Lo que verdad importa

No es casual que las mayores corporaciones empresariales tengan su origen en los grandes espacios económicos del mundo. Las ventajas de contar con un mercado homogéneo de gran tamaño les permiten crecer a través de la innovación para después exportar desde posiciones de dominio de mercado. ¿Por qué apenas anidan en Europa las grandes compañías innovadoras? La respuesta es muy sencilla: porque el mercado interior europeo, siendo formalmente único, en realidad está fragmentado por intereses absurdos de muchos países, por lo que no alcanza en homogeneidad un tamaño suficiente.

Las organizaciones empresariales europeas llevan mucho tiempo clamando por un mercado verdaderamente único, con objeto de sacar a relucir nuestras mejores esencias competitivas y beneficiar con ello el crecimiento de la economía y del empleo. Aunque lentamente, la UE sigue avanzando hacia dicho objetivo y desde luego las voces que se oponen pertenecen a colectivos radicales o a nostálgicos de situaciones proteccionistas.

En todo caso, el mercado común europeo, aún incompleto, es un gran éxito histórico: desde sus inicios con el carbón y el acero hemos sido capaces de eliminar las barreras comerciales que separaron por siglos a las naciones europeas, y que tan desastrosos resultados produjeron.

Por otra parte, en las últimas décadas el mundo ha avanzado como nunca hacia una economía globalizada que ha favorecido el mayor crecimiento económico y exterminación de pobreza de la historia de la humanidad.

Siendo obvio, según la doctrina económica, amén de estar empíricamente demostrado, que la libertad económica y por tanto los mercados abiertos son consustanciales con la prosperidad de las naciones, España representa un modelo paradigmático al respecto. En apenas unas décadas –desde principios de los pasados años 60– hemos pasado de ser un país subdesarrollado a formar parte de la veintena de países más desarrollados del mundo: un formidable logro histórico sin igual en Occidente que ha sido posible al hilo de la liberalización de la economía acontecida en tres fases sucesivas:

Plan de Estabilización de 1959 –en realidad de liberalización– que acabó para siempre con los fielatos de los pueblos y ciudades y liberalizó interior y exteriormente nuestra economía.

Integración en el Mercado Común Europeo, que lejos de perjudicar, como algunos creían, nuestra economía, la ha modernizado y fortalecido como muestra nuestro recurrente superávit comercial.

Creciente participación en la economía global de la que felizmente cada vez dependemos más y mejor.

Llegados hasta aquí hay que señalar algo asombrosamente inaudito y cada vez más perjudicial para la prosperidad de España: la fragmentación, en auténticos reinos de taifas comerciales, de nuestro mercado nacional debido a una enorme y todavía creciente producción normativa de las comunidades autónomas que llevó al Gobierno de la anterior legislatura a promulgar una Ley de Unidad del Mercado para paliar una incontinencia legislativa encaminada al siglo XIV. ¿Habrá existido a lo largo de la historia moderna algo parecido en el mundo civilizado? En tiempos de libertad y apertura comercial en Europa y en el mundo, España ha decidido ir contra corriente, como cuando gritamos aquel vergonzoso Vivan las cadenas que nos segregó durante casi un siglo del mundo moderno e ilustrado que estaba emergiendo.

La explicación a tanto desmán regulatorio tiene dos componentes:

1. No ha sido fruto deliberado de los políticos de turno, simplemente han actuado con miopía sin sopesar las consecuencias de sus actos.

2. Los políticos que han fragmentado nuestro mercado nacional, seguramente ignoran las dramáticas consecuencias que tiene para la creación de empleo bien remunerado y estable, que únicamente es posible a través de la innovación y la exportación que requieren significativas dimensiones empresariales que la fragmentación pone en cuestión.

De ser ciertas estas explicaciones, sería obligado que el Parlamento se ocupara, por fin, de algo realmente serio y decisivo para nuestro mejor futuro: el desbloqueo de la fragmentación de nuestro mercado nacional y de todos los obstáculos que frenan el crecimiento del tamaño de nuestras empresas y con él la posibilidad de disfrutar de un crecimiento sano, innovador, competitivo y sostenible.

No basta con aceptar sin más la reciente sentencia del Tribunal Constitucional a favor de la fragmentación de nuestro mercado, ni anunciar una nueva y posible ley a favor del tamaño empresarial: es urgente que haya un debate ¡con luz y taquígrafos! sobre un tema tan crucial del que dependen otros como la deuda pública, las pensiones… para que al menos los españoles sepan que políticos están a favor o en contra y por qué de la libertad de mercado y la consecuente prosperidad que engendra. Porque con luz y taquígrafos es impensable que nadie –ni siquiera los más populistas europeos están a favor de fragmentar sus mercados, a lo sumo los quieren proteger del exterior– defienda tamaño desvarío. Y si lo hacen, la sociedad civil sabrá al menos quienes son, para votarlos o no en las siguientes elecciones.

Jesús Banegas, presidente del Foro Sociedad Civil.

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