Lo que oímos en Caracas

Venezuela Elections December 2015. CRISISGROUP/Sofia Martinez
Venezuela Elections December 2015. CRISISGROUP/Sofia Martinez

Es muy difícil para ambas partes del conflicto político venezolano llegar a acuerdos en prácticamente cualquier cosa, especialmente con presidentes encontrados, instituciones en competencia y visiones diametralmente opuestas. Pero en una corta visita a Caracas esta semana, hayamos un amplio consenso en un punto: todo depende de Donald Trump.

La crisis venezolana no es nueva. El presidente Nicolás Maduro y aquellos en su círculo cercano cargan la responsabilidad principal: han mal administrado el país, pisoteado sus instituciones democráticas, han celebrado elecciones fraudulentas, se han beneficiado de la corrupción masiva y han reprimido brutalmente a los manifestantes. Las consecuencias son evidentes, aunque casi imposibles de comprender. Si bien Venezuela alberga las reservas de petróleo más grandes del mundo, su economía se encuentra en caída libre.

El país enfrenta una situación generalizada de pobreza, malnutrición y enfermedades que hasta hace poco estaban erradicadas. Al menos tres millones de sus ciudadanos, probablemente muchos más, han huido a Colombia y a otros países. Ambas partes participaron en varias rondas de negociaciones, pero la situación política llegó a un impase. El gobierno privó de sus poderes a la Asamblea Nacional dominada por la oposición; la mayoría de la oposición boicoteó las elecciones presidenciales y se rehusó a reconocer al nuevo presidente reelecto.

Entonces llega la administración Trump. Trabajando con los principales miembros de la oposición y aprovechando el creciente malestar popular, elaboró una estrategia sencilla: reconocer a Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional, como el legítimo presidente; concederle apoyo internacional al igual que acceso a los ingresos y activos petroleros en el extranjero; imponer abrumadoras sanciones al sector petrolero venezolano; y convencer a los militares y otros grupos clave dentro de régimen venezolano que tienen mucho que perder al apoyar a Maduro, pero mucho que ganar si se alinean con Guaidó, quién, luego de presidir el gobierno interino y afianzado por la generosidad económica de los Estados Unidos, organizaría nuevas elecciones. La apuesta es que los miembros de las fuerzas militares y elites políticas de Venezuela se vuelvan en contra de Maduro cuando él ya no pueda proveerles los beneficios financieros a los que están acostumbrados.

A diferencia de la mayoría de las tácticas del presidente Trump, ésta no fue producto de un trino errático. A juzgar por la velocidad con la que una impresionante cantidad de gobiernos siguieron el ejemplo de EE. UU., la decisión fue bien coordinada y planeada. Ahora lo único que se necesita es que sea exitosa.

Sin embargo, visto desde Caracas, el futuro luce un poco más incierto. Los seguidores de Guaidó con los que nos reunimos, ven la situación como una “tormenta perfecta”. La oposición parece estar más unida que nunca y goza de un apoyo internacional y regional sin precedentes. Venezuela está sufriendo una crisis económica de proporciones casi míticas, que la gran mayoría de los venezolanos atribuye a Maduro. El líder de la oposición disfruta de una popularidad por los cielos. Y no hay una salida evidente para un presidente asediado cuya situación – económica, política y diplomática – asumen se deteriorará con el tiempo.

No obstante, viendolo un poco más en profundidad, incluso los políticos que apoyan a Guaidó admiten que tienen poca confianza en que la situación termine pacíficamente o de acuerdo al plan. No pueden imaginar que Maduro, con tanto que perder, claudique. No confían tampoco en que la elite militar, que tanto se beneficia del control de negocios lícitos e ilícitos y a la que hasta el momento no han logrado afianzar, desertará. Se preguntan a viva voz sobre una posible intervención militar de los Estados Unidos, creyendo que precipitará la salida de Maduro, al igual que un futuro de violencia y caos en un país inundado de armas y repleto de grupos armados semiautónomos tanto nacionales como extranjeros. En resumen, en este momento están bien posicionados, pero saben que eso no significa que tengan asegurado un desenlace sin contratiempos.

Aquellos del lado de Maduro, aunque intranquilos por la ira popular y el amplio consenso internacional, y preocupados por lo que podría hacer Estados Unidos, agregan a esa lista otras razones para no entrar en pánico. Sienten que deben mantenerse firmes, resistir, y esperar que esa “tormenta perfecta” pase. Creen que si Maduro aún está en el poder en dos o tres meses, la oposición perderá su ímpetu, así como la sensación que el cambio es inevitable; las fracturas reaparecerán dentro de las filas de la oposición; y mientras la economía venezolana continua derrumbándose y los flujos de refugiados aumentan, la atención del mundo cambiará de cómo cambiar el régimen a cómo detener el desastre. Dicen que cualquier división que haya existido dentro del amplio sector integrado por los seguidores del ex presidente Hugo Chávez – y, algunos reconocen que esas divisiones y cuestionamientos sobre la gestión de Maduro se han sin duda incrementado – se ha dejado de lado ya que todos han cerrado filas de cara a lo que describen como un intento de imponer un nuevo líder desde afuera, un líder que asocian con la renaciente derecha latinoamericana e impuesto nada menos que por los detestados gringos.

