Lo posible imposible

Stanley G. Payne, el analista extranjero más ecuánime, profundo y sensible de la moderna historia española, dijo en los cursos de El Escorial, va ya para diez años, algo que me produjo tal escalofrío que todavía conservo el recorte de periódico que lo recogía: «Tal vez España estaría mejor sin Cataluña y el País Vasco. Pero sé que es imposible.» Bueno, pues parece que ya es posible. Al menos, los independentistas vascos y catalanes lanzan al aire su propósito como un desafío, con el apoyo suficiente de su sociedad para hacerlo creíble.

Lo primero que se le ocurre a uno es que, si el Estado de las Autonomías fue creado precisamente para evitar que tal hecho se produjera, ha sido un fracaso total. Lo segundo, si estamos ante una de esas erupciones esporádicas de nuestros nacionalismos internos o bien se trata de un fenómeno de hondas raíces y largas consecuencias. El que coincida con la gravísima crisis económica que atravesamos inclina a pensar lo primero. A fin de c uentas, e st os brot e s naci onali st as s uel e n coincidir con los momentos de agobio, en los que se oye, como en los barcos que se hunden, el grito de «¡sálvese quién pueda!». Pero hay también síntomas de que estamos ante algo más que una de esas muestras de entusiasmo colectivo del nacionalismo romántico, que le hace parecerse a la borrachera de un pueblo. Por ejemplo, la que hoy agita a las multitudes catalanas y vascas –sobre todo a las primeras, pues a las segundas las refrena el pasado criminal de ETA (ojo, a la que todavía no han condenado)–, haciéndoles olvidar algo tan importante como los daños materiales que puede causarles. O que van contra la corriente de la historia, al caminar el mundo hacia los grandes bloques supranacionales, en vez de hacia Estados cada vez más pequeños. Factor nada despreciable, pues sabido es que quien va contra la historia suele ser arrollado por ella. No importa. Los nacionalistas vascos y catalanes están decididos a crear su propio Estado, no satisfechos con el rango de nacionalidad, sucedáneo de nación, que se les ha otorgado. ¿O es la concesión del mismo título al resto de las comunidades españolas lo que no aguantan? Habría que preguntárselo a un psicólogo de masas.

Tiene también que haber influido el fracaso de su régimen autonómico. Euskadi todavía mantiene su rango gracias a los privilegios de su régimen fiscal, pero ni siquiera así consigue despegar. Mientras que a Cataluña treinta años de gobernanza nacionalista la han llevado a la mayor deuda de las CC.AA. y a tener que pedir ayuda al Gobierno central para poder pagar las nóminas del próximo mes. Una vergüenza para ellos y una advertencia para la ciudadanía de lo que le espera si un día se encargan de todos los asuntos de Estado.

¿Es lo que Mas intenta tapar con su huida hacia delante? No lo descarto, pues estamos llegando a lo que puede ser el meollo de esta nueva explosión nacionalista, que la hace distinta a todas las anteriores. Hace un siglo, la diferencia entre Cataluña y el resto de España era enorme. Económica, comercial, cultural y socialmente, como ocurría al País Vasco. De ahí que uno de los fenómenos más importantes de la reciente historia española haya sido la emigración interna desde el resto de las regiones hacia aquellas dos. Allí era donde había trabajo, posibilidad de ascenso social y de sacar adelante una familia, en vez de depender de las miserias de un campo en pocas manos. Hacia allí se dirigían también el ahorro español y las inversiones tanto estatales como extranjeras. Nada de extraño que ambas comunidades floreciesen y se distanciaran del resto.

Pero a partir de la Transición ha ocurrido una cosa tan extraña como nueva: Cataluña y el País Vasco concentraron sus medios y esfuerzos en lograr su Estado propio, mientras el resto de las comunidades españolas, ayudadas por los fondos de cohesión europeos y la solidaridad interterritorial, se dedicaban a desarrollar su capacidad productiva en el grado que les permitían sus estructuras políticas y su liderato político, pues ha habido comunidades, todo hay que decirlo, que se limitaron a crear un clientelismo político subvencionado, como Andalucía, que la mantienen en la cola del desarrollo europeo y en la cabeza del paro. Pero el resto ha prosperado en mayor o menor grado y, hoy, la diferencia de Cataluña y el País Vasco con Madrid, Baleares o Valencia es mínima, cuando no favorable a estas. ¿Es lo que ha desencadenado el vendaval independentista en aquellas? ¿El encontrarse con que ya no son las más ricas, las más avanzadas, las más admiradas de todas las comunidades españolas? Porque no me negarán que hay un complejo de Cristiano Ronaldo en ellas, que les hace estar, no ya tristes, sino cabreadas. ¿Es eso lo que las empuja a separarse, al ir nuestro vicio nacional, la envidia, tanto hacia arriba como hacia abajo? Pues lo más chusco de todo es que, desde la Transición, España se ha «catalanizado», y Cataluña, «españolizado», en el sentido más elemental de esas palabras.

Lo malo es que ante este tipo de sentimientos no sirven las razones. Ni siquiera el hacerles ver que solos estarían peor que en España y que no les conviene obsesionarse con que otras regiones sepan hacer también las cosas. A fin de cuentas, les vendría muy bien para venderles sus productos, algo que puede que no hagan si se van.

Ya sé que el victimismo exagerado, las mentiras históricas, las quejas continuas, la altanería indisimulada de esos nacionalitas nos empujan a decirles: «Pues idos de una vez y allá os las arregléis, que ya nos la arreglaremos sin vosotros». Pero hay tres razones que lo impiden:

—La primera, que la secesión, aparte de costosísima, iba a ser traumática para todos, tras siglos de vida en común, compartiendo alegrías y desgracias, muchas veces en el propio círculo familiar.

—Porque la historia nos advierte de que destruir un Estado es relativamente fácil. Pero construir otros con los despojos es muy difícil, hasta el punto de que algunos de ellos ni siquiera han logrado cuajar.

—Y lo más importante: porque tanto en Cataluña como en el País Vasco quedarían muchos que se sienten españoles y desean seguir siéndolo. No podemos por comodidad abandonarlos a merced de un régimen cuya principal característica, al menos hasta ahora, ha sido su odio a España. Así que tenemos que hacer todos los esfuerzos y sacrificios posibles para que tal fractura no se produzca.

Puede que fuese en lo que pensaba Stanley G. Payne cuando decía que tal vez España estuviese mejor sin Cataluña y el País Vasco, pero que eso era imposible.

José María Carrascal, periodista.

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