Lo que viene después del 16-N

Por Joaquín Almunia, diputado del PSOE (LA VANGUARDIA, 19/11/03):

Tras las elecciones del domingo todos los partidos han alegado su satisfacción por los resultados. Maragall ganó en votos, Mas lo hizo en escaños y los que obtuvieron menos respaldo han mejorado sus porcentajes respecto de 1999 gracias a nuevos apoyos que antes habían ido a parar al PSC o a CiU. Por una vez, nadie tuvo que fingir falsas alegrías la noche electoral.

Pero como siempre ocurre, unos triunfaron más que otros. Quien se ha llevado la palma esta vez ha sido Esquerra Republicana. Carod- Rovira tiene en sus manos la decisión del gobierno de Catalunya durante los próximos cuatro años. Su posición es clave y su responsabilidad muy grande. Del uso que haga de sus 23 escaños dependerá la continuidad al frente de la Generalitat basada en la coalición CiU-ERC o la formación de un gobierno de cambio bajo la presidencia de Pasqual Maragall. ¿Hacia dónde se inclinará la balanza? ¿Qué razones llevarán a Esquerra a optar por unos y no por otros?

Hay respuestas para todos los gustos. Lo probable es que hayan sido los antiguos electores de Pujol quienes más han aportado al ascenso del partido de Carod. Pero, ¿significa eso que ERC será más proclive al pacto con CiU? No es seguro, porque si se mira desde otra óptica, ¿no es cierto que el mandato recibido por Esquerra Republicana de Catalunya le obligaría a construir con el PSC e Iniciativa una alternativa de cambio a la anterior mayoría?

Al final, lo relevante será el margen de que dispongan los dos partidos mayoritarios para acomodar las demandas de ERC. Habrá que ver si demuestra más flexibilidad un partido nacionalista como CiU, pero con unas bases de centroderecha y unos fuertes vínculos con el actual gobierno del PP en Madrid, o un partido como el PSC, más próximo ideológicamente a Esquerra pero federado con el PSOE. En todo caso, durante las próximas semanas vamos a asistir a un toma y daca apasionante, que no sólo va a configurar el futuro inmediato de Catalunya, sino que influirá sobre el conjunto de la política española. ¿Y cuáles son las consecuencias sobre ésta de los resultados del domingo? El PP se ha apresurado a hacer una lectura mezquina, basada en su habitual neurosis antisocialista. “Si no gobierna Maragall, eso perjudica a Zapatero, y por lo tanto nos beneficia”, han venido a decir. Pero por si acaso Maragall acaba presidiendo la Generalitat, advierten sobre el radicalismo de ERC, augurando una reedición catalana del plan Ibarretxe. ¿Prefieren entonces un gobierno CiU-ERC? Como el perro del hortelano, “ni comen ni dejan comer”. Pero no hace falta caer en los lúgubres presagios que maneja la derecha estatal para reconocer que el panorama autonómico se ha complicado. Cualquiera que sea la composición del próximo gobierno catalán, las relaciones entre Barcelona y Madrid van a cambiar. A corto plazo aumentará la tensión y ello podría extenderse a toda la legislatura, a menos que los interlocutores fuesen Maragall y Zapatero. Una hipótesis que sigue siendo posible, pero que sin duda es menos probable que hace una semana.

Las salidas, por tanto, no son fáciles. Los vientos sembrados por la actitud agreste del PP, enfrentándose por sistema a la oposición, a los nacionalismos y a las autonomías no gobernadas por su partido, amenazan con producir tempestades. El partido del Gobierno, ahora con Rajoy, se ha enrocado en una defensa del statu quo, una actitud que le incapacita para conquistar adeptos fuera de sus filas y que genera rechazos por doquier. Frente a su obsesión por cerrar el paso a cualquier modificación del actual modelo autonómico, un momento como el actual demanda el impulso de una “segunda transición” autonómica, por utilizar el eslogan que utilizó en su día Aznar. Pero desde el año 1999 su Gobierno viene haciendo exactamente lo contrario. Y así nos va.

Porque la adaptación del Estado de las autonomías a las nuevas realidades y a las nuevas demandas es cada vez más necesaria, y para llevarla a cabo se requieren una valentía, una altura de miras y unas dosis de sentido común de las que carece el PP. Ante los problemas que se acumulan sobre la mesa, en vez de actitudes cerradas se requiere flexibilidad. Y frente al “sostenella y no enmendalla” que tanto gusta a la derecha, se echa de menos la capacidad de ceder en algo para poder construir entre todos lo que caracterizó los mejores momentos de la transición, cuando se pusieron los cimientos del título VIII y de los estatutos de autonomía. Hay diferencias evidentes entre los dos grandes partidos estatales. Frente a los partidarios del consenso a cualquier precio, es bueno que el PSOE se desmarque del Gobierno en este terreno y afirme su propia posición. Para hacer frente a lo que se avecina, la defensa de la España plural que viene propugnando Zapatero es mucho más realista y responsable que las posiciones inflexibles del Gobierno del PP, por más que éste se arrogue la defensa en exclusiva de la Constitución y del Estado autonómico. Por decirlo en una frase, Santillana del Mar es mejor que Quintanilla de Onésimo.

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