Lo que quiere España

En ese gran taller de Dios que es la Historia, como le gustaba decir a Goethe, los renglones se han vuelto a escribir torcidos. Aquel Mariano Rajoy de 2004, llamado a ser presidente de la mano de Aznar, ha tenido que pasar su particular travesía del desierto para aparecer hoy ante los españoles como un hombre más hecho, más maduro y con la inestimable enseñanza de la derrota. Perder es, probablemente, la pedagogía más útil del ser humano, cuando deriva y se convierte en marca de humildad. Aquel Rajoy que pudo gobernar un país de economía pujante, se enfrentará, con casi toda probabilidad, a uno de los tiempos más duros que nos ha tocado vivir. Sin embargo, tengo para mí que puede convertirse en una gran oportunidad para España, si, como dijo en su día el candidato popular, se gobierna con determinación para abordar las cuestiones difíciles que deben ser tratadas; se dirige la acción de gobierno con rigor y realismo; y todo ello se lleva a cabo con la mano tendida al adversario político.

La obra que le queda por delante al futuro presidente de España es ímproba. Y teniendo enorme importancia el aspecto material de su gestión, no lo es menos el hacerlo con criterios basados en valores, que permitan de nuevo restablecer el consenso democrático, tan fracturado en el intento de demolición del Estado español que protagonizó José Luis Rodríguez Zapatero. No estamos, por tanto, ante una crisis. Estamos ante una transformación. La España actual es un país en descomposición, donde todos nuestros récords son negativos. Muy a nuestro pesar.

Determinación, rigor, realismo y mano tendida. Está bien como declaración de intenciones. Pero hace falta más. Conviene que el nuevo presidente escuche a la ciudadanía y que trate de entender cómo nos gustaría ser gobernados. Claro que hay que prestar oídos a la indignación que sacude a casi toda la sociedad española. La indignación, de hecho, es un distintivo de la clase media, que cuando se exagera, deriva en fascismo. Pero será bueno que el nuevo presidente preste oídos al afligimiento de la España real. Y lo haga con interés, atención y humildad. Se sabe que vanidad y poder, sobre todo cuando se ejerce a lo largo de muchos años, suele ser una pareja indestructible. La historia nos enseña que toda gran figura tiene su Waterloo, que todo Fouché termina solo en el destierro, que a todos los presidentes les surgen por generación espontánea colaboradores corruptos; que a todo Gobierno de izquierdas le explota un GAL, y a todo Ejecutivo de derechas le embarranca un Prestige. Humildad y sentido de lo provisional.

¿Y qué pide la España real? Por encima de todo, trabajo. La necesidad perentoria de sentirse útil, de generar valor y de encontrar la justa recompensa a su esfuerzo personal. España necesita empleo. Y todos los afanes deben ser orientados en esa dirección.

España quiere educación. Conocimiento para ser competitivos ante los desafíos de una sociedad exigente, veloz y global, en la que nada podemos ser sin la palanca de generaciones formadas en el complejo armazón de la sabiduría del nuevo tiempo.

España clama por una racionalización administrativa que nos haga más eficientes. Organizarse para reducir el gasto público, bajo el principio de austeridad en todo aquello que no sea esencial.

España demanda que se restablezca la división de poderes y que la Justicia recupere la autonomía que la hace menos manipulable. Que el Legislativo recupere aires de libertad y creatividad para servir de verdad a quien representa.

España precisa ilusión. Aspira a un horizonte de progreso y avance, al mismo tiempo que se abandona el pesimismo, y ese aire trágico de lo cotidiano que nos ha acompañado en los últimos tiempos. Los españoles queremos políticos que se muevan por esa vocación del bien común y respondan a aquella máxima de San Agustín, en la que solicitaba que en lo esencial, unidad; en la duda, libertad; y en todo, amor. Es eso, exactamente eso, lo que deseamos los españoles: unidad para sacar al país adelante, para sentirnos fuertes en la adversidad, para demostrar que, por encima de todo, somos un país de 47 millones de habitantes y no la suma de 17 autonomías. En otras cuestiones menores, muchas de ellas vinculadas al espacio privado e íntimo, queremos libertad. Y en todos los casos, aspiramos a hacerlo en un ambiente de tolerancia, fraternidad y respeto mutuo. Viejas palabras, todas ellas, que adquieren nueva dimensión y fuerza en el momento crucial que vivimos.

De ahí que no se podrá entender, tras la jornada de hoy, que la calle esté contra el Parlamento. Porque en muchas ocasiones, y conviene denunciarlo sin ambages y sin complejos, la calle es ocupada por una minoría que pretende imponerse a la mayoría que de manera aplastante se pronuncia en las urnas. A la espera de conocer la aritmética final de esta jornada, no se entenderá bien que el nuevo Gobierno tenga enfrente una calle alterada, tras un respaldo unánime de la sociedad española.

Por eso va a ser crucial el estado en que quede el PSOE. España más que nunca necesita un Partido Socialista comprometido con el futuro de los ciudadanos. Un partido que, sin abdicar de la leal y necesaria fiscalización de la acción del Gobierno, ofrezca a los españoles su mano tendida para aprovechar lo que puede ser una gran oportunidad de recuperar la posición que habíamos alcanzado en el arranque de la primera década de este siglo.

Los tiempos no le van ayudar a Mariano Rajoy, en caso de que finalmente los ciudadanos depositen en él la confianza para capitanear esta nave que se mueve en aguas tan procelosas. Justo o no, esa es la realidad. Mas no debe cejar en su empeño. Ni aunque le planten una oposición extraparlamentaria en la calle. O con Europa haciendo la pinza, sin pretenderlo.

Que nadie espere, tampoco, un efecto benéfico inmediato. No todo se arregla cambiando a Zapatero por Rajoy. O al PSOE por el PP. Usted y yo también tenemos responsabilidad. Incluso en esa necesaria vuelta a la austeridad en lo privado. Saldremos, seguro. Pero la convocatoria es universal: para el nuevo Gobierno, para la oposición y para todos y cada uno de nosotros que debemos saber que la democracia no es una sopa boba para vagos y que estamos obligados a mantener una actitud activa, responsable y crítica.

Los renglones torcidos de Dios le ofrecen a Mariano Rajoy la oportunidad de regenerar España. Tal vez le haya ocurrido como a Churchill, que toda su vida haya sido una preparación para asumir la responsabilidad de salvar a su patria. Sólo desde la ejemplaridad se puede convocar a esa tarea a los ciudadanos. Es por ello que debe hacerse desde un rearme espiritual y moral. Tendrá que apelar a los grandes valores metafísicos, desde la trascendencia del hombre, y es así como se pueden hallar fuerzas y empuje moral para salir del atolladero.

Por Bieito Rubido, director de ABC.

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