Lola, espejo oscuro

Como la protagonista de la novela de Darío Fernández Flórez que da título a esta Carta, la ministra de Justicia se enfrenta ahora a un turbio pasado. Si aquella Lola, interpretada en el cine por Emma Penella, retrató la sórdida sociedad del primer franquismo, esta Lola, interpretada en el almuerzo del restaurante Rianxo por la fiscal Dolores Delgado, retrata la siniestra conexión entre las cloacas del Estado y la Audiencia Nacional.

La difusión por entregas de la grabación que hizo el comisario Villarejo, está teniendo un gran impacto mediático, pero su trascendencia va mucho más allá de haber convertido a la ministra en una muerta viviente. Dimita esta semana, la cesen dentro de dos o quede centrifugada por unas elecciones anticipadas, la fugaz carrera política de Dolores Delgado ha concluido. Ningún estamento del mundo del Derecho podrá aceptarla como interlocutora y ningún partido que reivindique la lucha contra el machismo, exhibirla como bandera. Pero esto es lo de menos.

Hay quien contempla las revelaciones sobre el pasado de los ministros del Gobierno Sánchez como una especie de videojuego, en el que la planta carnívora del periodismo de denuncia va comiéndose, uno a uno, a los enanitos que han tenido la osadía de adentrarse por la jungla. De repente el sistema mediático vuelve a parecer una fuerza desbocada capaz de desestabilizar día tras día al Gobierno. Hasta el extremo de que a Carmen Calvo no se le ocurre sino hablar de restringir la libertad de expresión para combatir las «fake news» y se desata una campaña, a la vieja usanza, contra Moncloa.com, el portal que obtuvo la grabación.

Lola, espejo oscuroPero, claro, para «fake news» las que vienen difundiendo los ministros a las órdenes de la vicepresidenta, cada vez que se ven en entredicho por sus conductas poco estéticas. En realidad, ese sería el denominador común de lo atribuido a Maxim Huerta, Carmen Montón, Pedro Duque y la propia Lola Delgado. Ninguno está inmerso en un caso de corrupción, ninguno ha cometido delito alguno. Al menos los tres primeros podrían seguir en el Gobierno, si no fuera porque Sánchez puso un listón postizamente alto respecto a la exigencia ética y porque, con la excepción de Maxim, todos mintieron tras ser cuestionados.

El caso de Duque es el último ejemplo. ¿Qué necesidad tenía alguien que le cae bien a la gente, que transmite la ingenuidad de quien está en la política de paso, que ha llegado al ministerio cargado de idealismo y ansia de impulsar la investigación científica; qué necesidad tenía, insisto, de decir públicamente que había estado pagando a su sociedad patrimonial los alquileres de sus dos viviendas, cuando no lo había hecho? ¿No hubiera sido más sencillo, máxime cuando la mentira iba a durar lo que el primer medio -en este caso EL ESPAÑOL- tardara en obtener las cuentas del Registro Mercantil, reconocer que, por ignorancia o negligencia, dejó de hacerlo, como la gran mayoría de quienes recurren a esa opción legal, y que regularizaría su situación, con el eventual recargo, vía declaración complementaria?

A lo largo del jueves se escucharon tales disparates y desmesuras -resultaba que, de repente, el «evasor fiscal» Pedro Duque era el culpable de que el Estado no tuviera suficientes recursos para la Sanidad y la Educación- que habría bastado con que hubiera dicho la verdad completa, para que el ministro astronauta hubiera canalizado el hartazgo de lo mejor de la opinión pública hacia la truculencia del teatrito de guiñol del duopolio televisivo. Pero no lo hizo y ahora su problema no es de integridad tributaria, sino de credibilidad personal. Es lo que tiene caer en la peor de las trampas que tiende la política: la obsesión por parecer mejor de lo que uno es.

Si tuviera estabilidad parlamentaria, al Gobierno no le resultaría difícil absorber situaciones como esta. A muchos otros ministros les ha crecido ostensiblemente la nariz y han seguido en el cargo. El problema es cuando se tienen 84 escaños y el principal de tus cuatro socios te está esperando a la vuelta de cada esquina, para llamarte «cutre» por la chapuza de la tesis doctoral o recordar tu propio compromiso de prescindir de alguien que hubiera hecho lo que hizo Duque. Pablo Iglesias sabe que -digan lo que digan los sondeos del CIS,- para que Podemos suba o al menos se mantenga, es imprescindible que el PSOE baje y, por eso, no va a renunciar nunca a su labor de zapa.

Estamos viviendo dentro de un paréntesis cada vez menos prorrogable. La huida hacia adelante de Sánchez quedó patente el propio jueves, cuando se jactó en Nueva York, medio noqueado, de que su gobierno está «limpiando» la vida pública y todos sabemos que la principal razón, ya casi la única, por la que Duque y Delgado siguen siendo ministros es porque Huerta y Montón dejaron de serlo.

