Lo que falta en la agenda económica de Barcelona

Por Gabriel Tortella, catedrático de Historia Económica en la Universidad de Alcalá (EL PAÍS, 06/10/04):

Un grupo de distinguidos economistas se reunió en Barcelona a finales de septiembre con motivo de la clausura del Fórum y redactó un documento titulado Agenda del Desarrollo, quizá con el propósito de que sirva de alternativa al conocido Acuerdo de Washington de hace más de una década, que ofrecía un esquema de recomendaciones para las políticas económicas de los países en desarrollo. El Acuerdo de Washington se caracterizaba por ser extremadamente ortodoxo en sus recetas, haciendo hincapié en la estabilidad monetaria, el equilibrio presupuestario, el cumplimiento estricto de los compromisos internacionales, el librecambio comercial, la supresión de trabas al movimiento internacional de capitales, etcétera. La Agenda de Barcelona intenta matizar las aristas del acuerdo sin atacar frontalmente sus supuestos básicos. Es decir, establece que "el respeto al imperio de la ley y los derechos de propiedad" y la "economía de mercado" son las "estrategias de desarrollo con mayor éxito"; ahora bien, dentro de los derechos de propiedad incluye "los privados y los colectivos", y dentro de la economía de mercado pide un "equilibrio entre el mercado y el Estado".

En líneas generales, el documento de Barcelona está, simplificando mucho, un poco a la izquierda del de Washington. Propone una mayor intervención del Estado, una mayor latitud en la política fiscal, una mayor intervención de los países en desarrollo en el diseño de las políticas financieras internacionales, una rebaja en el proteccionismo de los países desarrollados, un mayor estímulo a las migraciones internacionales, e incluso menciona, muy breve y vagamente, los peligros de la agresión al medio ambiente que el desarrollo conlleva y afirma la necesidad de hacer algo, sin especificar nada. En total, como sería de esperar del prestigio de los firmantes, es un documento sensato y su propósito es laudable. Pero adolece de un grave defecto: omite referirse a varios problemas estructurales básicos del desarrollo económico, problemas que, por escapar en parte del ámbito estricto de la política económica convencional, y por ser frecuente objeto de controversia científica y política, son a menudo orillados por los economistas: se trata de cuestiones tales como la educación, la igualdad de los sexos y el crecimiento demográfico en los países en desarrollo. Son éstas cuestiones que no son fácilmente susceptibles de sujeción a los instrumentos clásicos de la política económica, cuestiones que en muchas ocasiones se relacionan con tabúes culturales o religiosos, y cuestiones de las que tampoco se ocupaba el Acuerdo de Washington; pero son temas que plantean problemas de fondo, que vician la aplicabilidad de los instrumentos económicos ortodoxos y que afectan por tanto a la validez de los supuestos sobre los que se basan las recomendaciones que hace la agenda; en mi opinión, una de las principales razones por las que el Acuerdo de Washington no ha tenido todo el éxito que fuera de desear es el haber soslayado tales obstáculos estructurales; ignorarlos y concentrarse en las medidas convencionales equivale a no ver el bosque porque lo ocultan las hojas y, por tanto, viciar la efectividad de las medidas propuestas.

El problema del crecimiento demográfico está en la raíz de los obstáculos al desarrollo económico. Es un dato elemental de historia económica que el crecimiento de la población mundial durante el siglo XX fue explosivo y sin precedentes históricos. A pesar de que la población europea creció relativamente poco, la población mundial casi se cuadruplicó en la centuria; en ningún siglo anterior había la población mundial llegado ni siquiera a duplicarse. Ya los mejores economistas de la primera mitad del siglo XX (como Keynes) estaban alarmados ante el inusitado crecimiento demográfico, que consideraban causa de las guerras. Lo que no sabían es que en la segunda mitad el crecimiento sería mucho mayor. Y otra dificultad que ya advertía el propio Keynes es que, cuanto más pobres son los países, mayor es el crecimiento de su población. Por eso nos encontramos con el pavoroso problema de las migraciones internacionales, cuyo volumen actual tampoco tiene precedentes históricos, y que plantea graves cuestiones (ilegalidad, inadaptación, explotación) a las que los autores de la agenda no hacen suficiente referencia. Sin olvidar que, si bien la inmigración puede resolver una serie de asuntos a corto plazo en los países desarrollados (como la escasez de mano de obra y las pensiones), no basta para resolver las derivadas de la sobrepoblación en los países en desarrollo.

