Lo peor ya ha pasado

Lo peor pasó en la primera legislatura del mandato de Rodríguez Zapatero. Lo peor pasó mientras la clase económica, mediática, sindical y política del país le reía las gracias al presidente del cambio tranquilo. Lo peor pasó mientras los barones del Partido Socialista se las prometían muy felices en cada uno de los rincones de España, haciendo trizas todo el legado de la Transición.

Lo peor pasó mientras se rompían todos los acuerdos de Estado, mientras se cavaba una zanja que volvía a dibujar la imagen de las dos Españas. Lo peor pasó mientras se ponían en marcha reformas de la Constitución vestidas de nuevos Estatutos de Autonomía. Lo peor pasó mientras se rompía el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo y se le encomendaba a ETA la tarea de protagonizar la segunda Transición. Lo peor pasó cuando el Gobierno de España llevó al Parlamento Europeo el debate sobre la negociación con la banda terrorista y consiguió que esa institución legitimara a ETA como interlocutor político de un Gobierno de la Europa democrática.

Lo peor pasó durante la primera legislatura de Rodríguez Zapatero. En esos cuatro años se perpetró la ruptura de todos los puentes, de todos los lazos entre españoles. Lo peor pasó cuando nadie cuestionó -ni desde la política, ni desde los sectores económicos más influyentes ni desde los medios de comunicación- la decisión estratégica del jefe del Ejecutivo de impulsar (a la manera de Miterrand) el nacimiento de una nueva extrema derecha que rompiera el Partido Popular para que la derecha democrática española -la que ha gobernado y gobierna muchas instituciones en nuestro país- tardara mucho en volver a ganar unas elecciones.

Lo peor pasó sin que apenas nadie levantara la voz. Fue entre el 2004 y el 2008 cuando se escribió la historia más negra de esta época presidencialista del culto al personaje y a la baraka que hoy parece tocar a su fin.

Fueron esos los años en los que las leyes se hacían con el objetivo de romper cualquier tipo de consenso, cualquier acuerdo del pasado construido con el compromiso de no volver a enfrentar a los españoles. Fue esa la época en la que los pactos se trabaron entre los que no creen en España como nación ni como Estado y quien ostenta la titularidad del Gobierno de España. Fue en esa época en la que se teorizó el todo vale o el como sea para conseguir ganar una votación puntual u obtener una foto con cualquier mandatario (o deportista, o escritor, o lo que sea) que tuviera buena imagen.

Fue en esa legislatura en la que nos perdimos (y nos perdieron) el respeto. Ahí empezó la verdadera cuesta abajo para nuestro país. Ahí tiramos a la basura la mayor parte de lo logrado desde la muerte de Franco. Ahí negamos el valor de la Transición, de la Constitución, del reencuentro, de lo que nos une. Nada de todo lo importante quedó en pie después de esa etapa en la que todo se legisló para buscar la diferencia, para sumar al tren a unos pocos expulsando a la mayoría de los que viajábamos juntos.

Lo que hoy nos está pasando no es más que la consecuencia lógica de todo lo que hicimos para romper nuestra convivencia y nuestra fuerza como sociedad y como país. Es verdad que la crisis económica acelera la percepción de la catástrofe; pero la catástrofe ya estaba aquí cuando nuestras cifras económicas seguían aún dando positivo.

Y es que no es la economía lo que falla en España. Ese no es nuestro hecho diferencial, aunque sea lo que le va a hacer perder las elecciones al Partido Socialista. Aquí lo que falla, lo que está en crisis, es la política. La gran traición de Zapatero a la democracia es que, por adanismo, para negar al padre, de forma calculada y fría, jugando a ser el estadista que protagonizara la segunda Transición, ha liquidado la incipiente comunidad política española. Es verdad que Zapatero ha podido hacerlo porque España es una democracia imberbe, sin cuajo suficiente, sin vertebración civil, demasiado joven para organizarse ante los poderosos. Una sociedad que vivía muy por encima de sus posibilidades y prefería creer a quienes le daban cada día buenas noticias que a quienes alertaban sobre las graves consecuencias de romper nuestra comunidad democrática.

Lo que ocurrió en España durante esa primera legislatura hubiera resultado imposible en cualquier país serio. Nadie está a salvo de que llegue al poder un gobernante iluminado y sin escrúpulos, un salvador. Pero las democracias serias tienen contrapoderes que actúen en defensa del interés general cuando los responsables de defender los valores comunes pierden la cabeza. Piensen en Francia, en Alemania, en el Reino Unido, en EEUU… E imagínense que llega al Gobierno un tipo dispuesto a romper la tradición republicana, la unión en Alemania, el atlantismo, los principios de la Constitución norteamericana… Ni con mayorías absolutas en las cámaras le hubieran dejado hacerlo. Porque detrás de todos esos nombres propios hay ciudadanía, sentido de país, ambición de futuro.

sólo en las democracias débiles se sigue considerando meritorio la piratería y el aventurerismo. Sólo en un país como el nuestro los que cortan el bacalao, con tirantes o sin ellos, haciendo sesudos informes o sin hacerlos, con togas o con títulos honorarios, jubilados de lujo o nuevas y rutilantes estrellas, habrían callado ante tanta locura. Es verdad que mientras Zapatero rompía todo lo construido desde la Transición ellos ingresaban jugosos dividendos; y que una buena parte de todos esos protagonistas mudos sabían que vivíamos en una burbuja política que iba a estallar más bien pronto que tarde. Pero no les importó; el patriotismo requiere de patriotas. Y en España no los hay; no al menos entre los que tienen capacidad y poder para la toma de decisiones.

Lo peor ya ha pasado. El choque que abrió la vía de agua en nuestro entramado institucional, en nuestra joven convivencia, se produjo entre el 2004 y el 2008; pero el capitán que tomó las decisiones que nos hicieron naufragar fue revalidado al mando. Curiosa -y tristemente- será expulsado del mando (o se irá, vaya usted a saber si finalmente es así de cobarde y lo abandona queriendo salvarse él solo) no por haberlo chocado contra el iceberg y hundir la nave, sino por no haber ahogado a la mitad de los viajeros al hacerlo; a esa mitad a la que ha conseguido que odie la otra mitad.

Es verdad que hay pasajeros que no sienten odio, que se sienten apátridas en ese barco construido desde el sectarismo. Pero casi irremediablemente se hundirán con el barco. Hay algunos botes salvavidas en buen uso, sí; oficiales no contaminados empiezan a surgir de entre la tropa y entre tanto grito de socorro se empiezan a escuchar voces que ofrecen soluciones y dan esperanza. Pero no sé si se organizarán a tiempo de salvar algo de lo que queda.

Lo peor es que nadie le va a juzgar por lo peor de lo que ha hecho. Ni siquiera tenemos el consuelo de la justicia poética; porque España no es como EEUU, donde los mafiosos terminaban en la cárcel aunque fuera por no pagar impuestos. Aquí se van, políticamente hablando, de rositas. Y mientras no tengamos conciencia de ello siempre estaremos en riesgo de que la historia se repita.

Quizá lo peor no ha pasado.

Rosa Díez González, diputada nacional y portavoz de UPyD.

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