Logófobos y misólogos

George Orwell imagina, en su novela 1984, un encuentro del protagonista, Winston Smith, con su colega Syme, otro funcionario del Ministerio de la Verdad, un filósofo que trabaja en la undécima edición del Diccionario de la Neolengua, que podría ser «la definitiva». «Creerás –le dice Syme a Winston– que nuestro trabajo principal consiste en inventar nuevas palabras. Pues nada de eso. Lo que hacemos es destruir palabras, centenares de palabras cada día. Estamos podando el lenguaje para dejarlo en los huesos». Vale la pena releer el capítulo V de la novela, en el que se incluye este episodio. «Cada año habrá menos palabras y el radio de acción de la conciencia será cada vez más pequeño», afirma orgullosamente Syme. Resultaría pretencioso decir que Orwell predijo el futuro, pero quizás hay que reconocerle cierto mérito al respecto.

Tengo en mi biblioteca un libro interesante que me regaló el sacerdote don José Antonio Marcellán, al que tuve como estudiante y, enseguida, amigo. Se trata del Diccionario Etimológico de Helenismos Españoles, que Crisóstomo Eseverri, por entonces catedrático del Seminario Diocesano de Pamplona, publicó en 1945 en una imprenta de Burgos. En ese Diccionario se encuentran dos palabras que no aparecen en el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia: logofobia y misología. La logofobia no se limita a ser un miedo morboso a hablar, a la palabra, sino que acaba derivando en misología, es decir en odio y aversión a la razón y al razonamiento.

La propaganda contemporánea, difundida en buena medida a través de un hablar «políticamente correcto», impuesto por autoridades culturales arbitrarias, acaba por crear legiones de logófobos y misólogos, gentes que aceptan sin análisis racional –porque se supone que hay que pensar «así», o porque alguien afirma que hay que hacerlo– los dogmas impuestos por la industria cultural y por los intereses diversos que la sustentan. Y, así, la manipulación del lenguaje acaba por ser una manipulación de la conciencia, una manipulación del ser humano en la línea que sugiere C. S. Lewis en su breve pero magnífico libro La abolición del hombre.

Parece que este proceso confirma la propuesta de la profesora alemana Elisabeth Noelle-Neumann sobre «la espiral del silencio», una expresión que acuña certeramente la tendencia de callarse las reflexiones y convicciones propias cuando parece que la mayoría mantiene ruidosamente ideas diferentes o contrarias. La idea no es original de Noelle-Neumann, aunque ella investigó empíricamente ese proceso; de hecho, medio siglo antes, lord James Bryce (1888) había manifestado que uno de los peligros del gobierno popular o democrático –que Bryce situaba en la cúspide de la excelencia– era que las minorías no se sostuvieran frente al poder de las mayorías, creciente en la misma medida en que la minoría permite que los gritos triunfales de sus adversarios apaguen su voz. Y algo semejante dijo el sociólogo francés Gabriel Tarde cuando afirmaba que siempre hay dos opiniones y que una de ellas podría eclipsar a la otra por ser la más ruidosa, aunque fuera la menos difundida; este es el fenómeno de la mayoría silenciosa.

La posibilidad de que la opinión más ruidosa pueda generar una tribu de logófobos y misólogos hace evidente la necesidad de clarificar los hechos, de prestar atención a los datos reales; lo que ahora llaman fact-checking (comprobación de los hechos), aunque también esta comprobación podría hacerse con anteojeras.

Pero hemos de confiar en que siempre haya alguien como el sacristán borracho que nos presenta el infante don Juan Manuel en la historia «El paño maravilloso» de su libro El Conde Lucanor. En esta historia, en la que parece haberse inspirado Hans Christian Andersen para escribir «El nuevo traje del emperador», unos granujas embaucan a un rey diciéndole que hacen un paño maravilloso, visible por todos salvo por los que tuvieran padres ladrones. Nadie se atreve a decir que no ve paño alguno, por temor a que lo consideren hijo de un ladrón, hasta que el rey estrenó su supuesto traje el día de la fiesta, con una visita a la catedral. Allí, el sacristán beodo dijo: «A mí no me importa ser tenido por hijo de ladrón, que ni yo ni nadie sabemos quién fue mi padre, y por eso digo que estoy cierto de que el rey ha venido en camisa a la catedral». Un pilluelo que lo oyó exclamó entre grandes carcajadas: «¡Sí, es verdad! ¡El rey está en camisa!». Cuando enviaron a buscar a los supuestos tejedores, estos habían escapado ya con un buen botín.

Esteban López-Escobar, Catedrático de Opinión Pública de la Universidad de Navarra.

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