Los 40 años de la Yamahiriya

La celebración del 40. º aniversario de la revolución libia, de hecho un golpe de Estado a cargo del coronel Gadafi y un puñado de colaboradores y parientes, me recuerda una conversación que sostuve poco después con un amigo, un veterano diplomático argelino. El Gobierno argelino se había sentido presa de asombro y pasmo - como cualquier otro-por la aparición en escena de este grotesco, radical y excéntrico régimen en un análogo país norteafricano. El entonces presidente argelino, Huari Bumedian, pidió a mi interlocutor que visitara Trípoli y valorara el nuevo liderazgo del país. Al volver a Londres, le pregunté por su opinión sobre los líderes libios, el coronel Gadafi y su estrecho colaborador, el comandante Jalud. La respuesta del diplomático argelino, en un distinguido francés, fue inolvidable: "Tienen un nivel intelectual más bien modesto". En términos más anglosajones, eran de escasas luces...

A lo largo de los cuatro decenios posteriores aproximadamente, poca cosa - de hecho, nada-ha sucedido susceptible de modificar este juicio. Uno de los aspectos más desastrosos de la revolución libia - que proviene del propio Gadafi-es el caos administrativo. Recuerdo, en una visita a Libia en el 2002, que funcionarios y figuras académicas - personas que no nos obsequiaban con largas disquisiciones sobre el Libro Verde-decían en tono incómodo y reservado que su país experimentaba "problemas de gestión", una alusión indirecta al estilo de Gadafi. Mientras buena parte de la élite veterana era de formación occidental (un profesor me preguntó en un aparte con nostalgia por un pub de Durham) y veía habitualmente la televisión italiana, era evidente que la población estaba harta, aunque resignada. Durante esta visita advertí la caótica gestión de los asuntos públicos del país. Se anunció, por ejemplo, la celebración de una reunión ministerial en un domingo determinado - en realidad, una reunión del Gobierno-;sin embargo, y dado que Libia oficialmente no tiene capital, nadie sabía dónde se celebraría, de modo que los altos funcionarios y sus colaboradores se desplazaban por el desierto de un lado para otro intentando averiguar dónde se suponía debían reunirse.

Desde la rehabilitación internacional de Libia después del 11-S, se ha convertido en un tópico argüir que Libia está cambiando, que "no es el país que fue hace un decenio", y así sucesivamente. Se han producido ciertos cambios de menor entidad en la situación relativa a los derechos humanos, pero siguen registrándose detenciones arbitrarias, torturas y desapariciones. Además, y como saben todos los libios, pese a toda la retórica existente sobre la revoluciónyel carácter de Yamahiriya o Estado de masas de Libia, el liderazgo del país ha despilfarrado la riqueza del país en desatinados proyectos en casa y desastrosas aventuras en el extranjero: con unos ingresos per cápita procedentes del petróleo aproximadamente iguales a los de Arabia Saudí, el país carece del nivel de desarrollo urbano y de transportes, educativo y sanitario de que pueden preciarse como mínimo tanto este último país como otros países productores de petróleo del Golfo.

Trípoli, la capital no oficial, conserva los impresionantes edificios blancos y plazas de la época del régimen colonial italiano, a semejanza de los de su capital homóloga Asmara, en Eritrea, aunque estos últimos padecen un extremo deterioro; Trípoli es el equivalente árabe de La Habana, no un Dubái o Doha norteafricano.

Libia, indudablemente, no ha introducido cambios significativos en el seno de su sistema político, y menos aún con relación a los derechos humanos y el ejercicio de la autoridad y el gobierno. En el 2009, la Yamahiriya sigue en pie como uno de los regímenes árabes más dictatoriales e impenetrables. Su población de seis millones de habitantes no goza de libertades esenciales en absoluto: quien se moleste en leer los informes anuales de Amnistía Internacional o de Human Rights Watch sobre Libia atisbará la verdadera situación del país, una situación de vulneración continuada de los derechos humanos a escala sistemática. Según la ley 71, quienes se opongan a la ideología de la revolución de Gadafi de 1969 pueden ser detenidos e incluso ejecutados. Los trabajadores inmigrantes siguen siendo tratados de forma execrable y en épocas anteriores fueron sometidos a expulsiones arbitrarias, crueles y masivas (a Egipto y Túnez). Hasta la fecha, Libia se ha negado a firmar la Convención sobre los Refugiados de 1951 y no colabora con el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur). Los emigrantes devueltos por Italia según un acuerdo opaco y brutal entre Gadafi y Berlusconi carecen de derechos. No se observa siquiera ese matiz de diversidad que cabe descubrir en dictaduras vecinas como Egipto, Sudán o Libia.

Tampoco - y ello presenta mayor relevancia para la cuestión de la reputación-el daño que se ha labrado Libia obedece únicamente al factor de Lockerbie, el IRAy ETA: los efectos sobre la reputación de Libia entre otros países árabes son inmensos cuando no de carácter desastroso. Es posible que empresarios y políticos occidentales, así como los inevitables compañeros de viaje ideológicos, tomen a Libia en serio, pero no he encontrado a nadie en el mundo árabe que adopte tal actitud. Libia, a lo largo de años, se ha inmiscuido y ha dificultado la gestión de diversas situaciones en Egipto, Sudán, Yemen, Arabia Saudí, Líbano y Palestina. En el caso de Líbano, por ejemplo, el asesinato del líder chií libanés Musa Sadr durante su visita a Libia en 1978 - muerto por oponerse a las exigencias libias-dio paso al auge de Hizbulah.

En la cuestión de Palestina, Libia ha sido un factor demoledor; no ha ayudado a los palestinos a autoorganizarse de modo eficaz a fin de negociar con Israel desde una posición más sólida ni ha promovido una paz razonable con el propio Israel. Engendró la división en el seno del movimiento nacional palestino, en un momento dado respaldó la facción de Abu Nidal que intentó asesinar a varias figuras de la Organización para la Liberación de Palestina que negociaban con Israel y se vio mezclada en algunos de los peores actos terroristas.

Libia no es, desde luego, el régimen más brutal del mundo: comparada con Sudán, Iraq o Siria entre los países árabes, tiene menos sangre en las manos. Sin embargo, la Yamahiriya sigue siendo una entidad grotesca; un ejemplo en el mundo contemporáneo de la forma inicial del Estado moderno europeo, una forma de chantaje encabezada por un núcleo acompañado de sus familiares y amigos que se ha hecho con el control de un Estado, de su economía y de su población a través de la fuerza.

La Yamahiriya no es un Estado de masas: es un Estado de ladrones; en términos más formales, una cleptocracia. Cuanto antes vaya a parar al basurero de la historia, de modo que el pueblo libio pueda elegir a sus propios dirigentes y su sistema político - y, factor no menos importante, decidir sobre los acuerdos en materia de petróleo y gas que Occidente ahora se muestra tan ansioso en impulsar-,mejor.

Fred Hallyday, profesor investigador de la Institució Catalana de Recerca i Estudis Avançats (ICREA) en el Institut de Barcelona d´Estudis Internacionals (IBEI). Traducción: JoséMaría Puig de la Bellacasa.