Lo que un médico militar puertorriqueño recuerda de la guerra

El puertorriqueño Rafael Matos es un veterano de la guerra Vietnam. Durante 1967 fue un médico militar. Credit Todd Heisler/The New York Times
El puertorriqueño Rafael Matos es un veterano de la guerra Vietnam. Durante 1967 fue un médico militar. Credit Todd Heisler/The New York Times

Los médicos militares nunca lo olvidan: la apariencia, el olor, la textura de la sangre que fluye. Las extremidades mutiladas. Observar con impotencia el momento en que la vida se transforma en muerte. Cincuenta años después, los recuerdos aún se filtran en mi alma, como si una sonda intravenosa los liberara y me veo esperando, herido, a que inicie la evacuación en un paraje vietnamita.

Entonces, en 1967, en Puerto Rico, mi país de origen, no tenía idea de en qué me había metido cuando decidí enlistarme en el ejército de Estados Unidos en vez de esperar a que me reclutaran.

Quería ser médico, pero no podía pagar la colegiatura. Los reclutadores me prometieron capacitación en ciencias médicas y el ejército mantuvo esa promesa… apenas. Después de capacitarme en Texas para ser paramédico de campo o asistente médico, atendí a los pacientes de una clínica durante una semana. Eso fue todo. Mi orden de desplazamiento a Vietnam había llegado. Un sargento de provisiones me entregó una pistola calibre 45. Cuatro semanas después, en junio, ya estaba en Da Nang.

Tendría un puesto como médico militar del Primer Escuadrón, Primera Caballería, Primera División Blindada. Nadie me entrenó para usar el arma, pero no creí que fuera necesario, pues mi trabajo solo consistiría en mantener vivos a los soldados heridos.

Fui ingenuo. En guerras anteriores, los médicos militares habían llevado una cruz color rojo intenso en los cascos y no habían portado armas, pero en las selvas de Vietnam y en las emboscadas de pequeñas unidades ese símbolo les servía de blanco a los francotiradores. Por eso remplazaron la cruz con un arma de fuego.

Había pasado una semana desde mi transferencia cuando me llegó el rumor de un hecho escalofriante: se esperaba que los médicos en Vietnam soportaran seis meses arduos en el campo de batalla. Un sargento curtido en el combate me aconsejó: cuídanos bien y nosotros te cuidaremos a ti. Otros médicos me confirmaron que, si sobrevivía seis meses sangrientos, después quizá me rotarían a un hospital de campaña en una base militar grande, donde tendría regaderas, tres comidas calientes al día, pases para ir a la ciudad, bares tiki en la playa de Da Nang.

Sin embargo, hasta que llegara ese momento estaría en una de las zonas de guerra más conflictivas, apoyando a la tropa en misiones de búsqueda y destrucción, así como a convoyes de provisiones a lo largo de la letal carretera nacional 1A. Mucho antes de nuestra llegada, el ejército francés la había llamado la “Calle sin alegría”. De manera justificada.

En Chu Lai, una base aérea de la marina de Estados Unidos en esa carretera que era nuestro hogar, me uní a tres médicos de campo: Wayne Freeman, Eddie Dickson y Simon Britts. Básicamente vivíamos dentro de un transporte de tropa blindado reservado para médicos, recorriendo la asediada zona central de Vietnam detrás de unidades de infantería mecanizadas, atendiendo y evacuando a los heridos y los muertos.

Las primeras cinco semanas fueron fáciles; me la pasé vigilando los perímetros de arsenales y campamentos en las cimas de los cerros. Con la excepción de los disparos frecuentes, era un trabajo seguro. Incluso había oportunidad de ir a las aldeas a ofrecerles a los ciudadanos atención médica sencilla, una actividad que, según los militares de alto rango, ayudaría a ganarnos la mente y el corazón de la gente. A veces salíamos a patrullar en tanques para buscar unidades de guerrilla ocultas en aldeas remotas o campamentos secretos dentro de las selvas de las laderas de la cordillera Annamita. No encontramos muchas, pero eso nos permitió conocer la tierra, sus olores, sonidos y peligros.

Los arrozales apestaban a agua estancada, la selva a humus y vegetación silvestre. De vez en cuando, un francotirador nos apuntaba o una unidad de infantería de avanzada caía en una emboscada con armas de bajo calibre; vendábamos heridas poco profundas de bala o trampas explosivas. Aun así, la quietud y la ausencia de combate pesado en la selva nos hizo creer que la guerra no era tan mala como la anunciaban.

