Lo que no puede ser no puede ser

«Y además es imposible», agregaba Rafael Gómez Ortega, el Gallo. Me acordé de este dicho hace unos días, durante la conferencia que daba un colega, cuando uno del público le preguntó: «¿Por qué el Estado no hace más para conseguir que la política monetaria sea más eficaz?». Y pensé: porque no puede ser, aparte de que el Estado no hace la política monetaria, sino un ente independiente, en nuestro caso el Banco Central Europeo (BCE).

La política monetaria, como casi todas las políticas, es muy complicada, porque pasa por las decisiones libres de unos cuantos millones de ciudadanos libres, de modo que la posibilidad de que al final resulte exactamente lo que se proponía el consejo de gobierno del BCE parece muy poco probable: tiene que cambiar las decisiones de los bancos, para que animen a sus clientes a pedir más créditos o menos, de modo que, a la larga, todos salgamos ganando. Y esto es más difícil todavía si se trata de medidas heterodoxas, como las de los últimos años, que tratan de hacer lo que hasta ahora no se había hecho.

Pero no quiero explicar aquí cómo se diseña y ejecuta la política monetaria, sino comentar un cambio que se está operando en esa política, y que tiene que ver con la pregunta del asistente a la conferencia. El BCE ha diseñado tradicionalmente su política para crear un marco estable para las decisiones financieras en la zona euro. Lo que pretende es que los que tengan proyectos de inversión interesantes y sostenibles consigan, finalmente, los fondos que necesitan; que los bancos y otras instituciones financieras puedan llevar a cabo su negocio de forma regular, sin sobresaltos, y que usted y yo, los que guardamos nuestro dinero en los bancos, podemos usarlo de acuerdo con nuestras necesidades, sin sustos.

¡Ah!, pero la política monetaria va también más lejos. Porque en todo el mundo pasan cosas, que afectan a sus ciudadanos, y mucho, porque ponen en peligro sus ahorros, o dificultan su acceso al crédito, o ponen a los bancos en situación próxima a la quiebra, o mil problemas más. Y entonces vemos a los bancos centrales abandonar aquella política que podríamos llamar de guante blanco y usar la artillería pesada para corregir rápidamente aquel problema. Por ejemplo, tras el 11-S, cuando los atentados en Nueva York, el BCE, como los demás bancos centrales, proporcionó sin tardanza grandes sumas de liquidez a los bancos para evitar la crisis de confianza que podría suponer, para los ciudadanos de cualquier país, ir a retirar dinero de su banco, aún con el susto de las Torres Gemelas en el cuerpo, y recibir la contestación de que… el banco no tenía dinero, su dinero.

Los bancos centrales tratan de llevar a cabo sus actuaciones con mano izquierda, sin causar sustos ni crear preocupaciones innecesarias, pero también intentan actuar con decisión y energía cuando consideran que vale la pena. Y les hemos visto meterse en el pantanoso mundo de los tipos de interés negativos, y comprar la deuda pública de los gobiernos (cosa que ya hacían antes) y la deuda privada de las empresas (cosa que antes no hacían), para conseguir cambiar un estado de cosas que estaba frenando el crédito y, por tanto, la recuperación económica y la creación de empleo.

¿Tres hurras, pues, por el BCE? Quedémonos, por ahora, con dos. Uno, muy bien ganado, por haber actuado con contundencia y decisión en momentos en que el sistema financiero mundial corría serio peligro –con algo de retraso, es verdad, pero al final lo hicieron–. Y otro por facilitar la reducción de los tipos de interés para relanzar el crédito, con sus medidas extraordinarias.

Pero no me atrevo a dar más hurras, porque me preocupa que le entre la afición a intervenir en la economía con demasiada frecuencia, como si el BCE fuese capaz de solucionar todos los problemas por él solo. Lo que, como nos recordaba el torero de la anécdota, no puede ser. Aunque, en honor a la verdad, he de decir también que su presidente, Mario Draghi, ha dicho siempre que él tenía solo una de las tres llaves de la recuperación económica, la monetaria. Y que sin las otras dos, la fiscal y la de las reformas estructurales, no podía conseguir arreglarlo todo. Porque, además, es imposible. De modo que me reservo el tercer hurra para el BCE hasta ver cómo consigue retirar sus medidas extraordinarias y cómo puede volver a esa manera, ortodoxa, aburrida incluso, de manejar el dinero y el crédito de modo que los ciudadanos podamos actuar con seguridad y creatividad, con riesgo y con audacia. Porque la prosperidad del país depende de esto, no de los incentivos monetarios del BCE.

Antonio Argandoña, Profesor del IESE.

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