También sospechan que el brillo político de Guaidó desaparecerá. No solo se demostrará que su presidencia carece de poder real, sino que el costo político de las sanciones se desplazará de sus hombros a los de él. Aunque el público esté enamorado del líder de la oposición hoy, se desencantará con él mañana, y se preguntará cómo pudo respaldar las punitivas medidas económicas estadounidenses que habrián de empeorar enormemente sus condiciones de vida.

Al escuchar lo que las voces más pragmáticas de ambos lados dicen en privado, algunas intrigantes ideas empiezan a florecer. Desde el ala pro-Guaidó reconocen que lo que actualmente se les ha ofrecido a Maduro y sus aliados es una elección entre mantenerse firmes o rendirse, que probablemente elegirán la primera, y que, por lo tanto, para llegar a una solución pacífica, se necesita algún tipo de solución conciliadora, claro, una en la que el gobierno haga concesiones importantes. Tal vez puede ser un acuerdo de poder interino que incluya a Maduro y Guaidó o ninguno de ellos, siempre que se restablezcan los poderes de la Asamblea Nacional, se reconstituya la comisión electoral, se libere a los presos políticos y se convoquen elecciones presidenciales anticipadas bajo observación internacional.

Desde el ala pro-Maduro se reconocen las deficiencias en el actual liderazgo y hay una voluntad de considerar elecciones anticipadas, siempre que las amenazas y sanciones de EE. UU. sean levantadas y no se les imponga una presidencia interina de Guaidó. Algunos en ambos bandos concuerdan en que nadie puede expresar este tipo de opiniones públicamente sino serían condenados y desacreditados por sus respectivos aliados de línea más dura. Esta es una situación que clama a gritos por una mediación externa.

Entonces vuelve a entrar la administración Trump. Cuando hablamos con uno de los parlamentarios de oposición más pragmáticos, nos comentó esta curiosa idea: «El apoyo inquebrantable de Trump es un regalo que puede hacernos daño». Lo que quería decir era que el presidente de Estados Unidos había desempeñado un papel crucial en la alteración de la dinámica política del país. Mientras estabamos visitando la Asamblea Nacional, se generó un revuelo. Alzamos la vista y vimos a Guaidó caminando libremente entre una multitud de periodistas y colegas. Algunos comentaron que el hecho que pudiera hacerlo sin temor a ser arrestado o algo peor, era una consecuencia directa de la protección de los EE. UU. y de la amenaza implícita de que si algo le pasara, algo le pasaría al gobierno también.

Pero lo que el parlamentario también quería decir, era que si bien la postura de mano dura de Washington ha abierto la puerta para una transición genuina, su postura inflexible amenaza con cerrarla de un portazo. Sería difícil para un miembro de la oposición alejarse demasiado de lo que dice Trump, y si Trump dice que no hay negociaciones ni compromisos, esa sería la línea de base por la cual los miembros de la oposición serían juzgados. Le preocupaba que, alentada por el apoyo de los EE. UU., la oposición exagerara su postura y perdiera la oportunidad de una salida negociada. Él y sus colegas necesitaban que los Estados Unidos y sus aliados latinoamericanos complementaran la presión dándoles un margen de maniobra adicional y algo de cobertura política, para permitirles explorar los posibles escenarios y entablar conversaciones con un mediador externo.

A falta de esto, el temía un escenario desagradable: Maduro no cede, los militares se niegan a actuar, se produce una escalada violenta, ya sea provocada por una intervención de los Estados Unidos o algo más, y Venezuela se sumerge en el caos. Es fácil para un estadounidense decirle a un venezolano que se mantenga firme, sea resuelto e inflexible. Es el venezolano quien sufrirá las consecuencias.

Por supuesto, no hay ninguna garantía, posiblemente ni siquiera posibilidades que se pueda lograr un compromiso incluso si los Estados Unidos moderara su postura y aceptara los esfuerzos de terceros para alcanzar un acuerdo. El régimen ha dominado el arte de negociar por negociar, de perder el tiempo para sobrevivir. Incluso entre los elementos más pragmáticos de ambas partes, las brechas siguen siendo amplias, y es difícil saber si sus propuestas de consenso son genuinas o simplemente pretenden aplacar a extranjeros muy insistentes. Pero vale la pena intentarlo, y la mejor prueba sería si un pequeño grupo de países, algunos de confianza de la oposición y otros del régimen, asumieran la tarea.

Por ahora, en Caracas, tales ideas parecen un tanto alejadas de la realidad. Por ahora, los venezolanos se preguntan qué harán los militares: quedarse con Maduro o alejarse de él. Por ahora, todos los ojos, tanto los de la oposición como los del gobierno, están en Trump. Un diputado de la oposición que claramente estaba muy agradecido por lo que había hecho el presidente de los Estados Unidos lo expresó de esta manera: «Todo está en manos de Trump. Si bien redobla la presión. Si nos da el espacio que necesitamos para negociar. Si no logra sacar a Maduro después de unos meses, pierde interés u ordena una intervención militar. Sí, todo está en manos de Trump. Que Dios nos ayude.»

Robert Malley, President & CEO and Robert Fadel, former member of Parliament in Lebanon; owner & board member of the ABC Group.

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