Lo que queda del día

Desde que la crisis alcanzó un rango de espantosa normalidad en España, algunos hemos estado afirmando que los destrozos causados por ella no debían afrontarse con una estrategia limitada al campo de la economía. En lo que respecta al Gobierno, a la mayoría parlamentaria que lo sustenta y al partido que inspira sus acciones, ni siquiera creo que la pérdida masiva de confianza manifestada sea fruto de los fallos de una mala comunicación, sino de los excesos de una actitud política deplorable de despreocupación por las inquietudes integrales de los ciudadanos. Porque a los españoles les interesa, desde luego, que les resuelvan los quebrantos de su nivel de vida pero desean que se haga en un marco de reflexión del que nuestros dirigentes –en los que incluyo al Gobierno y a la oposición socialista– han preferido escapar. Unos, pensando que ese aire de fría tecnocracia con el que exhibían su presunta superioridad profesional, les permitía dejar las cuestiones ideológicas para tiempos de bonanza. Otros, sustituyendo por aluviones demagógicos oportunistas la meditación y el diálogo sobre las cuestiones que afectan a los compromisos fundacionales de nuestra democracia.

Lo que queda del día

Si el miedo a la reforma ha conducido a veces a la revolución, el desdén por las ideas ha traído consigo ahora la popularidad de insensatas utopías. Los españoles han contemplado, con creciente indignación e impaciencia, cómo se les negaba la dureza de la crisis económica por un gobierno socialista y cómo se les ocultaba la importancia de los valores ideológicos de nuestro periodo constituyente por un gobierno popular. En el empeoramiento de las condiciones de vida de los españoles se han ido manifestando la quiebra de un modelo de convivencia, la impugnación de la unidad nacional, la oleada de casos de corrupción y la pérdida de confianza en nuestra capacidad de vivir juntos y disponer de un proyecto común. Todo aquello que nos hace sentirnos compatriotas unidos en lo fundamental ha sido postergado por la absurda convicción de que los datos del paro, del crecimiento del PIB y de la caída de la prima de riesgo asegurarían la estabilidad del Gobierno. Y, en el otro lado, en el lugar donde debe ejercerse una oposición digna de ese nombre, el PSOE ha infravalorado estos logros indudables para poder hacer de las dificultades objetivas y de los errores de gestión del Partido Popular la manera de provocar su desprestigio y derrota electoral.

Lo que queda del día 24 de mayo, la alargada sombra que proyectará en los próximos años, nos demuestra hasta qué punto se han estado equivocando los dos partidos nacionales mayoritarios. Lo que se ha movilizado en esa jornada ha sido el producto de la desertización cultural, del desarme ideológico, de la liquidación de la crítica intelectual desaparecida hace mucho de los escenarios donde se forja la opinión pública. Las maniobras de corto plazo de nuestros líderes políticos son de una flaqueza cívica aterradora, lo mismo que su despreocupación por los problemas que tiene España para mantener su cohesión y ofrecer a los ciudadanos un necesario sentido de pertenencia. El liderazgo, como se ha dicho tantas veces en esta página, no se sostiene solamente por enfilar una recuperación de las magnitudes económicas positivas. Se apoya, sobre todo, en la capacidad de insertar esa mejora de las condiciones materiales de existencia en una lógica política, en una perspectiva de moral nacional, que es la realización plena de nuestro modelo de democracia representativa europea. Haber separado las ideas de los datos, haber escindido los valores y las cifras, ha sido algo que la ciudadanía no ha podido soportar. Porque, no siendo espectacular el ritmo de recuperación, sus modestos frutos han resultado insuficientes para generar confianza en el sistema que, desde hace setenta largos años ofrece, más que ningún otro, libertad, crecimiento económico y seguridad.

Cuando se ha atacado la unidad de España se ha respondido apelando al cumplimiento frío de la ley, en lugar de impulsar una convicción colectiva cuya transcendencia solo los nacionalistas han sido capaces de comprender. La nación no es una figura simbólica o una solemne invocación retórica para fechas señaladas. Es una realidad que debe vivirse con la ambición de cerrar filas precisamente para combatir una crisis que ha devastado los recursos adquiridos por las clases populares en tantos años de trabajo. Ni el mundo de la política ni el de la cultura han promovido un patriotismo que defienda las razones de España: nuestra larga experiencia compartida, desde luego, pero también la certidumbre de que solo reuniendo nuestras fuerzas podremos salir de estas circunstancias difíciles.

Lo que nos entristece es comprobar la torpeza y la escasa sensibilidad nacional con que se han encarado estos penosos tiempos; lo que nos duele es que se haya pisoteado el modelo de política que construyó la Transición. ¡Que no nos acusen de inmovilistas a los que soñamos con restablecer la actitud cultural y la perspectiva de civilización, con las que convertimos en principios fundamentales de armonía social aquellos que, desde el final de la segunda guerra mundial, constituyen el paradigma indiscutible de una democracia! Es inaudito que, teniendo a mano las mejores razones del liberalismo, el humanismo cristiano y el reformismo socialdemócrata, se haya perdido, por incomparecencia propia, la batalla de las ideas frente a los únicos que parecían ir más allá de las cuestiones coyunturales: el nacionalismo separatista y el populismo radical. Es inconcebible que quienes defienden el patrón occidental de convivencia hayan enmudecido ante los valedores de sistemas políticos fallidos y propuestas solo experimentadas en territorios que nunca han logrado los niveles de prosperidad y de garantías de libertad personal proporcionados por la democracia parlamentaria europea.

Ahora, la perplejidad ha prendido en todos los cenáculos y la desolación se ha hecho cargo de todas las indolencias. Poco conocen a este pueblo quienes creían que podían mantenerlo en perpetua resignación o someterlo a una cura de adelgazamiento de su ansiosa necesidad de valores a los que agarrarse en momentos de peligro. Lo que queda del día es el resultado de haber negado a los españoles la comprensión de lo que les sucedía, que no ha logrado compensarse con sucedáneos como la arrogancia tecnocrática o la demagogia de frase corta. Los españoles deseaban una severa crítica nacional, dura y esperanzada. Deseaban que se les dieran razones con las que combatir el escepticismo y la frivolidad. Deseaban una ardua labor de regeneración que no se limitara a la condena de los corruptos, sino que alcanzara el rango de una extensa reivindicación. La de levantar nuestro futuro sobre aquellos principios que inspiran a las democracias más avanzadas, y que nosotros supimos hacerlos nuestros, hacerlos equivalentes a la idea de España, convertirlos en un orgulloso patrimonio, al que nada conseguirían enfrentar las utopías desmemoriadas ni las rebeliones de salón en tertulias televisivas.

Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Vocento.

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