Lo que nos jugamos: regeneración o catarsis a la italiana

Parece mentira que sólo haya pasado un año desde aquella deprimente rueda de prensa tras el Consejo de Ministros en la que Cristóbal Montoro y Luis de Guindos pintaron un panorama tan negro que muchos jóvenes decidieron ese día hacer las maletas en busca de un futuro mejor fuera de España.

Ahora, sin embargo, los datos económicos son el arma letal con la que el PP piensa ganar las elecciones europeas.

El reto es políticamente interesante. Primero, porque el Gobierno y el partido que lo sustenta deberán demostrar que el atisbo de recuperación no es una segunda edición de los brotes verdes que aún persiguen a Elena Salgado. Y, en segundo lugar, porque del resultado de esa apuesta se podrán sacar sustanciosas conclusiones. ¿Es la economía el único o el esencial factor que determinará el voto de la gente?

Si el PP logra una victoria holgada, bastaría con sacarle dos escaños al PSOE para que en Génova y en Moncloa se calificara de ese modo, Rajoy y su asesor Arriola habrían demostrado a sus detractores que tenían razón. Pero, ¿y si eso no sucede?…

Lo primero, en efecto, es comprobar que no nos encontramos ante un espejismo, que, de verdad, la economía española ha encontrado la senda de una sólida recuperación, de un «crecimiento sostenido», como dijo el ministro de Economía esta semana en una reunión con los periodistas económicos.

El Banco de España, que sigue siendo la institución más reputada en cuanto a los cálculos macroeconómicos, acaba de ofrecer el dato de crecimiento del primer trimestre, situándolo en un 0,4%. Sin duda, es un buen dato, que avalaría su previsión de aumento del PIBpara 2014, que lo sitúa en el 1,2%.

¿Qué hay debajo de ese crecimiento? Un continuado tirón de las exportaciones y una ligera recuperación del consumo interno, lo que sí es un elemento novedoso.

Es verdad que en este primer trimestre es probable que esa mejora no se traslade aún al empleo. La primera parte del año suele ser muy mala, como demuestra la destrucción media de 400.000 puestos de trabajo en los últimos años. Sin embargo, abril va a dar un resultado extraordinario, en el que se mezcla la mejora general con la Semana Santa, que ha sido una de las mejores de la última década en cuanto al comportamiento del turismo. El dato de paro y de creación de empleo en este mes va a ser la estrella de los mítines del PP a mediados de mayo. Al tiempo.

Para las municipales y autonómicas y, por supuesto, para las generales, el Gobierno se guarda la baza de la bajada de impuestos. La reforma se presentará en el Congreso en junio para que pueda estar aprobada en noviembre o diciembre y entre en vigor en 2015.

Pero de eso ya hablaremos en su momento.

La cuestión ahora es si los datos macroeconómicos, que aún no se han notado del todo en la economía real, van a ser suficientes como para inclinar el voto. La percepción de los ciudadanos sigue siendo mala respecto a la situación económica, pero ha mejorado algo respecto a su evolución en el futuro (como mostraba la encuesta de Sigma Dos publicada hace unos días por EL MUNDO).

Enfrente, el PSOE va hacer girar su campaña en torno a los recortes: de derechos (aborto) y sociales.

El Gobierno, que quiere quitar de la agenda la discusión sobre su reforma de la Ley del Aborto, ha metido en el congelador los retoques que piensa introducir en la misma para hacerla más digerible incluso para su propio electorado. Tras el 25-M, el ministro Ruiz-Gallardón hará pública la reforma de la reforma: un camino de ida y vuelta para quedarse prácticamente en el mismo sitio.

Elena Valenciano quiere atraer el voto con el mensaje de una «Europa social». Pero lo tiene francamente difícil. El compañero Valls, a la sazón primer ministro de Francia, acaba de poner en marcha un programa de recortes de 50.000 millones de euros, difícilmente conciliable con esa Europa del gasto público que parece añorar la número dos del PSOE.

Así las cosas, no es extraño el resultado que apuntan las encuestas, que vaticinan una caída de los dos grandes partidos superior a los 17 puntos.

Así que podría darse la circunstancia de que, en efecto, el PP lograra una victoria electoral por la mínima frente al PSOE, pero, a la vez, que eso no significara un aval suficiente de confianza para el Gobierno.

La caída en expectativa de voto para los dos grandes partidos, que sólo se refleja en parte en una subida de IU y de UPyD, ya que la mayoría de los apoyos del PP y del PSOE se van a la abstención, no tiene sólo su explicación en una desconfianza respecto de sus recetas para salir de la crisis. Quedarse en ese aspecto de la cuestión sería un error imperdonable.

El PP y el PSOE tienen erosionado su crédito no porque se hayan equivocado, sino porque se han comportado como si sus organizaciones estuvieran por encima de los intereses de los ciudadanos.

Que la segunda preocupación de los españoles (según el CIS) sea la corrupción explica esa desconfianza en el sistema y en los dos grandes partidos que lo mantienen.

La intervención del Fiscal General del Estado, Eduardo Torres-Dulce, en el Congreso esta semana pone sobre la mesa la profundidad del problema. La falta de ejemplaridad de la clase política deriva en la generalización del fraude (a Hacienda y a la Seguridad Social) por parte del contribuyente.

La cuestión fundamental no es el crecimiento de los antisistema (de los que el juez Elpidio Silva es un estrambótico ejemplo), sino la desafección de muchos ciudadanos respecto al sistema.

Como los partidos políticos han avasallado a todos los poderes del Estado (jueces, mecanismos reguladores…), e incluso a lo que supone que deberían ser sus contra poderes, como los medios de comunicación, sufren ahora en sus expectativas de voto el castigo por tantos años acumulados de malas prácticas.

No es que la alternativa sea o lo que tenemos o el caos; es decir, una amalgama de pequeños partidos multiformes y radicales. Esa es una forma conservadora de ver las cosas. Los grandes partidos tienen la responsabilidad de regenerar la vida política. Si no lo hacen, lo que nos espera, en efecto, será una especie de catarsis a la italiana. ¿Eso es lo que queremos?

Casimiro García-Abadillo, director de El Mundo.

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