Sin embargo, lo era. Conforme pasó el verano, las pequeñas escaramuzas de la guerrilla se fueron disipando, pero los soldados veteranos y bien entrenados del ejército norvietnamita se estaban infiltrando en secreto a través de las costas centrales, preparándose para la próxima ofensiva del Tet.

Para cuando llegó el otoño, el combate pesado se desataba en Chu Lai y Tam Ky, dos centros costeros clave de la guerra. En la Primera División Blindada, ahora parte de la 23° División de Infantería, comúnmente conocida como la División Estadounidense, los médicos combatían todos los días porque la lucha se había vuelto constante y sangrienta; el enemigo lanzaba morteros, granadas propulsadas por cohetes y disparaba ametralladoras poderosas. Cuando los soldados de infantería salían de sus vehículos para pelear, nosotros esperábamos justo afuera de la batalla en nuestra unidad de transporte hasta que nos llamaban para entrar a la zona de guerra, bajo fuego, tratar a los heridos donde caían y después sacarlos inmediatamente de ahí.

Ahora nuestro trabajo consistía en atender múltiples heridas de bala, aplicar torniquetes a los muñones de piernas amputadas por minas y vendar cuerpos mutilados por metrallas. Caían morteros cerca de nuestro transporte blindado. Las balas zumbaban a nuestro alrededor y rebotaban en los fuselajes de los helicópteros mientras subíamos en ellos a los heridos. Mientras subíamos los cierres de las bolsas de cadáveres de nuestros compañeros caídos, la muerte se convirtió en una realidad cotidiana.

En dos ocasiones, dos de nuestros médicos resultaron heridos por metrallas mientras nos acercábamos a los grandes tiroteos. Para octubre, teníamos que esperar tan cerca de las zonas de combate que inevitablemente más médicos terminaron muriendo.

Antes de que el conflicto entrara a su fase más intensa, algunos aspectos de ser médico militar resultaban extrañamente mágicos. Éramos nuestros propios jefes. Dormíamos en nuestro vehículo sobre camillas manchadas de sangre entre cajas de medicamentos y municiones. Escuchábamos música rock mientras íbamos de camino a las batallas pequeñas. No nos cortábamos el cabello ni pulíamos nuestras botas. No importaba si nos rasurábamos o no. Nos bañábamos en el río. Solo cuidábamos meticulosamente a los soldados rasos.

Venían a pedirnos un analgésico Darvon o polvo para pododermatitis, o simplemente llegaban a compartir un cigarrillo o una cerveza tibia con los “docs”. Dábamos lidocaína para las ingles irritadas, vacunas de tétano y emulsiones para piojos y ladillas. Los regañábamos cuando no se tomaban las pastillas antimalaria. Los reprendíamos por la mala higiene, fumar demasiada marihuana o no tener cuidado en los prostíbulos de las aldeas. Éramos sus “mamás masculinas”.

La camaradería me sedujo, sobre todo por ser hispano. Muchos de los soldados eran del sur profundo de Estados Unidos y no podían entender por qué un tipo que venía de un paraíso caribeño se había ofrecido para servir en el ejército. Se burlaban de mi acento, pero se calentaban con el ron que llevaba en mi bolso. Me abrazaban fraternalmente cuando los atendía. A veces fingían estar enfermos. Cuando les decíamos que podían regresar a la batalla, nos guardaban algo de rencor en silencio, hasta que llegaba el siguiente tiroteo.

El rango no era muy importante. Durante y después del combate, los oficiales, sargentos y soldados rasos se consolaban y se consultaban. Desde luego, con la intimidad se rompían las reglas, como cuando un sargento de infantería me ordenó que entrara a un túnel para ver si acechaba un guerrillero. Le reclamé que yo era médico, pero insistió. Por suerte, la guarida estaba vacía.

En otra ocasión, un teniente inexperimentado nos vio dándole plasma a un herido que parecía ser del Vietcong. Me ordenó que no “desperdiciara” suministros médicos con el enemigo, pero en Fuerte Sam Houston me habían enseñado que, en el combate, un médico podía desobedecer a un oficial en cualquier situación para salvar vidas. Ignoré su orden. La corte marcial con la que me amenazó jamás se hizo realidad.

Cuando me enlisté, no era pacifista. Sin embargo, lo que experimenté durante esos primeros cinco meses despejó mi ignorancia sobre las degradaciones de la guerra.

No puedo olvidar las muchas veces en que llegábamos a una aldea con tanques, despliegues de fuerza y encendedores Zippo para prenderles fuego a los hogares humildes de los campesinos. Todavía puedo ver a un viejo campesino, arrodillado y con lágrimas en los ojos en su campo de arroz pisoteado mientras sostenía en las manos unas plantas destrozadas.

