Lo que la verdad esconde

Decía Hannah Arendt que la voluntad de comprensión, esa que lleva a investigar y soportar la carga que nuestro tiempo ha puesto sobre nuestros hombros sin negar su existencia ni derrumbarse bajo su peso, resultaba a la postre «el modo específicamente humano de estar vivo». Y justamente sobre la posibilidad de desarrollar tal facultad comprensiva -que es al cabo la que nos permite emitir juicios- fundaba la pensadora judeo-alemana la grandeza de la república frente a los regímenes no democráticos.

Pues bien, es precisamente ese afán de comprensión tan arendtiano lo que nos representa de manera dramática el laureado documental Inside job de Charles Ferguson. Sus 120 minutos de duración en los que Ferguson nos ofrece un retrato integral de la peor crisis financiera mundial desde la Gran Depresión, tan inexplicada como inexplicable, dejan a cualquier espectador en un estado de shock comprensivo ante el cúmulo de evidencias y declaraciones que el film va destilando ante una pantalla convertida en la pared sombría de la caverna de Platón.

A todo ello contribuye sin duda el elenco que conforma el dramatis personae de los diversos personajes que aparecen entrevistados: desde Strauss-Kahn a Christine LaGarde, pasando por los profesores Feldstein, Rogoff y Roubini, ejecutivos de Citigroup y Moody’s, especuladores como Soros, diversos cargos de la Administración americana así como coaches, terapeutas y prostitutas que tuvieron contacto con los núcleos directivos de Lehman Brothers, Merrill Lynch, Bearn Stearns, Goldman Sachs et alii mientras se hundían para siempre los fundamentos últimos de nuestra creencia en un sistema financiero prudente, orientado al cliente y basado en un mínimo moral.

Y entre varias otras cosas y lecturas a cada cual más interesante, la cinta nos presenta un materia imprescindible para comprender qué antropología subyacía en los agentes causales de la Crisis y cuáles fueron las condiciones que hicieron posible conductas tan hondamente criminales por parte de varios Ceos del mundo financiero con la connivencia política.

Así y en primer lugar, se observa a lo largo de la obra cómo hay una correlación directa entre la disminución progresiva de los mecanismos regulatorios de la actividad financiera iniciada hace treinta años -en virtud de la ideología neoliberal imperante- y la creciente anomia moral de las elites directivas de la banca de inversión, como se venía insinuando en las anteriores crisis financieras de los 80 y principios del 2000.

En términos de Freud, podíamos explicarlo como que el aflojamiento del «súper-yo»; en este caso la coerción externa sobre el entramado financiero que imperaba tras la experiencia traumática de 1929 con la creación de la SEC ha dado rienda suelta al desbordamiento de impulsos primitivos del «yo» bien perniciosos, como hemos tenido la triste ocasión de padecer. Como si la conciencia moral primaria de dichas elites no hubiera sido en última instancia otra cosa que mera «angustia social» y nada más que eso. Lo cual resulta insuficiente cuando lo «social», en este caso la SEC y la agencias calificadoras dejan de cumplir su misión fiscalizadora en maridaje con el poder político. Se cumple así, letra a letra, aquel corolario que un Freud desolado al hilo de la Gran Guerra, escribe en 1915: «Allí donde la comunidad se abstiene de todo reproche cesa también la yugulación de los impulsos perversos y los hombres cometen actos de crueldad, malicia, traición y brutalidad cuya posibilidad se hubiera creído incompatible con su nivel cultural». Cuando la triple AAA significa cualquier cosa -bonos basura incluidos-, el desbordamiento de la aguas apresadas del yo está servido. Y ya Pascal nos había prevenido respecto de él sentenciando mucho antes que el médico austriaco: «El yo es odioso».

Desinhibidos los impulsos primitivos de los directivos de Wall Street, ¿a dónde se dirigen entonces sus pulsiones libidinosas de un yo incapaz ya en su ceguera moral de consideraciones altruistas o meramente responsables? Pues precisamente al objeto con que opera la banca: el dinero, como si la codicia fuese el perpetuum mobile que buscase placer en la posesión siempre infinita de la mayor parte del todo. Por eso podían darse salarios de 485 millones de dólares y bonos de 131 millones, o las cifras de retribución e incentivos que se manejaban en nuestro propio sector bancario.

