Los 150 años de Don Torcuato

EL día 21 de febrero de 1861 nació en Sevilla don Torcuato Luca de Tena, fundador de ABC y de «Blanco y Negro». Ciento cincuenta años nos separan de aquella fecha que se nos antoja lejanísima: reinado de Isabel II, la revolución de 1868 o «La gloriosa», el efímero reinado de Don Amadeo, la primera República, su derrumbe, la restauración de la Monarquía alfonsina, la dictadura de Primo de Rivera. Todo este abanico de sucesos políticos se suceden solo en la vida de don Torcuato, un hombre que a los ojos de hoy muere joven —68 años— y que en su época —1929— ya se nos antoja por las fotografías un anciano venerable. Lo asombroso era el imperio periodístico que dejaba con una cabecera, ABC, imprescindible en el mundo informativo español e hispanoamericano cuando aún quedaban tantos sucesos —y tan graves— por aparecer en la vida nacional española: la II República, con sus persecuciones al periódico, los secuestros del diario, la Guerra Civil —cuando, por azares de la vida, fue el único periódico que salió con la misma cabecera en las dos zonas en guerra—, los cuarenta años del franquismo, la Transición y, en fin, la restauración monárquica en la persona de Don Juan Carlos de Borbón y su dilatado periodo de paz y democracia que llega a nuestros días.

Pero lo que impresiona y conmueve es contemplar hoy la labor de aquel joven empresario sevillano que sueña con una empresa periodística y que esa empresa sigue viva, gozando de buena salud, en medio de una de las crisis económicas más fuertes que se han conocido en la historia y codeándose con los más sofisticados y asombrosos métodos de edición. En la época de internet y de las distintas clases de «i-phone» o «ipad», el diario ABC sigue su marcha con la misma impronta que le dio su fundador.

Porque lo que parece claro es que don Torcuato tiene desde su más tierna infancia una doble dualidad que le marcará su vida toda: un profundo sentido empresarial y lo que llamamos en la profesión «el gusanillo del Periodismo». Por eso lo vemos a los catorce años estudiando en el Instituto de San Isidro en Madrid, donde entabla amistad con Luis Romea y se embarcan a esa edad a fundar un periodiquito llamado «La Educación». Don Torcuato, con el gracejo andaluz que tuvo siempre, recordaba: «Pedimos el cambio a algunos periódicos de provincias. “El Papamoscas”, de Burgos, lo estableció y hasta nos dedicó un suelto, en el que decía que el semanario debía llamarse “La Lactancia” en vez de “La Educación”. No hay que contar la irritación que el caso produjo entre los jóvenes redactores». Pero a él le quedó el «gusanillo»…

D Años más tarde, en 1879, fija definitivamente su residencia en Madrid para representar los negocios familiares de Sevilla. Se mueve con soltura: conoce a políticos y escritores, viaja por toda Europa. Tiene la amistad de Sagasta, Canalejas y otros dirigentes del Partido Liberal. Lo tientan con la política, pero… 1890 será un año decisivo en su vida. El 2 de julio se casa con doña Esperanza García de Torres y un par de meses más tarde viaja con Luis Romea a Múnich para estudiar la organización artística e industrial de la revista «Fliegende Blätter». De regreso a Madrid es cuando se produce la escena tantas veces narrada del Círculo de Bellas Artes. Lo cuenta así el propio don Torcuato: «Conversando con varios pintores jóvenes me lamenté de que no se hiciera en España algo análogo… Me replicaron que aquí sobraban artistas para publicar un periódico ilustrado, pero hacían falta editores. Pues yo seré ese editor, contesté. Y aquel mismo día quedó decidida la publicación de “Blanco y Negro”». El sueño anhelado desde los catorce años se hacía realidad. Ahora comenzaba una de las aventuras empresariales más arriesgadas. Con «ByN» ensalzó la crónica breve, el cuento, el poema, con magníficas ilustraciones. Era un producto pensado para entretener y divertir honestamente. Un feliz equilibrio entre imágenes y palabras. Había que abrir a los lectores los salones palaciegos, los acontecimientos sociales, los estrenos teatrales, los últimos deportes. Nada de crónicas aburridas, textos cortos; imágenes con «glamour», los vestidos de la Reina, los sombreros de las actrices de moda, los toreros de cartel, los concursos hípicos. Ese era el nuevo periodismo. «Ha sido un hijo agradecido», dirá don Torcuato cuando al comenzar el siglo XX la revista alcance los ochenta mil ejemplares de tirada. Tan hijo agradecido que de un capital de cuatro mil pesetas y una imprenta alquilada se pasó a construir el palacete de la calle de Serrano con nuevas y magníficas maquinarias traídas de Alemania y aquellas naves, «como un trasatlántico», dispuestas al gran sueño: sacar ABC.

José Cuartero, un magnífico periodista anónimo de ABC, al que entregó toda su vida, autor del célebre editorial del 15 de abril de 1931, el del «seguimos y permaneceremos donde estábamos», dijo que la salida de ABC se perfiló como una gran operación militar. Hasta se hacen —impensable en 1903— números de ensayo. Semanal primero, bisemanal después, todo tenía que salir a la perfección. Es curioso: don Torcuato, que no era escritor, pero sí periodista, dejó trazada desde el primer momento una especie de línea editorial de lo que quería que fuera ideológicamente ABC. Asombra ver que, ciento ocho años después, esas líneas maestras del pensamiento liberal-conservador sigan vigentes: la defensa de la Corona, la unidad de España, el respeto a la Iglesia católica y al Ejército, la economía libre de mercado, la búsqueda de la excelencia allí donde estuviere, la pasión por la información gráfica, la necesidad de prescindir de simpatías personales a la hora de enjuiciar un problema político. Y quería los mejores colaboradores, fueran de la ideología que fueran, se llamaran Juan Ramón Jiménez, Azorín, Maeztu, Blasco Ibáñez o Manuel Machado… Sin contar con el acierto del formato y de la grapa, que todo hay que decirlo. Como escribió Wenceslao Fernández Flórez, «en España, en todo lo que alcanza la visión del pasado y del presente, no ha habido ni hay un creador de periódico a su altura».

Don Torcuato, aquel sevillano de genio vivo y marcado acento andaluz, lo supervisaba todo, meditaba sus iniciativas, viajaba constantemente a Europa —sobre todo a Alemania— para traer las últimas tecnologías, modernizó el periodismo español como nunca antes se había hecho. Por no faltarle redaños, hasta se presentó en las Ramblas de Barcelona a vocear el periódico cuando el separatismo rampante bañó de sangre la Semana Trágica de 1909. Y con el mismo temple rechazó por dos veces las carteras ministeriales que se le ofrecieron. «Firme como el acero y claro como el diamante», lo definió Azorín.

Sintiendo cercana la muerte redactó su propia esquela, resumiendo sus títulos en esta sola palabra: Periodista. En el margen de la cuartilla donde la dibujó, subrayó: «No poner excelencias, cruces, senador vitalicio, etcétera».

Murió en Madrid el 15 de abril de 1929. Rafael Sánchez Mazas contó así sus minutos finales: «Al cerrar los ojos cristianos, tú fuiste, Sevilla, su último dulce sueño terrenal. ¿Sabes cómo hasta la última hora soñaba tu Giralda y tus jardines?». Pero esto apenas se conoce.

Por Santiago Castelo, periodista.

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