Lo que nadie recuerda

Pobre Harari. Desde su exitazo con 'Sapiens' no da una. Su siguiente libro fue una decepción, pero bueno, era suyo, ya sabes. Luego, '21 lecciones para el siglo XXI' confirmó un enorme malentendido: estábamos ante un hombre sin ideas. Probablemente es un gran profesor que materializó en 'Sapiens' la extensión narrativa de sus virtudes docentes. Pero en cuanto se pone intenso, en cuanto se cree capaz de analizar fenómenos complejos que suceden en el presente, Harari no es muy diferente de nuestros parroquianos descreídos de barra del bar, máquinas de repetir topicazos. Pero topicazos locales. Su Tercera de ayer recuerda a los españoles que, tras los atentados del 11-M, se pusieron a culpar a Aznar. Sí, había que perseguir a los asesinos y tal, claro, por supuesto, pero es que Aznar bla, bla, bla. Pero es que Netanyahu bla, bla, bla. Ay, Harari, dónde has ido a caer. ¿Nos vienes con las querellas internas de una democracia liberal? ¡Nos vas a contar a nosotros lo que significa que un jefe de Gobierno tenga tanto poder sobre el Judicial! ¡Nosotros somos los especialistas! De hecho, con la amnistía, estamos a punto de liquidar para siempre al tercer poder. En fin, los localistas a sus localismos. Hoy vamos a aplicar la lupa a los desplazamientos forzosos de población, los refugiados y las posturas internacionales.

Lo que nadie recuerda
CARBAJO&ROJO

Los desplazamientos masivos como medida propiciadora de estados-nación homogéneos ha sido una práctica común en los siglos XIX y XX. Avalada o consentida por las principales instituciones mundiales, y olvidada tras los hechos consumados. Elogiada y postulada por gente como Churchill, el presidente Hoover, una colección de premios Nobel de la Paz (Norman Angell, Christian Lange) u otro Nobel como Bertrand Russell. En general se creía que la calamidad de un desplazamiento en masa siempre era mejor que mantener irresuelta la fuente inagotable de conflictos de los países con comunidades diferentes. «En la primera mitad del siglo XX, el intercambio de poblaciones era una norma internacional aceptada. La idea contaba con un apoyo global, incluyendo el contexto árabe-judío. Entre los entusiastas partidarios de los desplazamientos no estaban solo los líderes occidentales sino también estadistas árabes de Egipto, Irak, Siria y Jordania». (Ben-Dror Yemini, 'Industry of Lies, Media, Academia, and the Israeli-Arab Conflict') puestos a leer a intelectuales judíos de izquierdas, siempre Yemini antes que Harari. Huelga decir que a Yemini le niegan su progresismo. ¿Su pecado? Exponer en libro las mentiras sobre ese endiablado conflicto acerca del que aquí cualquiera se pronuncia. Un escupitajo antisemita en forma de entrevista, declaración política o columna de prensa, y a correr.

Déjame que te cuente. Entre 1821 y 1922 los europeos expulsamos (primera persona del plural para Europa, faltaría más) a cinco millones de musulmanes. Una cifra similar pereció en la expulsión. En los años cuarenta, decenas de millones fueron desplazados a otros países. Entre 1944 y 1949, 1.750.000 personas fueron expulsadas de Polonia a Ucrania y viceversa. 150.000 murieron en el trance. En el orden posterior a la Segunda Guerra Mundial, la transferencia de alemanes hacia otros países, decidida en Potsdam, parece haber sido uno de los mayores desplazamientos forzados de la historia. Al fin y al cabo eran alemanes, ¿no? Churchill, el falso autor de tantas sentencias, nuestro admirado Churchill (¡liberales, como correligionario os invoco!) quiso que la población civil alemana supiera lo que se sentía cuando te bombardean, que mujeres y niños experimentaran lo que había vivido Londres. Con devastación. Dresde. Churchill era el más convencido de que los bombardeos devastadores contra la población civil tenían la virtud de poner a las víctimas en contra de sus gobernantes. El actual orden europeo se impuso al precio que fuera. Los europeos, calladitos en el asunto de los desplazamientos estamos más guapos.

Quince millones de personas abandonaron sus hogares entre 1947 y 1951 para ir de la India a Pakistán y viceversa. En 1994, el triunfo armenio sobre los azeríes (guerra por Nagorno-Karabaj) convirtió a un millón largo de azeríes y a 400.000 armenios en refugiados. 4.600.000 refugiados provocó, y dos millones de muertos, la guerra de Sudán contra los cristianos y los paganos. Limpieza étnica en Darfur desde 2003. En veinte años, seis millones de refugiados de Sudán. En Chipre, tras la invasión turca de 1974, 200.000 griegos y 60.000 musulmanes fueron desplazados. De ninguna de las desgracias citadas ha extraído la ONU, ni nadie, algo semejante a un «derecho al retorno».

Palestina es un nombre de origen griego, puesto a Judea por los romanos para humillar a los judíos (venía de filisteos). Siempre ha sido una referencia geográfica; nunca ha existido en la historia Estado, reino o ente soberano con tal nombre. Antes de la independencia de Israel, acorde a la resolución de partición de la ONU sobre el Mandato Británico de Palestina (nombre del territorio bajo su mandato, sí), los líderes árabes eran partidarios de las particiones en estados-nación homogéneos. Pero los vecinos de Israel atacaron al recién nacido Estado a las pocas horas de nacer. Ha habido guerras y paces. Hoy siguen existiendo Estados, grupos y entidades que no renuncian a la aniquilación de Israel, o bien exigen un derecho de retorno que no se pide a nadie más: Irán, Qatar, Hamás, Yihad Islámica Palestina, Hezbollá, masas islamistas de todo el mundo (incluyendo las europeas), la ONU, la UE y una gran parte de la izquierda. Por ejemplo, medio Gobierno español.

Juan Carlos Girauta

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