Lo que nos jugamos en las europeas

Se lee y habla mucho (con razón) sobre la importancia de las próximas elecciones al Parlamento Europeo; pero quizá se comprende menos lo que nos estamos jugando realmente. A mi juicio, nada más y nada menos que el alma de Europa, es decir, el conjunto de valores y principios sobre los que se fundamenta la Unión Europea. Qué lejos queda ya el escenario que reflejaba Tony Judt en su ensayo titulado Europa ¿Una gran ilusión?, escrito no hace tantos años. Sin embargo, el sueño de Europa es el que sigue empujando a tantos y tantos seres humanos a jugarse la vida para alcanzarlo. Parece que sus propios ciudadanos ya no sueñan con Europa o, lo que es peor aún, la dan por descontada.

Y no deberíamos hacerlo. Tenemos que tener muy presentes los terribles sucesos del siglo XX que dieron lugar a la construcción europea, ya que se nos olvida hasta qué punto nuestro viejo continente se convirtió en uno de los peores sitios del mundo para nacer. Basta con visitar uno de los muchos lugares de la memoria existentes en Europa, ya se trate de un cementerio de la primera o la segunda guerra mundial, de un campo de concentración o simplemente de la placa en una baldosa enfrente de sus casas para recordar a los judíos deportados. Por no hablar de los cientos y cientos de monumentos dedicados a los caídos en las dos guerras mundiales que podemos encontrar en cualquier ciudad o pueblo europeo. Lo cierto es que Europa -pese a los indudables retos e incertidumbres que comparte con el resto del mundo- sigue siendo una isla de paz y prosperidad y sus ciudadanos somos muy afortunados simplemente por haber nacido aquí. Sus 500 millones de habitantes (contando todavía a los británicos) gozan todavía de unos niveles de libertad y seguridad envidiables, pero también de libertad económica, igualdad de oportunidades y movilidad social. Aunque se suele creer lo contrario, el sueño europeo ofrece más movilidad social que el sueño americano.

Lo importante es que estos logros no son una casualidad, como no es casualidad que los países más avanzados del mundo sean los que tienen mejores instituciones. Son consecuencia de unas políticas y de unos valores que se han impulsado desde la UE, como bien saben los países candidatos que tienen que reunir una serie de exigentes requisitos antes de entrar a formar parte de ella. Son valores y principios como el de la preeminencia del Estado de derecho o la garantía de los derechos y libertades de los ciudadanos, pero también los de la meritocracia, la neutralidad institucional y la separación de poderes. En definitiva, son los valores que permiten preservar sociedades abiertas y libres, los valores de la civilización que nunca conviene dar por sentados. Hoy menos que nunca.

Porque es indudable que la UE está amenazada, y lo peor es que esta vez la amenaza viene desde dentro. Y, como bien sabemos los españoles que hemos padecido el desafío independentista, es mucho más complicado defenderse de los ataques que surgen de las propias instituciones que de los ataques exteriores. La realidad hoy es que los partidos populistas y euroescépticos están creciendo enormemente en Europa y su voluntad declarada no es ya acabar con la Unión y recuperar competencias para los viejos Estados-nación -probablemente la experiencia del Brexit les ha enseñado la dificultad cuando no la imposibilidad de conseguirlo-, sino sencillamente transformar la Unión desde dentro, para convertirla en algo muy diferente. Así lo han declarado líderes populistas como Marine Le Pen y Matteo Salvini, que hablan ya de una «nueva Europa» cuyas instituciones serían probablemente más parecidas a las de Polonia y Hungría. Ya saben: hablamos democracias iliberales en camino de convertirse en autocracias con elecciones como Rusia o Turquía. En todo caso, el problema es que sus partidos (que forman parte junto a otros de extrema derecha del grupo Europa de las Naciones y las Libertades) tienen muy buenas expectativas de voto en las próximas elecciones.

Por el contrario, los grupos conservador y socialdemócrata se enfrentan más que probable pérdida de escaños. No obstante, al menos si les juzgamos por las listas de nuestros partidos nacionales (PP y PSOE) no parece que esta perspectiva les haya hecho modificar su comportamiento tradicional de considerar las listas europeas como una especie de retiro dorado o jubilación de lujo para políticos más o menos amortizados o simplemente molestos. Lo que considero una grave irresponsabilidad porque con total seguridad los partidos populistas van a dar la batalla en esta legislatura y el papel del Parlamento europeo va a ser crucial.

