Londres y los avestruces

Joan B. Culla i Clarà es historiador (EL PAIS, 15/07/05)

Situados sobre un mapa, los sucesivos ataques del terrorismo yihadista contra Europa dibujan un trazado sinuoso, serpenteante, pero que avanza inexorablemente desde la periferia hacia el centro: en abril de 2002 fue la bomba junto a la sinagoga de Yerba (Túnez), con una gran mayoría de víctimas europeas; en mayo y noviembre de 2003, el terror golpeó en esas dos ciudades-bisagra entre lo europeo y lo islámico que son Casablanca y Estambul; en marzo de 2004, el objetivo ya fue Madrid; ahora ha sido Londres; y es sólo una cuestión de tiempo y de azar que París, Berlín, Roma o Copenhague conozcan un destino semejante.

Antes, durante los lustros en que las bombas con sello islamista estallaban fundamentalmente en un mercado o una pizzería de Jerusalén, en una discoteca de Tel Aviv o en un restaurante de Haifa, mientras los autobuses reventaban sólo en calles o carreteras israelíes, los europeos bienpensantes se reconfortaban con la convicción de que aquellas víctimas eran culpables de algo: de haberse instalado en un país ajeno, de votar a quien no debían, de ser viles esbirros del imperialismo norteamericano… Cuando los émulos de Bin Laden causaron la matanza de Madrid, esa misma lógica seudoprogresista interpretó el ataque a los trenes como una represalia por la invasión de Irak y ante la -cabe subrayar que modesta- implicación militar española en aquel episodio: bombas por bombas… Tras los recientes atentados en Londres, esa ceguera enfermiza que consiste en culpabilizar al país víctima de la acometida terrorista y en explicar ésta sobre la base de los “agravios” de Occidente, dicha patología ha vuelto a manifestarse con todo su esplendor.

Como no podía ser menos, abrió la marcha el inefable Robert Fisk desde su doble tribuna en The Independent y La Vanguardia, describiendo las bombas contra el transporte londinense como la devolución de la “visita” que las tropas británicas, a remolque de los estadounidenses, han efectuado a Irak: Blair se lo estaba buscando, igual que antes se lo buscó Aznar; “los españoles pagaron el precio de su apoyo a Bush” (sic), y ahora les ha tocado a los ingleses.

Sin el desparpajo de Fisk, toda una tropilla de expertos y arabistas de guardia se han lanzado por la misma senda argumental: el crimen masivo de Londres merece la más enérgica condena, por supuesto, pero es indisociable de la ilegal invasión de Irak, de la persistencia del conflicto israelo-palestino, del “sufrimiento y la experiencia de injusticia” que “padecen de manera intensiva” las masas árabes y musulmanas…; algunas firmas han dado otra vuelta de tuerca, hasta afirmar sin rubor que países como Francia -con una política exterior distante de Washington- están por ello más a salvo del terrorismo islamista.

Frente a este discurso, se acumulan las preguntas. Si la pobreza y la opresión que padecen los pueblos arabo-islámicos es “la fuente principal” del terrorismo de Al Qaeda, ¿por qué las masas negroafricanas -mucho más pobres, y a menudo más oprimidas- no intentan también vengar sus agravios detonando bombas en nuestros trenes? ¿Qué factor explica tan diferentes conductas? Es claro que la invasión de Irak, en marzo de 2003, violó la legalidad internacional; pero ¿alguien cree seriamente que un voto del Consejo de Seguridad favorable al derrocamiento de Sadam Husein hubiese cambiado la percepción que Bin Laden y los suyos tienen del asunto? ¿Acaso la intervención en Afganistán -que gozó de mucho mayor consenso, y en la que los gobiernos de Schröder y de Rodríguez Zapatero siguen comprometidos- merece de los yihadistas un juicio más benévolo que la de Irak? Resulta obvio que, para éstos, una solución justa del problema palestino consiste, lisa y llanamente, en la liquidación de Israel. ¿Estarían nuestros bienpensantes dispuestos a aceptar tal precio, en aras a la reconciliación entre el islam y Occidente?

En el fondo, el problema de muchos analistas europeos cuando tratan de entender el terrorismo islamista es que utilizan un sistema conceptual, un conjunto de categorías y códigos completamente ajeno al de los islamistas radicales y su colchón social. El progresismo bienpensante maneja una lógica política laica, materialista -de matriz marxista-, derivada aún de la Guerra Fría: esa lógica que gusta de explicar todos los conflictos en clave económica (no blood for oil!, ¿recuerdan?) y de clase (las desigualdades sociales, la revuelta de los oprimidos…); esa lógica que cree poder establecer con la nebulosa de Al Qaeda un appeasement (nosotros nos retiramos de Irak, de Afganistán, contribuimos a arreglar lo de Palestina…, y vosotros dejáis de poner bombas en nuestras ciudades) parecido al que Occidente mantuvo durante décadas con la Unión Soviética; esa lógica que, cuando se juzga a presuntos terroristas islámicos como últimamente en Madrid a la trama española del 11-S, espera verles erguirse ante el tribunal, reconocer su militancia al estilo de los miembros del IRA o de ETA y, a lo sumo, lanzar una soflama doctrinal.

Sin embargo, la realidad no se ajusta para nada a tal modelo. Casi todos los acusados de terrorismo islamista que comparecen ante los jueces -los que no se han suicidado antes- declaran ser pacíficos padres de familia y laboriosos comerciantes, explican que traducir yihad por ‘guerra santa’ es una errata lingüística y que si alguno de ellos estuvo en Afganistán fue sólo en viaje de placer. Mucho más importante: para quienes castigan a bombazos al “Gobierno cruzado y sionista” de Tony Blair, lo que ocurra en Bagdad, en Kabul, en Gaza o en Ramala carece de importancia. Su lucha -lo explicó magistralmente el profesor Fernando Reinares en EL PAÍS del pasado día 8- se sitúa en otro nivel: el de la restauración del esplendor islámico perdido, que pasa por doblegar la hegemonía mundial de Occidente y reemprender la interrumpida expansión de la fe musulmana a escala planetaria. Estos son los objetivos reales de Al Qaeda y los sueños de cientos de miles de musulmanes, aunque muchos europeos prefieran seguir jugando al avestruz.