Lo que mal comienza mal acaba

Por Juan-José López Burniol, notario (EL PERIÓDICO, 11/01/07):

Uno de los días posteriores a la ejecución de Sadam Hussein, leí que los desastres actuales en aquella parte del mundo pueden aún encuadrarse dentro del proceso de reparto de zonas de influencia abierto tras la disolución del Imperio Otomano. Pensé entonces en un libro —La reina del desierto, de Janet Wallach–, que narra la vida de Gertrude Bell. Nació esta en 1868. Su abuelo fundó Bell Brothers, una compañía que poseía minas y fábricas de acero. En 1870, concentraba las más importantes fundiciones de Inglaterra. Dado que el poderío de Gran Bretaña se basaba en su armada, su comercio, su carbón y su hierro, pocas familias contribuyeron más a él que la familia Bell.
En este marco, y a diferencia de otras jóvenes victorianas de su clase, las ambiciones de Gertrude fueron mucho más allá del ámbito doméstico. Asistió a la universidad y viajó mucho, pero no tuvo en ningún momento el deseo de volver a casa. Su universo fue el Oriente: Arabia, Egipto, Siria y, sobre todo, Irak, en cuya historia dejaría su huella. Estaba preparada para esta tarea, ya que sabía leer y escribir el árabe con fluidez, había viajado mucho por aquellas tierras y conocía a muchos de sus personajes prominentes.

DURANTE la guerra europea, Gertrude –que trabajó en la inteligencia británica– fue una fuente fiable de la mejor información: los ojos, los oídos, los labios y las manos de Gran Bretaña para observar, escuchar, hablar y tantear a los árabes de Irak. Su misión era convencer a las tribus para que colaborasen con los británicos. Coincidió varias veces con Lawrence de Arabia. Éste escribió –en un informe remitido a El Cairo– que “Irak era un territorio de ineptos”, excepto sir Percy Cox –“que es encantador”– y la señorita Bell, a la que consideraba de primera categoría, especificando que “debido a su sexo y a la energía y total ausencia de timidez que demuestra, posee la rara habilidad de conseguir de los funcionarios públicos lo que les pide”. En realidad, actuó como intermediaria entre los británicos y los árabes, que confiaban en ella.
Gertrude era una imperialista convencida que consideraba la preeminencia de Gran Bretaña un hecho noble e inevitable: los británicos habían nacido para ocuparse de gentes menos afortunadas, gracias a su comercio, su valentía y una clara conciencia de su superioridad. Pero también captó muy pronto que “el islam es el lazo de unión entre la parte occidental y oriental del continente –Asia–, una especie de corriente eléctrica que transmite los sentimientos, y cuya potencia se ve incrementada porque poco o casi ningún sentido de nacionalidad territorial compensa este fenómeno. Un turco o un persa no piensan ni hablan de su país en la forma en que piensan o hablan un inglés o un francés; su patriotismo se limita a la ciudad en la que ha nacido o, como mucho, a la región en que se encuentra esta ciudad”. Por eso señalaba el error de tratar a Mesopotamia como si fuera una unidad aislada cuando, en realidad, es parte de Arabia, por lo que su política está relacionada de forma indisoluble con la cuestión árabe.
En marzo de 1917, cuando la caballería británica hizo su entrada en Bagdad, encontró allí tan sólo a 200.000 personas, en su mayoría musulmanes sunís y judíos. Gertrude –que había llegado inmediatamente después– comenzó su trabajo, como secretaria para Oriente, con el objetivo de proceder “al acopio y clasificación de información”, analizar las estrategias y el poder de los jefes locales, valorar sus lazos con los turcos y su lealtad a los británicos. A las dos semanas de su llegada, Gertrude ya trazaba las fronteras de un Estado de nuevo cuño –Irak–, que nunca había existido antes, ni como entidad política, ni como unidad administrativa, ni como Estado independiente. Creaba un país, inventaba su forma y decidía su composición, quién lo dirigiría y como se gobernaría, quién ostentaría derecho a su ciudadanía, qué leyes y qué instituciones tendría. Como imperialista y orientalista a la vez, Gertrude estaba creando un activo para Inglaterra y construyendo una entidad para los árabes. “A veces me siento como el Creador”, escribió a comienzos de diciembre de 1918. “Inglaterra se está adueñando de los campos de petróleo del mundo”, tronaba Henry Cabot Lodge, el patricio senador por Massachusetts.

EN LA conferencia de Paz de París –a la que asistió formando parte de la delegación británica–, Gertrude apostó al fin por la tesis de un jefe de Estado árabe para Irak, un país creado a partir de tres vilayets otomanos totalmente diferenciados –Basora, Bagdad y Mosul–, con poblaciones de sunís, chiís, judíos, cristianos y kurdos, todos ellos con intereses distintos. Las dificultades eran tantas, que Gertrude escribió: “Hemos cometido un enorme error aquí. (…) Hemos subestimado el hecho de que este país es, en realidad, una masa informe de tribus que hasta ahora no se han podido integrar en sistema alguno”. No obstante, el 12 de marzo de 1921 se inauguró la Conferencia de El Cairo, convocada y presidida por Winston Churchill, en la que participaron Gertrude y Lawrence. Tras ella, Faisal viajó a Bagdad y, poco después, fue proclamado rey de Irak.
Con la firma del tratado entre Gran Bretaña e Irak, el 8 de octubre de 1922, la misión de Gertrude había concluido. Se dedicó a tareas arqueológicas, pero su posición y su influencia se erosionaban día a día. Otras decepciones y contratiempos de índole personal y familiar acentuaron su depresión. Puso fin a su peripecia tres días antes de cumplir los 58 años. Era el 11 de junio de 1926.