Lo que Colombia necesita de Iván Duque

Iván Duque, el candidato presidencial del partido Centro Democrático de Colombia, en una conferencia en Bogotá el 11 de marzo de 2018 Credit Reuters
Iván Duque, el candidato presidencial del partido Centro Democrático de Colombia, en una conferencia en Bogotá el 11 de marzo de 2018 Credit Reuters

El uribismo encontró en Iván Duque una cara presentable para representar al partido Centro Democrático en las elecciones presidenciales, cuya primera vuelta será el 27 de mayo. Evitó así el error de 2014, cuando enfrentó al presidente Juan Manuel Santos con Óscar Iván Zuluaga, una figura sin escrúpulos y de ideas reaccionarias.

Duque es un rostro joven, con dominio de la retórica, propuestas objetivas y un tono moderado. A diferencia del expresidente Álvaro Uribe, su padrino político, el abogado de 41 años no es bocón ni políticamente incorrecto.

En diciembre de 2017, Iván Duque arrancó con apenas el 9,2 por ciento de la intención de voto. En marzo, la derecha unió sus tres precandidaturas en una sola. La estrategia era sacar ventaja de los malestares y temores de los votantes colombianos: la popularidad de Juan Manuel Santos es del 14 por ciento y sectores amplios de la población todavía desaprueban la implementación del defectuoso acuerdo de paz con las Farc, y temen que el candidato de izquierda y exguerrillero del M-19, Gustavo Petro, pudiera “transformar a Colombia en Venezuela”.

Aparte de la bendición de Uribe, líder del Centro Democrático, Duque cuenta con el apoyo del expresidente conservador Andrés Pastrana. La elección de su compañera de fórmula también ha sido inteligente. Marta Lucía Ramírez —exministra de Defensa de Uribe y exministra de Comercio Exterior de Pastrana— es más conocida que él en muchas partes del país.

Todo esto se ha convertido en un viento de cola que ha dado a la candidatura de Duque un empuje tremendo. Según la encuesta Invamer más reciente, Duque tiene el 45,9 por ciento de las intenciones de voto. Nada mal para un candidato joven, nacido en Bogotá y formado entre la élite capitalina como abogado, con maestrías en finanzas, administración y derecho internacional en las universidades de Georgetown y Harvard. Con ello, puede incluso soñar con una victoria en la primera vuelta, si llega a superar 50 por ciento de los votos.

Pero la pregunta persiste: ¿será Iván Duque una buena apuesta para Colombia en este momento? En ciertos aspectos, lo es. Su crítica al acuerdo de paz —a su juicio, muy permisivo— refleja lo que piensa la mayoría de los colombianos. También son atractivos su afán por diversificar la economía y su postura en contra de las reelecciones.

En 2016, durante la polarizada campaña del plebiscito para la aprobación del acuerdo de paz al que el Estado había llegado con las Farc, Duque fue de los pocos que defendía el “No” con argumentos sólidos, mientras que Uribe lo ametrallaba con sus hostiles trinos en Twitter.

Entrevisté a Duque en esa época. Me esperaba en su despacho del senado con el voluminoso acuerdo de paz sobre la mesa en el que había marcado todas las contradicciones del texto y los puntos con los que no concordaba.

Su modo de hablar era tan envolvente que salí del Congreso convencida de que el no tenía que ganar. Solo después de caminar algunas cuadras por la Carrera Séptima de Bogotá fui recuperando mis ideas, a favor del acuerdo. Me di cuenta, sin embargo, de que había conversado con un político con una gran capacidad de persuasión.

Pero hay otra cara del político en la que se pueden apreciar mejor los puntos débiles de su candidatura. Duque se define como un “extremista de centro”, lo que parece un truco calcado de la estrategia de Emmanuel Macron en Francia. Aunque él quiera aferrarse a esa etiqueta, sigue rodeado de la derecha colombiana más tradicional. De hecho, su posición en las encuestas se disparó cuando fue respaldado por reaccionarios conservadores —que van desde el exfiscal general Alejandro Ordoñez, líderes cristianos y católicos que vinculan a Santos con el comunismo ateo, hasta los uribistas— adversos a la sociedad liberal en la que Colombia se transformó desde de la Constitución de 1991.