Nos olvidamos los ciudadanos y se olvidan los políticos efectivamente de hasta qué punto nos afectan las decisiones europeas en nuestra vida diaria. No ya porque algunos problemas sean globales e imposibles de solucionar a escala nacional, desde el calentamiento global a los impuestos de las grandes multinacionales tecnológicas, sino también porque de manera creciente nuestra normativa y nuestra jurisprudencia, dos elementos esenciales de nuestro Estado de derecho, dependen de decisiones que se adoptan en el ámbito europeo. Pensemos, por ejemplo, en la sentencia del Tribunal de Justicia de la UE sobre las claúsulas suelo de las hipotecas en la que se sentenció que los bancos que la incluyeron con falta de transparencia tenían que devolver el dinero a sus clientes no desde el 9 de mayo de 2013, como había declarado el Tribunal Supremo español, sino desde su aplicación. O, en otro ámbito, con la decisión de un tribunal alemán sobre la euroorden de Puigdemont o en el probable recurso de las defensas del juicio del procés ante el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo. Hace tiempo que los juristas conocemos la importancia del Derecho europeo; es necesario que los ciudadanos también lo sepan.

Pero no solo eso. Cuando el legislador nacional arrastra los pies en temas complejos cada vez es más fácil que se le adelante el legislador europeo. Ahí tenemos afortunadamente la aprobación de la nueva Directiva sobre protección de denunciantes de corrupción cuando en España hemos sido incapaces de aprobar una norma estatal equivalente en la última legislatura, pese a su evidente necesidad y a que la corrupción sigue siendo una de las preocupaciones más importantes de los españoles. O el nuevo Reglamento europeo de protección de datos que entró en vigor hace un año y es de aplicación directa en la Unión. Podemos hablar también de las normas sobre calidad alimentaria, de la regulación de los servicios turísticos, del sistema financiero o sencillamente del roaming. Y de otros tantos ejemplos que harían este artículo interminable. Lo importante es darse cuenta de hasta qué punto la regulación europea afecta -para bien- a nuestra vida cotidiana.

Estas cuestiones un tanto abstractas no son suficientes para estar orgullosos de ser europeos; los seres humanos necesitamos también relatos que nos hagan sentir que formamos parte de una colectividad. Aunque a veces basta desplazarse a otro continente para darse cuenta de hasta qué punto nos parecemos los europeos entre nosotros frente a los americanos o los australianos es indudable que hay que reforzar los lazos afectivos y emocionales que nos unen. En ese punto, como bien saben los nacionalistas, los símbolos y la educación son muy importantes, ya se trate de las banderas y los himnos o de la enseñanza de un pasado común que se proyecte en un futuro común.

Por último, es indudable que hay que reforzar los aspectos sociales y protectores de la UE, la «Europa que protege» por usar la expresión del presidente Macron. El nuevo contrato social que están reclamando nuestras sociedades -y cuya ruptura es la causa fundamental de los movimientos populistas- tiene que rehacerse a nivel europeo; para eso es esencial abordar cuestiones como el de un seguro de desempleo europeo o un sistema de salario mínimo europeo. La lucha contra la desigualdad puede ser más efectiva si se hace a nivel trasnacional. En definitiva, y parafraseando a Konrad Adenauer, resistente frente al nazismo y uno de los padres de la UE, sólo nos queda una vía para salvar nuestra libertad política, nuestra libertad personal, nuestra seguridad y nuestra forma de vida, y esa vía pasa por una Europa mejor. Es la convicción de que el día 26 de mayo nos jugamos el alma de Europa la que me ha llevado a dar el paso -nada sencillo para una profesional en ejercicio- de presentarme como candidata independiente al Parlamento europeo en las listas de Ciudadanos con la finalidad de seguir defendiendo el Estado de derecho y la regeneración institucional desde la mejor plataforma posible: la de las instituciones europeas.

Elisa de la Nuez, abogada del Estado, coeditora de ¿Hay derecho? y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO, es candidata al Parlamento europeo en las listas de Ciudadanos.

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