Lo sagrado, lo ausente

Añoro un mundo que me fue dado conocer nada más que en sus cenizas: los libros. Aquel mundo en el cual la inteligencia no precisaba fraccionarse en credos, ni etiquetarse de creyente o laica. Se segmentaba sólo en esquirlas de inteligencia: porque nada más que el concepto pone frontera al concepto.

5 de marzo de 1944. La larga conversación, la promueve Marcel Moré, absorto en su proyecto de revista, por nombre poco equívoco Cahiers Dieu Vivant, bajo el tópico de una Discusión sobre el pecado. Pierre Klossowski la introduce, con un fulgurante recorrido por el inédito Acerca de Nietzsche de Georges Bataille. Están allí, además de ellos, Jean Hyppolite, quien lo fue todo en la Universidad francesa, el por entonces aún sólo «padre» Daniélou, el teólogo Maurice de Gandillac, algunos de los pocos clásicos vivos de su tiempo, Jean Paulhan, Jean-Paul Sartre, Gabriel Marcel, Maurice Merleau-Ponty… Las cabezas más altas del pensar francés, creyente y no creyente. La fe o no poco cuentan allá donde impera la inteligencia.

Recordaré, en medio de la tan descerebrada rebatiña sobre clericalismos y anticlericalismos en la triste España de mi tiempo, unos pocos momentos memorables del debate:

–Georges Bataille: «Sólo nos queda el hablar en la noche, al azar, y no tener más que una devoción: la muerte… Nietzsche dice que hay que percibir lo trágico y poder reírse de ello».

–Jean Daniélou: «Esa tensión trágica entre el pecado y la santidad es lo que acerca al santo y al pecador, por oposición a aquellos que se quedan en un dominio moralista».

–Jean-Paul Sartre: «Cuando el padre Daniélou habla del pecado habla de algo que para él tiene una significación clave. Cuando pregunta si el pecado está más cerca de Dios o si de una apertura más grande a la criatura, el pecado tiene para él un sentido preciso. Sentido que se refiere al conjunto de la vida cristiana. Cuando usted, Bataille, habla de pecado, parece que, bajo el exceso de una palabra, hablara de cosas diferentes… Entonces, la posición se vuelve bastante delicada».

–No, no delicada, replica, instantáneo, Bataille: «Yo hablo desde una posición insostenible… ¿Hay algo que signifique algo?».

–Una posición –ésta a la cual el autor de la Summa ateológica llama «insostenible»– que «tiene una necesidad absoluta de la religión cristiana, porque ésta le resulta indispensable para impugnar la posición cristiana», acota, con sabia elegancia, Hyppolite.

Podría seguir. No hay un instante, en esa sobremesa del 44, en el que no brille el genio. Y la constancia que Hyppolite explicita: en nuestro horizonte de pensar, el cristianismo es la condición aun de nuestro anticristianismo. Eso que yo alguna vez he tratado de formular: que mi ateísmo es una específica herejía teológica cristiana.

Un ateo paradójico, Bataille, charla apacible –y sabiamente, es lo esencial– con un futuro cardenal y obispo –además de Académico–, Daniélou, a través de la mediación de un ateo tan poco dado a dramatismos como Sartre. Profesores ilustres, como Hyppolite, e ilustres pensadores, tan confesionales como Gandillac y Gabriel Marcel, matizan eruditamente. Y todo pasa en una quietud anímica inviolable. La inteligencia de nada vive que no sea de cortesía.

Lo sepan ellos o no, algo fluye, común, bajo quienes han ejercido en occidente la tarea a la cual Heráclito primero y enseguida Platón llamaron filosofía: la escritura. Que es lo sagrado: aquello en lo cual los humanos buscan ver reflejada su imagen; y en lo cual fracasan, porque lo que queda escrito no es más que la ceniza de cuanta vida hubo en ellos. Y ese sagrado no es cosa de creencia. Ni de descreimiento. Lo es de sombra y desasosiego. De misterio. Lo sagrado es aquello a lo cual nuestra creencia no llega. Ni nuestra duda. Más allá de conciencia y aun de sospecha, lo sagrado nos atormenta con el pestañeo de lo que nunca podremos fijar en imagen clara. Eso lo hace intemporal. Y necesario. Aunque sepamos que no existe más que como el más íntimo de nuestros fantasmas: aquel cuyo existir ni siquiera sospechamos. Sin ese agujero negro dentro de nosotros, tendríamos la dureza que añoramos. Y la opacidad.

«Vuélvese más extraño el mundo a medida que envejecemos», medita T. S. Eliot en uno de los momentos mayores de la poética del siglo XX. «Y más complicada la trama de muertos y vivos». O sea, la incontable torrentera de cadáveres de nosotros mismos a la cual llamamos nuestra vida. Y si el que escribe lo hace siempre a la orilla de lo sagrado, es porque sabe que el escribir naufraga siempre: «Porque sólo se aprende a dominar las palabras / para decir lo que uno ya no quiere decir / o para decirlo como a uno no le gusta ya decirlo». El escritor, al cual Eliot evoca, es sacerdote de un culto al Dios en fuga. Y la pureza del poeta naufraga en herejía siempre: «Le dije a mi alma, quédate quieta, / deja que te anegue la oscuridad porque será la oscuridad de Dios». Y en esa oscuridad, el poeta abandona toda «esperanza de volver». También en la desesperanza –quizá más que en ningún lugar en ella– reside el corazón de lo sagrado. «Sólo no nos engaña lo que, siendo / engañoso, no puede ya dañarnos»: ese fósil depósito de la poesía, que miente diciendo «miento». Tal, lo sagrado humano: la finitud empeñada en invocar lo infinito. Y que, al nombrarlo, lo pierde. Sin mentirlo. No hay escritura laica en que no suene el canto oscuro de lo sagrado.

Lo sagrado no es esta religión o esta otra. No es esa irreligión o aquella. Lo sagrado es la aporía de dar nombre a lo que no lo tiene, el absoluto, en la lengua de un animal precario: nosotros. Digamos lo que digamos, somos presa de la falla. De esa falla a la cual los conversadores de un 5 de marzo de 1944 llamaban pecado. Esto es, Dios sub specie absentiae. «Dios ausente» de Pascal: ese absoluto que sólo nos es dado atisbar en la perseverancia mundana del fracaso. Que es la lección primordial de ser un hombre.

Gabriel Albiac, filósofo.

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