Duque ganó celebridad con la campaña de no a la paz cuando dio un discurso de mano dura sobre la seguridad y al llamar a sus opositores “castrochavistas”. Esto es, Duque es un derechista moderado, pero es un derechista al fin.

Si es elegido, Colombia podría tener un retroceso en su legislación de derechos civiles, de género, de aborto y, claro está, en el incipiente y necesario debate sobre la legalización de drogas iniciado por el presidente Santos.

Si quiere de verdad ser reconocido como centrista, debe ampliar su discurso para incluir en su agenda temas cruciales para la centroizquierda y la izquierda, ofrecer propuestas también para asuntos críticos como la explotación de los recursos naturales (minería y petróleo), que son conflictivos en Colombia. Y, principalmente, no dar vuelta atrás en los avances en los derechos civiles conquistados en los últimos años, como la aprobación del matrimonio igualitario. Tampoco debería descuidar temas que le importan a la clase media, como la corrupción y la degradación del sistema de salud.

Sus planteamientos sobre los problemas del mundo rural, origen usual de los conflictos de Colombia, son polémicos. Duque propone que la sustitución de cultivos de coca sea obligatoria y no voluntaria, como ahora. Esto iría acompañado del retorno de las fumigaciones aéreas para erradicar los cultivos de coca existentes, algo que Santos prohibió por las enfermedades que causa. Esto, sumado a ajustes en el acuerdo de paz que pueden disgustar a las Farc, y la promesa de mano dura para resolver las atropelladas negociaciones con el Ejército de Liberación Nacional (ELN), puede volver a generar la ingobernabilidad del campo.

pesar de su éxito en la arena política capitalina, su preparación académica y buenos modales que agradan afuera de Colombia, Duque todavía debe demostrar si puede fomentar un buen diálogo en una sociedad polarizada. No sabemos si sabe conversar con el ciudadano común con la misma desenvoltura que en un pánel de académicos de Washington. Santos también tenía esas cualidades de hombre de la élite bogotana, pero al desembarcar en un poblado amazónico enseguida era obvia su falta de empatía. En este punto, Uribe, un caudillo carismático de derechas, todavía no tiene rival.

Puede que Duque sea demasiado joven para un cargo que demanda altas dosis de inteligencia y maña política, sin contar que, si gana, le deberá mucho a los veteranos de la derecha reaccionaria.

Pero, desde una perspectiva latinoamericana, donde la crisis venezolana es una emergencia geopolítica para toda la región, puede ser positivo que Colombia tenga un presidente como Duque.

Con Nicolás Maduro amenazando radicalizar su dictadura, es mejor que Bogotá ejerza un firme contrapeso a Caracas. La región no necesita ahora un vecino complaciente con los abusos del gobierno chavista y Gustavo Petro, candidato del movimiento Colombia Humana, nunca ha negado afinidades ideológicas con su “revolución bolivariana” y ha tardado demasiado en calificar a Maduro como dictador.

Para avanzar hacia una mejor Colombia mañana, Duque debería tener como prioridad dejar atrás la polarización de los últimos ocho años. Esto lo llevará forzosamente a independizarse de Uribe, quien ya causó una división muy dañina al país peleando contra su delfín Juan Manuel Santos. El candidato presidencial de Centro Democrático cuenta con los recursos para hacerlo y la habilidad para dialogar en un tono moderado.

Debe mejorar los acuerdos de paz, pero no destruirlos, para que la tensión en la Colombia rural no aumente. Tiene que ayudar a resolver las preocupaciones de la clase media y de la centroizquierda. Y si también logra ayudar a resolver la agonía de los venezolanos, será reconocido en toda la región. Para ser el líder que Colombia necesita, debe llevar en serio esa búsqueda por el centro democrático.

Sylvia Colombo es corresponsal en América Latina del diario Folha de São Paulo y vive en Buenos Aires.

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