Los tres problemas estructurales (sobrepoblación, ignorancia, discriminación) están íntimamente entrelazados en un típico "círculo vicioso de la pobreza". Sabemos hace ya mucho tiempo que los planes de ayuda al desarrollo por medio de transferencias fracasan por los bajos niveles de capital humano en los países receptores. Esta escasez de capital humano se debe a los bajos niveles de inversión educativa básica, lo que en gran parte se debe a la falta de ahorro, consecuencia de la pobreza, y a la falta de demanda de educación, que se deriva de la pobreza y de la incultura. A su vez pobreza e incultura son debidas al fuerte crecimiento demográfico, que mantiene a las familias en la miseria, incapaces de educar a sus hijos y en muchos casos de alimentarlos debidamente.

¿Por qué es tan fuerte el aumento de la población en el siglo XX y albores del XXI, especialmente en los países pobres? Porque los avances de la medicina han permitido rebajar muy considerablemente la mortalidad infantil incluso en los países en vías de desarrollo, mientras que la pervivencia de pautas de conducta ancestrales ha mantenido la natalidad a niveles tan altos como en el pasado. Esto ha ocurrido de manera diferente en los países desarrollados, donde la caída de la mortalidad ha ido acompañada de una caída similar de la natalidad, llegando a producir en algunos casos estancamiento e incluso retroceso demográfico. La persistencia de las prácticas y mentalidades ancestrales en muchos países en vías de desarrollo se debe, a su vez, al estancamiento económico y cultural, en especial a la discriminación sexual que mantiene a las mujeres subyugadas y alejadas de la escuela. Es de conocimiento ge-neral que las mujeres escolarizadas tienen menos hijos y los cuidan y educan mejor, mientras que las ignorantes tienen más hijos y transmiten las conductas y valores ancestrales. Esta serie de círculos viciosos es muy difícil de romper simplemente con medidas financieras y comerciales.

Se objetará que el crecimiento demográfico mundial se está desacelerando, como reflejan las últimas publicaciones de las Naciones Unidas. Por desgracia, a un automovilista que se estrella contra una pared le beneficia muy poco haber frenado en los últimos metros y estamparse a 130 kilómetros por hora en vez de a 150. El golpe es mortal en cualquier caso. Y es de escaso consuelo saber que gran parte de la desaceleración demográfica se debe a los avances del sida, especialmente en África.

La historia económica también muestra que Europa, cuna de la revolución industrial y del crecimiento económico moderno, tiene desde tiempo inmemorial bajas tasas de crecimiento demográfico, y es bien sabido que el crecimiento moderado de la población permitió a los europeos romper más fácilmente los círculos viciosos de la pobreza y la ignorancia. La excepción a este principio de correlación entre baja natalidad y alto crecimiento son los países de nueva colonización, como Estados Unidos, Canadá, Australia o Nueva Zelanda, que iniciaron su desarrollo con bajísima densidad de población y crecieron colonizando territorios prácticamente vírgenes. Se trata de casos excepcionales e irrepetibles.

Los problemas estructurales están ahí, y son muy poco sensibles a las políticas económicas convencionales; la eficacia de éstas, en cambio, se ve muy afectada por la existencia de los problemas estructurales. Si no hacemos frente a éstos, estaremos aplicando paños calientes a heridas profundas y malignas.