Lo peor es la espera

Seguramente, más de un lector habrá pasado por la experiencia de sentirse agobiado y desesperado cuando un familiar ha tenido que permanecer, por un tiempo largo, en una Unidad de Cuidados Intensivos. La espera en la sala reservada a los familiares se hace eterna y la vida casi se interrumpe sin que lleguemos a comprender lo que pasa y cuándo dejará de pasar lo que estamos viviendo. Cada vez que la puerta se abre, es para dar paso a un familiar o amigo que entra y formula la pregunta de rigor: “¿Cómo está hoy?”. La respuesta, también es la de siempre. “No sabemos nada distinto de lo que sabíamos ayer”. Otras veces, por la misma puerta asoma una bata blanca y dentro de ella el médico que trata al paciente:

-¿Qué se sabe de nuevo, doctor?

-Sigue estable; sin reaccionar, aunque nos ha parecido ver que, cuando le hemos hablado, ha movido una ceja. Tal vez eso indique algo. Puede ser que mejore, pero lo peor está por llegar. Seguimos probando y hemos hecho todo lo que se puede hacer. Solo cabe esperar.

Ese último verbo es el que deja parados e inutilizados a los familiares y amigos del enfermo. Esperar, esperar, esperar… ¿A qué? Cuando un equipo médico, después de haber ensayado todos los recursos clásicos, no encuentra explicación a lo que le ocurre a su paciente, ni encuentra que los tratamientos que, en casos como el que tienen entre manos, han sido los empleados sistemáticamente por la ciencia, no cabe duda de que se sitúan en la incertidumbre. Y cuando no se sabe qué hacer, lo mejor es probar, experimentar; arriesgarse a tomar otros caminos, porque los de antes ya no conducen a ningún sitio. Los familiares y amigos agradecerán que se haga lo que sea, bien para que el enfermo reaccione definitivamente, bien para que termine su sufrimiento. Al final, todos esperan que se acabe la espera y que si no hay ninguna solución, que se les diga claramente. Desean que en algún momento, la puerta se abra, entre el médico y pronuncie el diagnóstico final: “El enfermo murió”. Ya pueden abandonar la sala y reincorpórense a su vida normal, sabiendo que a partir de ahora su vida será otra, de una manera y distinta de la que llevaron hasta el momento en que empezaron a esperar”.

Así llevamos los españoles casi tres años; en la sala de espera, pendientes de las noticias respecto a la salud económica y financiera de nuestro país y de la sociedad que en él vive. Hubo un accidente en el 2007, provocado por quienes conducían nuestros destinos de una manera temeraria, y desde entonces, nuestros países se encuentran en estado de coma. Nosotros, los ciudadanos, esperando; los gobernantes, economistas, políticos, sociólogos diagnosticando y ensayando. “Parece que mejora; lo peor está por llegar; brotes verdes, mejoraremos en el segundo semestre del año que viene; crecemos pero no es irreversible la situación”.

Y así desde hace más de 30 meses. La pregunta que más se oye en la espera es: “¿Y usted cuánto cree que va a durar la crisis?”. Los más pesimistas apuntan un quinquenio; los más optimistas, cinco años. Casi todos esperan a que el enfermo vuelva a recuperar el brío y la energía que le mantuvo activo durante los últimos 30 años. Los más indolentes apuntan a la falta de credibilidad y de confianza que ofrece el equipo médico y el jefe del equipo; los menos viscerales apuntan al hecho de que otros enfermos similares, con otro equipo, han requerido auxilios especiales, y casi la extremaunción, a pesar de haber aplicado los tratamientos de choque que la ciencia recomendaba en esos casos. Tanto mejor sería si un día, el equipo médico habitual confesara que no saben qué hacer; que han hecho todo lo que le han recomendado, pero que el final se acerca y el enfermo se muere. Que no sigamos esperando, porque no hay ninguna solución. “Salgan de la sala y búsquense la vida de otra manera a como la vivieron antes del accidente”, sería el mejor mensaje para que volviéramos a vivir sin esperar.

¿Y cómo se vive de una forma diferente a como lo hemos hecho hasta ahora? La primera recomendación sería ponernos de acuerdo en revisar todos los conceptos que nos sirvieron de pauta en el caminar de las últimas tres décadas, empezando por el sistema educativo que se ha basado en los requerimientos de la sociedad industrial y en la cadena de montaje, con un fracaso del 30% en los niveles de media y universidad. Mientras se siga tratando al alumno con los criterios de la sociedad industrial, estaremos condenando a los estudiantes a formarse para demandar empleo en una sociedad que se está yendo y que ya no va a ofrecer las oportunidades en los nichos de empleo en que lo hacía hasta ahora. Algunos estudios señalan que el 50% de puestos de trabajo que se ofrecerán en los próximos cinco años, aún no han sido creados, todavía no se sabe cómo serán, pero no serán como los tradicionales. Como escribe el profesor Miguel Bagües en el informe de FEDEA sobre la Ley de Economía Sostenible, “España sufre una tasa horrible de fracaso escolar, no produce buenos técnicos profesionales intermedios y no tiene ni una sola universidad entre las 100 mejores del mundo según el conocido ranking de Shanghái. España sufre una economía maniatada que agradecerá con alegría las reformas que hagamos, de igual manera que las agradeció en 1959 (Plan de Estabilización), en 1977 (Pactos de La Moncloa), en 1983 (medidas del primer Gobierno de González), en 1986 (entrada en Europa), en 1993 (reformas tras la salida del SME) y en 1996 (consolidación fiscal del primer Gobierno de Aznar)”. La Universidad ya no puede seguir siendo el sitio donde se acumula y se transfiere la información, por la sencilla razón de que ha aparecido algo nuevo que invalida el papel de la universidad como transmisora de conocimientos. Me refiero a Internet. Con ese competidor, la Universidad debería ser el sitio donde el estudiante aprende a transformar en valor y en riqueza la información que adquiere a través de las nuevas tecnologías. Ya se sabe que las innovaciones tecnológicas generan perdedores y ganadores, pero también es sabido que nunca nadie fue capaz de parar el progreso y los avances científicos y tecnológicos.

Repensar todo; ese es el desafío; ahí es donde Gobierno, oposición y fuerzas sociales y económicas deberían echar el resto y jugarse su prestigio. No sabemos cómo salir de esta, luego no queda más remedio que ensayar nuevas fórmulas, pero nuevas de verdad y no viejas y rebajadas.

Gastar dinero apoyando lo que ya se ha demostrado un fracaso es prorrogar la agonía y dejar de emplear esos recursos allí donde reina la imaginación, el riesgo y la comprensión de lo que es esta nueva sociedad. ¿Se ha preocupado alguien de saber cuántos miles de jóvenes, de esos a los que despectivamente se llaman piratas, pasan 14 horas al día delante de un ordenador ideando iniciativas y proyectos que nadie osa siquiera conocer para entender? Quienes hayan visto la película La red social habrán comprendido las razones por las que, en EE UU, ese tipo de proyectos, que generan miles de millones de dólares, son apoyados por inversores privados que han entendido que ya no se puede seguir pensando en vivir como se hacía en el siglo XX y que apoyar la innovación es rentable si se cree en ella.

Juan Carlos Rodríguez Ibarra, ex presidente de la Junta de Extremadura.