La desesperación del presidente ha llegado al extremo de hacer depender explícitamente la duración de la legislatura de la conducta de los separatistas. Dejar en manos de Puigdemont y Torra el control de los tiempos, sobre la base de que cuando «prioricen el conflicto en vez de la cooperación» habrá disolución, es una irresponsabilidad más. Pero está claro que el presidente es el primero que no se cree la cocina de Tezanos, pues si de verdad el PSOE tuviera más de diez puntos de ventaja sobre el PP y casi doce sobre Cs, en vez de motivos, estaría buscando pretextos para sustituir ipso facto la pesadilla de los 84 escaños por un mandato popular, fruto de una victoria clara en las urnas.
La alternativa de Sánchez no es sino disolver o que le disuelvan. Lo normal es que el desenlace sea cuestión de semanas o, como mucho, de pocos meses. Cuanto más se prolongue la agonía, más tocado llegará este PSOE a las urnas. No es casualidad que, en los corrillos con la prensa, algunos altos cargos deslizaran ya, tras el Consejo de Ministros del viernes, el relato del victimismo audaz. El mismo Pedro Sánchez que, en las primarias del PSOE se enfrentó a la Hidra de Lerna del aparato del partido, volverá a desenvainar la espada electoral para plantar cara a esa nueva serpiente policéfala, compuesta por la derecha, los separatistas y Podemos, que bloquea su proyecto político.

Por eso la suerte inmediata de Delgado, como la de Duque, es poco más que una anécdota. No así la grabación del Rianxo. Tanto si es Villarejo quien ha decidido inmolarse, mostrando lo peor de sí mismo en una versión naturalista de El crepúsculo de los Dioses, como si es otra mano la que mece la cuna de la difusión de los audios, tendrá que haber un antes y un después. Y esto es independiente de cuando haya elecciones y de quien las gane. Y también de si Villarejo, al grabarla, y quien haya entregado la cinta a un periodista han incurrido o no en delitos contra la intimidad.

La cantinela de que los medios críticos servimos a los oscuros intereses de aquellos que quieren poner patas arriba al Estado, la he oído ya demasiadas veces. Van Schouwen, Amedo, Roldán, Conde, Perote, De la Rosa, Bárcenas… ahora Villarejo. ¿Quiénes pueden dar cuenta de las tramas ocultas sino quienes han formado parte de ellas?

La relevancia informativa y el interés público de la grabación son indiscutibles. Nos muestra la transformación de la Audiencia Nacional en un Estado dentro del Estado, pero sin separación de poderes. Jueces, policías, fiscales… todos refozilándose en el mismo fango. Yo mismo he oído, no hace mucho, de labios de uno de los asistentes al almuerzo del Rianxo cómo, cuando murió «el Caudillo», le permitieron pasar dos veces ante el féretro -tal era su lealtad al Régimen- para saludarle brazo en alto. Durante más de cuarenta años este probo funcionario ha controlado puntos neurálgicos del alcantarillado público -vulgo cloacas- y durante más de veinte ha servido con esmero al reyezuelo oportunista que plantó su real en la Audiencia y aun seguiría ejerciendo su absolutismo vitalicio si no le hubiera destronado una sentencia firme del Supremo.

Puede alegarse que el lamentable estado de limerencia en el que se muestra a lo largo de todos los lances de la conversación la hoy ministra de Justicia, prestándose una y otra vez a servir de voz a un ventrílocuo machista donde los haya, sólo le afecta a ella. Pero el soez contubernio de los policías con el juez instructor que tenía la facultad de abrir y cerrar sumarios, de dictar órdenes de prisión y libertad, nos afecta a todos.

Ya supimos de la laxitud moral y el sentido instrumental de la justicia de Garzón cuando se le abrieron tres causas penales simultáneas, entre ellas la del «querido Emilio», por abusar de su poder y lucrarse de su función jurisdiccional. Pero lo que empezamos a intuir a partir de esta grabación es el abismo insondable de la manipulación del proceso político y la vida pública por parte de una banda mafiosa, instalada en un centro neurálgico de nuestras instituciones.

Especialmente inquietantes resultan las revelaciones sobre cómo se fraguó la instrucción del caso Gürtel. Del mismo modo que Garzón canalizó, a través del sumario Marey, su vendetta contra González y el PSOE -por haberle utilizado «como un muñeco» y no nombrarle ministro-, ahora habría repetido la jugada contra el PP, para culminar la reubicación en la izquierda, que inició al traicionar a Liaño en el caso Sogecable. La posterior instrucción en el Supremo, a cargo del magistrado Eduardo Moner, subsanó los vicios de origen en relación con aquel sumario clave de los GAL. Sería una catástrofe que, al no haber ocurrido esta vez lo mismo, alguno de los implicados en la financiación ilegal del PP pudiera ahora reclamar con éxito la nulidad de actuaciones.

«Debo advertir que soy una chica muy mona pero también muy cara», explica, al presentarse, la protagonista de Lola, espejo oscuro. Su relato descubrirá toda la miseria que hay bajo el oropel. Durante décadas, la Audiencia Nacional ha sido la cara atractiva de los tribunales en su lucha contra el terrorismo, la corrupción y el crimen organizado. También la plataforma de lucimiento de policías, fiscales y jueces estrella. Ahora nos asomamos a sus interioridades más sórdidas y percibimos la urgencia de drásticas reformas. Porque un Gobierno malherido puede arrostrar el descubrimiento de que tiene una ministra que representa exactamente lo contrario de lo que predica, pero una sociedad democrática no puede convivir con la sospecha de que la Justicia se haya convertido, en algunas instancias clave, en una puta de lujo.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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