Lo que no queremos ver

Por Silverio Agea Rodríguez, secretario general de Cáritas Española (EL PAÍS, 22/01/06):

La reciente publicación del avance de resultados de la Encuesta de Condiciones de Vida (ECV) por parte del Instituto Nacional de Estadística (INE) ha desvelado una cruda realidad: en nuestra sociedad del crecimiento económico, de la riqueza e, incluso, del lujo, la pobreza existe. Y no en pequeña proporción: un 19,9 % de la población española, o sea, al menos ocho millones de personas, viven en condiciones de precariedad. La reacción de muchos puede haber sido de sorpresa: ¿cómo es posible? Y es que no estamos acostumbramos a entender que pobreza no es sinónimo de extrema necesidad y que se dan muchas situaciones personales -casi un 20%- en las que no se pueden satisfacer las necesidades humanas “de una manera digna”. Acostumbrados a identificar pobreza con sin techo, o mendicidad, o desamparo total, la encuesta del INE nos dice que hay pobres con techo, y que son muchos.

Pero en Cáritas, que venimos llamando la atención desde hace tiempo sobre estas situaciones, vemos ahora cómo la información obtenida a través de nuestras propias investigaciones sociológicas -los conocidos Informes Foessa- coincide con los datos del propio INE e, incluso, con las estimaciones del Plan Nacional de Acción por la Inclusión Social del Gobierno aprobado el pasado julio. No podemos ocultar, sin embargo, una seria preocupación ante la confirmación de que existe una situación de grave precariedad social que se viene manteniendo desde hace más de una década, casi sin variación. Y resulta alarmante saber que ese indicador persiste sin bajar desde mediados de los años noventa, “a pesar del intenso crecimiento económico” de España en la última década. Es especialmente inquietante que se produzca una situación semejante en la España moderna. Durante las décadas de los setenta, ochenta y primeros noventa se mantenía una tendencia a la baja de la tasa de umbral de pobreza. Pero es precisamente en la segunda mitad de los noventa y primeros años de este siglo, de gran auge económico, cuando esa tendencia se rompe. ¿Qué está pasando con el crecimiento? ¿Por qué no va acompañado de distribución? Si muchas veces se nos pide que “primero crezcamos para luego distribuir”, ¿por qué no se ha hecho?

Los datos del INE nos dicen que persisten las situaciones de pobreza que Cáritas desveló en su informe sobre Condiciones de vida de la población pobre en España publicado en 1998 por la Fundación Foessa. Descubríamos entonces lo que ahora se rubrica: que con la actual distribución de renta y de otros bienes se está consolidando un rejuvenecimiento de la pobreza y un sector social de personas a quienes la Unión Europea denomina “trabajadores pobres”. O sea, ciudadanos que aun con trabajo “legal” están bajo el umbral de la pobreza. Se trata de algo especialmente grave, pues demuestra que la vulnerabilidad de muchas familias, la precariedad laboral y el riesgo de pobreza están muy vinculadas. Y afecta tanto a trabajadores autóctonos como a inmigrantes. Igualmente, se confirma que las personas de mucha edad, aquellas cuya situación depende de la protección social, siguen siendo un grupo de riesgo, al igual que los preceptores -mayoritariamente mujeres- de los denominados salarios sociales o Rentas Mínimas de Inserción, cuyo nivel de cobertura y protección son muy bajos. Son grandes grupos sociales que indican cómo la distribución de rentas y de otros bienes no ha ido de la mano del crecimiento económico, pues la distribución de la riqueza a través de la remuneración del empleo o de la protección social no se está trasladando a muchas familias.

Hay otro fenómeno sobre el que Cáritas debe llamar la atención. Se trata de los hogares bajo el umbral de pobreza con niños y adolescentes a su cargo, de los que siempre se ha dicho que se encontraban en peor situación que el conjunto de hogares pobres. La situación empeoraba en hogares con menores cuyo sustentador principal era un solo adulto y mujer. Los datos del INE alertan sobre el agravamiento de esa tendencia y suponen una acuciante llamada de alerta en un país como España, con uno de los menores niveles de protección familiar de la UE.

Y una última reflexión. Cáritas había observado que las personas bajo el umbral de pobreza cuya situación era “severa o extrema” había descendido. Pero con los datos del INE vemos que el nivel de pobreza severa también ha dejado de descender. Y esto, en unas condiciones económicas como las de España, ¡clama al cielo! A pesar de que estamos hablando de situaciones que afectan a casi un millón y medio de personas, y que es un sector sobre el que es posible incidir positivamente, siguen sin darse los pasos necesarios, como son: afrontar la distribución y las transferencias presupuestarias necesarias, dotar al empleo de integración social de la suficiente relevancia en la negociación colectiva y en los planes de empleo, y dotar a la protección familiar los niveles adecuados.

A la vista de estas reflexiones, deberíamos tomar plena conciencia de cómo factores como la precariedad, la educación, los jóvenes y menores, los hogares sin recursos, las viviendas y barrios deteriorados o sin futuro, se retroalimentan, se recrean y se potencian unos a otros. Por ello, urgen medidas de transferencias y distribución de empleo, de vivienda y de otros bienes. Pero también son imprescindibles iniciativas de desarrollo social y de actuaciones integrales e integradas que hagan frente a estas situaciones en toda su complejidad. Son imprescindibles políticas de promoción y desarrollo social si queremos hacer frente a la agresividad y a la ruptura de la cohesión social que la precariedad, la exclusión y la marginalidad generan.

Para Cáritas, sin embargo, la responsabilidad en la lucha contra la pobreza no se limita sólo a los poderes públicos y a los representantes políticos. Los obstáculos a los que se enfrentan las personas pobres para vivir con plenitud su dignidad humana son una cuestión que atañe al conjunto de la sociedad civil. Y como Cáritas no quiere limitar su voz a la mera denuncia de las injusticias, una y otra vez insiste en convocar a cada ciudadano a la tarea inaplazable de combatir la desigualdad, tanto la exclusión que se oculta en los entresijos de nuestra sociedad de consumo como la que se ve continuamente alimentada en regiones enteras del planeta por el avance salvaje de la globalización económica. Por todo eso, el aldabonazo que el informe del INE acaba de dar a nuestras conciencias debería actuar como reactivo para poner en marcha cambios personales en nuestros estilos de vida, un paso imprescindible si deseamos transformar las estructuras sociales y conseguir que otro mundo sea posible.