Locura animalista

En las últimas semanas hemos asistido a una agresión un tanto sin sentido de grupos animalistas o, como se autodenominan, «anarquistas», también llamados ecoterroristas, a la propia sede del Colegio Oficial de Veterinarios de Madrid. Sí, es cierto. En las redes se pueden ver fotos y pruebas de ello. Nos han arrojado pintura roja a nuestra blanca puerta de la calle Maestro Ripoll, y nos han dejado unas notas con mensajes alusivos. Claros y contundentes. Para todos los veterinarios.

Digo que esto es «sin sentido» pues nuestro Colegio siempre ha defendido el bienestar animal, y sin embargo se nos acusa de «mecanicistas y productivistas». Se nos acusa de convertir animales en recursos, en herramientas y mercancías; pero a la vez se nos acusa curiosamente de realizar selección animal, de realizar controles sanitarios, de mejorar la producción animal… ¡Qué barbaridad!

En el comunicado que nos han pegado en la puerta hay una frase final sin desperdicio: «Cualquier progreso tecnológico que permita controlar la descendencia de los rebaños se ve acompañada por la promulgación de nuevas normas a través de las cuales el Estado amplía su influencia sobre el trabajo y la vida misma». Realmente esta última frase lapidaria y filosófica me ha dejado perplejo a la par que dubitativo y patidifuso; pues si la aplicamos en su amplio sentido, podría encerrar consecuencias terroríficas. He dormido intranquilo varias noches dando vueltas a esta frase.

Los veterinarios hoy día conforman un colectivo profesional bastante variopinto, aunque todos ellos, en el fondo y de forma intrínseca a su vocación, tienen un gran amor a los animales, de los cuales y pese a quien pese viven muchos de ellos. Hay muchos veterinarios que trabajan en clínicas de animales de compañía y se dedican a su salud y cuidados; otros muchos trabajan en el campo, atendiendo a los diferentes tipos de ganadería, extensiva o intensiva; otros trabajan en la Administración de comunidades autónomas, bien en ganadería o salud; los primeros supervisando movimientos ganaderos y sanidad animal; los segundos, inspeccionando mercados, industrias alimentarias o mataderos. Hay veterinarios en los ayuntamientos, en las Fuerzas Armadas, en los puntos fronterizos del país, en la enseñanza, en la investigación. Los hay que trabajan en «oenegés», en albergues, protectoras, medioambiente... Algunos pocos también van a inspeccionar la carne de animales abatidos en cacerías, también asisten a los espectáculos taurinos, inspeccionan fábricas de hamburguesas o salchichas, e incluso tienen otras tareas menos románticas. Todos cumplen un papel social igual de importante en nuestro entorno. En el fondo, son responsables de muchos de nuestros alimentos, su producción y calidad, del medio ambiente, de nuestra salud, de nuestro ocio, de nuestros animales… Pero a todos les une algo importante y muy personal: les une su vocación de servicio y ese amor a los animales.

Por todo ello, no entiendo esta agresión a nuestra profesión. Me pueden atacar o criticar personalmente como cazador, lo acepto; aunque considero que los cazadores también aman y cuidan a la naturaleza. Como taurino, también lo acepto; y sobre estas aficiones he disertado y discutido en muchas ocasiones con amigos y colegas. Actividades hoy mal vistas por muchos, pero legales y reglamentadas totalmente. Aunque mal comprendidas y vilipendiadas en el entorno urbano, incluso por nuestros gobernantes.

¿Por qué es así? Por la muerte de animales en ambos casos. ¿Por su sufrimiento? ¿Quién no sufre hoy? ¿Qué animales sufren y cuáles no? El caballo en el hipódromo, el toro en la plaza, el perro en el trineo, el mulo con su carro. En el caso de los animales silvestres, ¿no pasa hambre el buitre en primavera, frío el zorro en invierno, calor el ciervo en verano?

Para los animalistas, que nos igualan como especies del mismo ecosistema, los hombres y animales sufren en su trabajo, en el deporte y en la vida. Si quieren nos hacemos todos iguales, todos podremos ser depredadores y presas, sufrir hambre, frío, calor, sed. Esto solo se entiende en el medio rural, en el «campo silvestre»; y por ello, por mi origen rural y mi vocación campestre, para mí es fácil de entender. No así para los urbanos. Esos urbanos legisladores que nos dicen lo que hay que hacer, que no entienden lo de cortar las orejas a un perro de «agarre», o el rabo a un perro de madriguera; y sin embargo nos conminan a esterilizar a nuestras mascotas para evitar el «abandono». En román paladino, las orejas y rabo ni tocarlas, pero los cojones los cortamos.

Yo acepto la crítica, me pongo en el lugar de casi todo; pero, por favor, a la profesión veterinaria, no. A esa no la ataquéis, que no os puedo dar la razón. No podéis ser más papistas que el Papa. Por muy anarquistas que os autoproclaméis, defensores de la vida, de los animales y de la ecología. Jóvenes idealistas con ganas de salvar al mundo. Continuad vuestra labor por otro lado, seguid cobrando subvenciones y ayudas, luchad por vuestras ideas apoyados por la sensiblería urbanita, esa que se espanta ante la sangre animal y es fría y dura con la violencia y la muerte de las personas. Nosotros seguiremos velando por vuestros animales y os procuraremos alimentos saludables.

Manuel Pizarro Díaz es Catedrático de la UCM.

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