Recuerdo un monzón durante el cual solo tuvimos dos camillas con las que cargar los cuerpos de media decena de nuestros compañeros muertos hasta la zona más cercana de aterrizaje de helicópteros. Con el tiempo tan limitado, tuvimos que arrastrar sus cuerpos a través del lodo espeso sin ser muy cuidadosos: una escena de terror que aún me perturba. Ellos habían sido mis hermanos en el combate. ¿Qué habría sentido su familia de haber presenciado eso?

Jamás pude disfrutar los placeres de las estaciones militares en Da Nang, Nha Trang, la bahía de Cam Ranh, ni siquiera de los de la antigua Saigón.

Casi cinco meses después de haber llegado —tan solo a semanas de que por fin pudiera alejarme del constante peligro del combate— acompañamos a un grupo que arrasaría con tropas norvietnamitas en una estrecha franja de tierra de 69 kilómetros de largo que llamábamos Isla Cigarro, al norte de Chu Lai. Cuando el combate se intensificó en una aldea remota de pescadores llamada Binh Thinh, una granada cayó en nuestro transporte blindado, que estaba estacionado. El costado izquierdo del vehículo estalló en pedazos y me desprendió la pierna derecha. Los cuatro médicos estábamos heridos y toda la tropa se quedó sin sus “docs”. Unos 25 soldados de infantería y tripulantes de tanques murieron ese día.

Así salí del combate: en un helicóptero de evacuación, drogado con morfina, desangrándome casi a morir con una pierna destrozada y envuelta en vendas ensangrentadas. Mi compañero médico Simon Britts me las había puesto durante la batalla, aunque él también estaba herido y todavía estábamos bajo fuego. Lo pusieron en una lista para otorgarle una Estrella de Plata por su valentía, pero jamás la recibió. Se perdió el documento.

Más tarde, mientras estaba recostado en una camilla en una sala de cirugía, la pistola se salió de mi bolsillo y cayó al suelo. Impresionó mucho al cirujano y las enfermeras y llamó la atención de un capellán. Se acercó y oró con una mano sobre mi cabeza; supuse que era la extremaunción. Después dijo: “Estarás bien, hijo. Ahora estás en buenas manos”. Solo esperaba que se refiriera a mis cirujanos y no a Dios.

Pasé de una sala de operaciones a otra hasta que llegué al centro médico Walter Reed, para pasar un año de rehabilitación. Estuve ahí en 1968 cuando asesinaron al reverendo Martin Luther King Jr. y se desataron disturbios en Washington. A los soldados les dijeron que se quedaran dentro del hospital, porque los veteranos de Vietnam no eran muy apreciados por los estadounidenses que se habían rebelado contra la guerra.

La guerra me había enseñado a despreciar todas las armas de fuego. Después del entrenamiento básico, la única ocasión en la que apunté y disparé una fue en un viaje de regreso a Vietnam en 2004 para ayudar a filmar un documental acerca de un veterano —yo— que regresa a la escena de guerra. En una galería de tiro para turistas, disparé contra un muro con una AK-47.

Ese viaje despertó recuerdos. El equipo de filmación recorrió en una camioneta desde el sur de Hanói hasta el delta de río Mekong y nos detuvimos donde había estado comisionado como soldado. Los vietnamitas fueron amigables e indulgentes. El chofer de autobús, un excoronel norvietnamita de artillería dijo: “Nadie ganó ni perdió la guerra estadounidense. Todos simplemente hicimos lo que nos pidieron en ese entonces”.

Después llegamos a Binh Thinh. Comencé a narrar el ataque en el que resulté herido. De pronto, comencé a salivar y mi mente se bloqueó. Me senté en la arena y lloré. En una reviviscencia, desperté a los muertos y a los heridos de aquel día salvaje.

Los recuerdos inesperados aún me acechan. En un restaurante puedo estresarme si huelo un filete sangriento. En un cine, de repente puedo imaginar el aroma de la pólvora y la cordita en el aire.

Quince médicos del ejército de Estados Unidos recibieron la medalla de Honor durante la guerra de Vietnam, la mayoría de manera póstuma. De acuerdo con el portal 1st Cav Medic, el muro dedicado a los Veteranos de Vietnam menciona a 2096 médicos del ejército y ayudantes médicos navales, nuestros pares en la Armada y la Marina, que murieron o se extraviaron en el combate. Miles más como yo resultaron heridos, todos en una guerra que ahora considero innecesaria.

Una guerra que me sigue acompañando.

Rafael Matos es exreportero de The Associated Press y profesor de medios digitales. Es autor de Sai Gon Song, una novela multimedia acerca de Vietnam.

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