Lograr una apertura política

Por Olivier Roy, autor de El islam mundializado (EL PAIS, 16/11/03):

Como toda religión monoteísta revelada, el islam da por sentado que la verdad no depende de los hombres y considera que su vida debe regirse por las leyes de Dios. Por consiguiente, la democracia no forma parte integrante de él, como tampoco del catolicismo o el judaísmo. Sin embargo, el islam experimentó, durante un breve periodo, una verdadera sociedad política bajo la égida del último profeta, Mahoma, y sus cuatro sucesores. A partir de esa experiencia, numerosos juristas suníes construyeron el modelo de lo que sería el ideal político del islam: el califato, una sociedad sujeta a la ley islámica y a cuyo jefe, poseedor, a la vez, del poder espiritual y temporal, lo escogerían los creyentes entre los hombres en virtud de unos criterios determinados.

Se puede debatir hasta el infinito si este modelo concilia la ley de Dios y la libertad de los seres humanos (como pretenden los defensores modernos del Estado islámico), o si no es más que la expresión de una rígida teocracia. Pero dicho debate no tiene ningún interés por un motivo muy sencillo: el califato no se hizo nunca realidad tras la muerte del último sucesor del Profeta. El islam no ha definido jamás un sistema político concreto, sino que siempre ha sido objeto de instrumentalización por parte de los poderes de facto (emir, rey, sultán, presidente o general) que pretenden dotarse de legitimidad política a cambio de una aplicación más o menos estricta de la sharia.

No es la primera vez, ni la última, que un poder autoritario instrumentaliza una religión, incluso aunque afirme ser laico (en la Argelia actual, es el partido “laico” del FLN el que volvió a introducir la sharia en el estatuto legal de la mujer en 1984). La peculiaridad del mundo musulmán contemporáneo es que ciertos opositores a los regímenes autoritarios han buscado en el islam una respuesta ideológica a la opresión, casi de la misma forma que los comunistas del siglo XX en Europa hallaron su instrumento de lucha contra la explotación no en la democracia de las luces, sino en una ideología radical (el marxismo-leninismo).

El peligro que representa el islam no procede de que sea parte del problema (que no lo es), sino, por el contrario, de que muchos musulmanes consideran que es la solución contra la dictadura. El problema no es el papel del islam en las sociedades tradicionales, sino su utilización ideológica en las sociedades modernas. Los lemas de las manifestaciones a favor del FIS a comienzos de los años noventa eran “el islam es la solución”, “el Corán es nuestra constitución”. Pero esta ideologización es una ruptura con el islam tradicional y es obra -como es sabido desde hace tiempo- de intelectuales modernos, y no de ulemas tradicionales; además de que es un préstamo, tardío y desfasado, del siglo XX europeo.

De ella surgió la gran oleada islamista que sacude Oriente Próximo desde hace 25 años. Sin embargo, el islamismo no ha sabido formar una alternativa creíble a la dictadura laica ni a las monarquías conservadoras. Tanto en la oposición como en el poder, los islamistas se han vuelto más vulgares, para mal (corrupción y dictadura entre los conservadores iraníes) o para bien (los “musulmanes demócratas” del Partido de la Justicia y el Desarrollo, AKP, hoy en el poder en Turquía). Los dirigentes de ese partido incluso se niegan a ser calificados de “islamistas moderados” y prefieren que se les llame “conservadores”. La sinceridad de los viejos islamistas plantea interrogantes, pero hay que valorarla con el mismo rasero que la de los viejos trotskistas: aparte de que la sinceridad no es un concepto político, ese proceso de intenciones ignora precisamente la contribución del tiempo y la experiencia de un político, es decir, la práctica del poder. Los liberales iraníes son, todos, viejos revolucionarios islamistas que aprendieron de lo que es preciso llamar el fracaso de la revolución islámica en Irán. Los conservadores iraníes, en cambio, se guían por la lógica de conservar las ventajas adquiridas, como los dirigentes chinos o cubanos, pero su ideología está totalmente muerta. Los jóvenes dirigentes del AKP turco, como el primer ministro Erdogan, deben su experiencia al “islamismo municipal”: gracias a la democracia turca han podido obtener, en 10 años, la experiencia de la gestión y la complejidad de una sociedad moderna, y saben ya que la ideología no es una respuesta, sino un obstáculo.

Moraleja: la democracia no es una ideología, es una práctica política. Si echa raíces, en un principio, es porque existe un espacio político abierto. Y lo que hace al demócrata no es la fe, sino la práctica. Decir que la democratización de Oriente Próximo supone una reforma religiosa no tiene sentido. La democracia cristiana no nació de una relectura de los evangelios, sino del realismo político de unos dirigentes católicos que llegaron a la conclusión de que la República era inevitable. Lo que es preciso lograr, a falta de unas elecciones libres y generales mañana mismo, es la apertura del terreno político en los países musulmanes.

Ahora bien, la contradicción de Occidente es que, pese a estar convencido de que no hay democratización sin secularización, siempre ha apoyado a una dictadura laica (Argelia, Túnez) frente a una alternativa islámica, con la disculpa del mal menor. Lo malo es que esa política impide precisamente abrir el espacio político, que es la condición fundamental para que nazca la democracia. La democracia es una apuesta que hay que hacer siempre, en vez de encerrarse en falsas analogías políticas. Estamos viendo en qué callejón sin salida se encuentra Estados Unidos en Irak, por haber creído que se trataba de la Alemania nazi y que iba a reconstruirlo como en 1945. Que es, por otro lado, todo el interés de la ocupación militar estadounidense en Irak: ahora, Occidente debe mostrar su coherencia y devolver la soberanía al pueblo iraquí.

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