar los dos tipos de valores se enfrenta a diversos obstáculos. Unos afectan al espacio en el que hay que pensar una salida para la crisis. La industria, la agricultura, los servicios pueden enmarcarse en políticas nacionales, a la medida de un país, en tanto que los grandes desafíos ecológicos que ultrapasan este marco y son de alcance planetario – el clima, los recursos naturales, el agua, la biodiversidad-exigen políticas globales, a escala planetaria.

Otro tipo de obstáculos son a la vez culturales y propiamente políticos. Los políticos verdes colocan en el mismo plano por un lado a los grupos sociales más acomodados y a gran parte de la población de los países ricos que desde hace tiempo disfruta del crecimiento y por otro lado a los grupos sociales más modestos, poblaciones de países emergentes que querrían acceder al consumo moderno pese a que el discurso ecologista les dice que eso no es bueno. ¿Cómo explicar a los chinos o a los indios que ahora comen algo más que arroz y pueden usar el coche que el incremento del consumo de carne o de lácteos es una catástrofe para el medio ambiente y que no se desplacen en automóvil?

Y otros obstáculos aluden a las orientaciones de unos y de otros, de verdes y de rojos. Los movimientos ecologistas, como todos los movimientos sociales y culturales, tienen su lado oscuro, tentados por el todo o nada, hostil al crecimiento sea cual sea, una especie de deep ecology donde el humanismo puede dar paso a la idea de que la vida humana no es más importante que otras. Pero por ambas partes pueden tenderse puentes.

Todos los ecologistas no son bubos (burgueses bohemios) egoístas y la izquierda clásica no está necesariamente obsesionada por un gran proyecto de crecimiento. La integración de los dos registros de valores implica varias condiciones. Hace falta un acuerdo sobre la propia naturaleza del crecimiento que sea aceptado por las dos partes y sobre los instrumentos de medirlo. Los indicadores clásicos son en muchos casos inaceptables, empezando por el producto interior bruto (PIB), que es tan elevado como despilfarrado, por lo que hay que inventar nuevos indicadores capaces de medir el bienestar, la calidad de vida o la sostenibilidad del desarrollo, o sea, su respeto por el futuro y el medio ambiente

Hace falta también una fiscalidad adaptada a este desafío, que conjugue preocupación por la justicia social y la solidaridad, que valore el impacto de las actividades económicas sobre el medio ambiente, penalizando el derroche de recursos o la polución.

Se ha dicho que la crisis es la ocasión para reflexionar y preparar el terreno para un acercamiento de lo social y lo ecológico. Es necesario que a su paso no lo arrastre todo y que los daños sociales que comporta no adquieran una dimensión catastrófica al punto de que las preocupaciones ecologistas no acaben siendo irrisorias o no aptas para la situación.

Michel Wieviorka, sociólogo y profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París.