Ahora bien, la codicia plantea un problema de ambivalencia: todo lo que tiene de pulsión del Eros lo tiene en su envés de pulsión de Tánatos o de muerte pues nunca se verá saciada. Por eso, cabe entender con nitidez el matiz sádico que comportaba: siendo el dinero finito, lo detraído a otros (clientes inclusive) causaría más pronto que tarde 50 millones de empleos perdidos a escala mundial y unos costes cifrados en 20 billones de dólares sólo en Estados Unidos. Y todas sus propiedades acumuladas que desfilan por la película -solamente Lehmann Brothers tenía 60 aviones privados- no resultan, en su desmesura, otra cosa que el símbolo del gran terror a la muerte. La dialéctica irreversible que conduciría antes o después a la quiebra del sistema y de sus propias organizaciones vendría a significar el impulso de auto-destrucción que Freud adivinó al socaire del sadismo.

En segundo lugar, esta psicología del «señorito insatisfecho» de la que hablaba Ortega en su concepto de «hombre-masa» y que la película exhibe -algún día habrá que meditar seriamente cómo las masas en el preciso sentido orteguiano se han hecho con el poder en las empresas y especialmente en la banca de un tiempo a esta parte-, lleva en su vivir instantáneo y eternamente presente la necesidad compulsiva de cada vez nuevas experiencias de vértigo. Las adicciones están, pues, servidas, y más aquellas que ayudan a silenciar los ecos lejanos de una conciencia moral exangüe. Por eso, se entiende muy bien algo que Ferguson destaca una y otra vez en la película: el alto consumo de cocaína entre las elites de Wall Street (y en nuestros entornos organizacionales, añado yo), íntimamente ligado a la necesidad de unos ingresos elevados, como fenómeno de reacción y compensación.

Ahora bien, el carácter adictivo de dicha droga proporciona una compensación inmediata pero supone una auto-agresión con efectos destructivos a medio plazo, además de poner en tela de juico el sereno equilibrio necesario para la toma de decisiones directivas y financieras. Todo ello se anuda congruentemente con otro matiz muy relevante que Ferguson trae a colación: el recurso compulsivo a la prostitución de lujo (1600 $/hora), donde una vez más la pulsión sexual adictiva revela una angustia existencial cuanto menos poco compatible con la prudencia e higiene mental directivas. No es aventurado decir que tales formas de huída y alivio de la realidad van íntimamente unidos a la pérdida de sentido de la economía y productos financieros, a su desconexión con el estado real de cosas y, por lo tanto, al carácter delirante de la naturaleza de la crisis causada.

Hay un pasaje en el film que resume la quiebra antropológica -que siempre comporta una bancarrota moral- a la que nos referimos. La refiere el presidente del FMI, tras una cena con la FED, la Administración y los mayores bancos del país. En un momento de la sobremesa, espeta un banquero con la aquiescencia del resto de sus colegas: «Todos aquí sabemos que lo que ha ocurrido se debe a nuestra codicia pero la culpa no es nuestra, la culpa es vuestra por no regular Wall Street. La codicia es un sentimiento humano y ustedes deberían haberla puesto freno». La negación y transferencia de la culpa por un lado y la revelación de las pulsiones primitivas más negativas remite directamente, por una parte, a la estulticia moral y, por otra, a formas psicopáticas muy graves. Si bien se mira, ha resultado muy elevado el precio de nuestro querer comprender el sustrato humano de los agentes de la Crisis.

Y ya que con rigor histórico se puede afirmar que nunca tan pocos hicieron tanto daño a tantos en este Armagedón forjado, en primera instancia, en Wall Street para ser después imitado por el sistema financiero europeo, cabe muy bien aplicarles aquella sentencia del propio Freud cuando asistía contristado al encanallamiento de las elites europeas: «En realidad, tales hombres no han caído tan bajo como temíamos, porque tampoco se habían elevado tanto como nos figurábamos». Y, de paso, entre todos quitar el reconocimiento social al mundo financiero, incluido el nuestro. Son los pequeños beneficios del comprender, esto es, de sentirnos todavía vivos.

Por Ignacio García de Leániz Caprile, profesor de Recursos Humanos de la Universidad de Alcalá de Henares .

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