Lo que pase en Andalucía

La política andaluza ha sido decisiva en muchos momentos de la democracia del 78 y no solo por el hecho de que su censo signifique un porcentaje muy alto (la región más poblada) en el conjunto nacional. Para no incurrir en esencialismos territoriales que están tan fuera de lugar en Andalucía como en Cataluña o en La Rioja, hay que aclarar que lo que ha resultado ser bastante decisivo no ha sido ninguna Andalucía más o menos platónica sino los políticos andaluces, la política que se ha hecho en y con Andalucía.

Por descontado que los andaluces no han sido ajenos a esas políticas, porque han sido quienes las han aprobado, promovido y continuado, de forma que lo interesante es saber cuál ha sido el papel de esas políticas en el devenir español de estos últimos decenios. Para empezar, no está mal recordar que Andalucía, en esos momentos el PSOE andaluz de Felipe y Guerra, desmontó con un curioso resultado electoral, el referéndum andaluz, el tinglado que la moribunda UCD había tratado de montar en torno a la distinción entre nacionalidades y regiones, o sea entre autonomías de plena capacidad política y un extraño mixto de regionalismo y dependencia de Madrid, la famosa historia del 155.

El PSOE sacó adelante una negativa agraviada de los andaluces a ser menos que, para simplificar, catalanes y vascos y lo hizo pese a que las condiciones del referéndum fueron jurídicamente insuficientes pues se exigía la unanimidad de las ocho provincias y Almería votó en contra, pero el efecto político fue fulminante, y se puso en marcha el ingente y equívoco tinglado de la competencia perversa entre autonomías y la politización de las identidades territoriales en el que todavía estamos.

Este fue el primer coletazo andaluz que conmovió la política española, pero no fue el único. Aludiré ahora al más reciente, a lo que pasó en las últimas elecciones autonómicas en las que el PP se hizo con la Junta en unas condiciones bastante curiosas porque el PP accedió a gobernar con el menor porcentaje de votos de toda su historia, al menos de la más reciente, es decir que lo que pasó es que el PSOE de Sánchez perdió la hegemonía andaluza de la que había gozado durante décadas el PSOE de Guerra (y de Felipe).

Un PSOE organizó el follón político de las identidades territoriales para coger la fuerza que necesitaba para deshacerse para siempre de un Suárez que amenazaba con quedarse, y es probable que otro PSOE empiece a verse metido en un tobogán de descalabros si se cumplen varios de los pronósticos en marcha. Y si el PSOE acaba con la cabeza rota y deslomado es probable que se deba a que ha tratado de lucrarse de los detritus de esa política de enfrentamiento territorial que venimos sufriendo, es decir que Andalucía le golpea el trasero al PSOE de Bildu y de ERC y las mesas de diálogo, por simplificar.

Entre lo que ocurrió en 1981 y lo que pueda pasar en 2022 nos contemplan más de 40 años de predominio indiscutido e ininterrumpido de los socialistas en Andalucía, de un partido que lograba ser andalucista en la Bética, catalanista en Cataluña y lo que fuere necesario en muchas otras partes. Pero el misterio cardinal de esta pluralidad socialista se da en el extraño predominio simultáneo del PSOE andaluz y del PSC en Cataluña dentro de la gran familia socialista.

Es la creencia en que ese milagro político podría subsistir lo que explica la extraña estrategia de Sánchez en Andalucía a la que, es fácil que, tal vez  sin caer en la cuenta, ha venido a prestar un apoyo difícil de entender el Feijóo que ha puesto de manifiesto que la contienda andaluza era regional y no nacional. No se comprende bien la enorme habilidad de los socialistas para mantener durante décadas su tinglado si no se repara en lo fundamental.

Tengan o no razón los catalanes que se quejan de su expolio fiscal, que no estamos aquí para metafísicas sino en la más humilde política, lo que llama la atención es que esos catalanes dolidos, y no sin ningún motivo, hayan manifestado una y otra vez su apoyo al mismo partido que gobernaba en Andalucía invirtiendo con generosidad y a raudales los excedentes fiscales que procedían de Cataluña, aunque no solo de ahí, claro está, porque hay otras regiones que pagan más de lo que reciben y, sobre todo, está el generoso recurso al déficit y a la deuda. Dicho de modo sumario, sabían disimular que, en alguna medida, el expolio catalán es lo que les daba las mayorías andaluzas.

El misterio de la doble presencia socialista en una de las regiones que más financian el bienestar común y en una de las que más se lucran de esas subvenciones ha sido una de las constantes de la política española que tal vez se rompa de manera definitiva el próximo 19 de junio. Claro es que el caso requiere de algunos matices importantes, como, por ejemplo, que no exista un PSOE catalán, sino un PSC, fruto de lo que tal vez haya sido una de las decisiones más equivocadas de Felipe González, la de entregar los votos de la clase trabajadora catalana, en su mayoría nada catalanista, al partido de unos socialistas muy peculiares que, en sus objetivos no se diferenciaban gran cosa de los nacionalistas más radicales.

Hay que recordar que el origen de todo el malestar político que se explotó en el malhadado procés está en decisiones sin demasiada base de Maragall y también de Montilla, un cordobés anidado en el socialismo catalanista más radical. Esas propuestas de mayor autogobierno, que desbordaban lo asumible en el marco constitucional, fueron asumidas como auténtico maná por Rodríguez Zapatero al parecer empeñado en hacer una España distinta a golpe de timón político. No hay que olvidar que el Bambi socialista obtuvo su segunda victoria electoral con los votos que le prestó el electorado de ERC y eso le permitió un resultado extraordinario en Cataluña.

Es muy dudoso que, en Andalucía, no se haya acabado el apoyo a este creativo equívoco de los socialistas: el resultado del 19 de junio permitirá corroborarlo o ponerlo en duda. Lo curioso es que en Cataluña el PSC de Illa ha vuelto a tener resultados extraordinarios, pero cabe sospechar que ya sin los votos de ERC, que los que han votado a Illa hayan sido los que han visto en él un posible freno a la dinámica separatista, es decir que han convertido en bombero a un destacado miembro del batallón de los incendiarios, cosas de la política.

De todo lo cual me parece que se pueden deducir, en efecto, algunas lecciones interesantes para la política nacional. No creo, sin embargo, que se pueda hacer una traslación lineal al resultado posible en unas elecciones generales, porque podría pasar que el PSOE perdiese de una buena vez su investidura como partido andaluz sin que tenga que perder en el resto de España unos apoyos más de izquierda que territoriales, por decirlo de algún modo.

En Andalucía ha pasado con mucha frecuencia que el PP no lograba traducir sus votos en las elecciones generales en votos de las autonómicas. Ahora podría pasar por primera vez que hubiera un PP que fuese el partido más votado en Andalucía, que sustituya en ese papel a los del PSOE, pero no creo que sea evidente que esos votos andaluces vayan a darle, sin otros matices, el mismo apoyo para las elecciones nacionales que, además, pueden estar todavía muy lejanas.

José Luis González Quirós es filósofo y analista político.

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